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EMMANUEL MACRON

REVOLUCIÓN

Traducción de Carme López Mercader
y Tabita Peralta

 

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© XO Éditions, 2016

© Traducción: Carme López Rodríguez-Mercader y Susana Peralta

© Los libros del lince, S. L.

Gran Via de les Corts Catalanes, 657, entresuelo

08010 Barcelona

www.linceediciones.com

Título original: Révolution

ISBN DIGITAL: 978-84-947126-7-8

Depósito legal: B-12.596-2017

Primera edición: junio de 2017

Imagen de cubierta: © Thomas Samson

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ÍNDICE

Prólogo, por Albert Rivera

Introducción

1. Lo que soy

2. Lo que yo creo

3. Lo que somos

4. La gran transformación

5. La Francia que queremos

6. Invertir en nuestro futuro

7. Producir en Francia y salvar el planeta

8. Educar a todos nuestros niños

9. Vivir del trabajo propio

10. Hacer más por los que tienen menos

11. Reconciliar las francias

12. Querer a Francia

13. Proteger a los franceses

14. Controlar nuestro destino

15. Refundar Europa

16. Devolver el poder a quienes les corresponde

Epílogo

PRÓLOGO

El propio título de este libro, Revolución, es el mejor resumen de lo que supone la llegada de su autor a la presidencia de la República francesa. Se trata de un concepto que encaja a la perfección con el momento histórico que vivimos, especialmente en lo que a la política se refiere. Emmanuel Macron hace de esta «revolución» un proyecto ilusionante para Francia y para Europa: la alternativa liberal, progresista y moderna frente al auge de los populismos, ya sean de extrema derecha o de extrema izquierda.

Macron constata, además, que el sistema conocido hasta la fecha, bipartidista entre conservadores y socialistas, ha quedado obsoleto. En efecto, los socialistas europeos, y los franceses en particular, han dejado de ofrecer respuestas adecuadas a los desafíos que nos plantea el siglo XXI. Los conservadores, por su parte, se han instalado en el inmovilismo, por lo que no pueden ofrecer a las sociedades europeas un programa de reformas valiente y ambicioso. Debemos ir un paso más allá.

Este libro habla de una revolución democrática, del coraje necesario para ganar el futuro, de las profundas reformas estructurales que nos permitirán construir sociedades mejores y más avanzadas. Los orígenes, las inquietudes y, finalmente, las experiencias vitales, laborales y políticas del nuevo presidente francés hacen de catalizador para esta nueva forma de plantear la política.

Es evidente que han cambiado los ejes clásicos en torno a los cuales se movía la política en los últimos años. Francia es un buen ejemplo de ello. Precisamente el país donde nació la dicotomía entre izquierda y derecha ha sido el que ha asestado el golpe definitivo a la alternancia en el poder de los viejos partidos. Son ya ocho los países de la Unión Europea gobernados por el liberalismo.

La vieja política ha vivido muy cómoda en las últimas décadas porque para ganar las siguientes elecciones bastaba con esperar a que el partido adversario lo hiciera mal. Los recortes sociales, las subidas de impuestos a la clase media trabajadora y la corrupción han provocado un enorme descontento en buena parte de la ciudadanía. Por esta razón, tras la crisis económica que estalló en el año 2008, han surgido nuevos partidos que ocupan espacios importantes en el ámbito político. 

Por un lado, han resurgido los populismos y los nacionalismos, que se presentan como formaciones nuevas, pero que, en realidad, defienden modelos sociales y económicos muy antiguos que podrían representar una amenaza para el buen funcionamiento de las instituciones democráticas. Por otro, afortunadamente, en países como Francia o España han surgido también partidos que han sabido leer dónde se sitúan los nuevos ejes de la política. Los liberales somos conscientes de que ahora debemos analizarlos partiendo de nuevas premisas. Así, la segmentación política en las sociedades actuales se produce entre quienes defendemos sociedades abiertas e interconectadas y quienes apuestan por volver a cerrar las fronteras para aplicar políticas proteccionistas o autárquicas; entre las zonas urbanas y las rurales; entre las formaciones que quieren llevar a cabo profundas reformas para competir en el mundo globalizado y quienes se empeñan en defender políticas caducas, inservibles o fraudulentas.

La tarea que las formaciones liberales tenemos por delante no es fácil. Debemos trabajar sin descanso para conseguir que la clase media pueda volver a levantarse. Necesitamos una auténtica revolución educativa que, junto con un mercado laboral flexible y justo, pueda dar respuesta a las nuevas exigencias de la sociedad en el siglo XXI. Todo ello sin olvidar la necesidad de una transición energética que asegure el uso de las energías limpias que nos permitirán vivir en un mundo sostenible.

Otro de los desafíos que ahora afrontamos es el de lograr la unión para combatir el terrorismo yihadista que tanto dolor está sembrando en todo el mundo. Son muchos los países europeos golpeados por la barbarie y la sinrazón terroristas; Francia, lamentablemente, lo ha conocido en demasiadas ocasiones. Por eso es necesaria la colaboración sin fisuras de los demócratas, que deben promover políticas de seguridad comunes, mejorar la coordinación entre las distintas fuerzas policiales y servicios de inteligencia, y plantar cara a quienes pretenden sembrar el terror para que sepan que nunca renunciaremos a nuestro modo de vida.

Que Francia haya apostado por un proyecto nuevo e ilusionante supone un aliento de esperanza para los que defendemos la libertad, la igualdad y la fraternidad. Emmanuel Macron representa, por tanto, una oportunidad para Francia y para la Unión Europea. Una oportunidad para renovar el proyecto nacido hace hoy sesenta años, tras la firma de los tratados de Roma, una oportunidad para ofrecer soluciones a los ciudadanos europeos y seguir construyendo un futuro común.

No puedo sino verme reflejado en muchas de las reflexiones que hace el presidente Macron en estas páginas. Es fundamental que los dirigentes políticos tengan experiencia profesional anterior en el sector público o en el privado. Considero que es fundamental apostar por un cambio a mejor porque confiamos en la vitalidad de nuestras sociedades y en el talento de los individuos que las forman. Es preciso reducir la burocracia y las barreras en la administración pública para que las personas puedan poner en marcha sus proyectos y sus sueños sin obstáculos. La administración pública debe ser más eficiente y estar al servicio de los ciudadanos y las empresas, no a la inversa. 

Además, la lucha contra la corrupción ha de ser absolutamente prioritaria para garantizar un adecuado funcionamiento de nuestras instituciones y recuperar la confianza de los ciudadanos en ellas. Son innumerables los casos de políticos que se han aprovechado de su posición para enriquecerse o para desviar dinero a sus partidos. Con respecto a la corrupción, la escritora y filósofa estadounidense Ayn Rand escribió lo siguiente a mediados del siglo pasado:

Cuando adviertas que para producir necesitas obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes no trafican con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por su trabajo y que las leyes no te protegen de ellos sino que, al contrario, son ellos los que están protegidos de ti; cuando descubras que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrás afirmar, sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada.

Debemos seguir combatiendo la corrupción porque no queremos sociedades condenadas a sufrir una lacra protagonizada por políticos sin escrúpulos que piensan que el dinero público es suyo.

Comparto el modelo de sociedad abierta que propone Emmanuel Macron y su modo de ver la globalización: no estamos ante un problema, sino ante una gran oportunidad que nos obliga a mejorar permanentemente, que nos hace ser más competitivos y nos ayuda a fomentar el talento en lugar de instalarnos en la mediocridad.

Sólo me queda desearle toda la suerte del mundo al nuevo presidente de Francia. Son muchos los ojos puestos sobre su figura y él tiene la gran oportunidad de demostrar que los nuevos partidos centristas y liberales somos capaces de reagrupar a la mayoría social en torno a un proyecto moderno, reformista y útil. Espero que disfruten de este libro tanto como lo he hecho yo; sus páginas les acercarán a un presidente que nació en una familia de médicos, estudió filosofía y ciencias políticas, y concibe la educación como «un aprendizaje de la libertad». Un líder que pone la política al servicio de sus compatriotas franceses y europeos luchando contra los populismos de manera constructiva y arrojando un rayo de esperanza para conseguir sociedades más prósperas y más felices. Nuestros hijos merecen heredar un mundo mejor que el que nos dejaron nuestros padres. Ganemos juntos el futuro. Éste es nuestro reto.

ALBERT RIVERA

INTRODUCCIÓN

Afrontar la realidad del mundo nos permitirá recuperar la esperanza.

Algunos sostienen que nuestro país está en declive, que lo peor aún está por llegar y que nuestra civilización desaparece. Que el único horizonte es el repliegue o la guerra civil. Que para protegernos de las grandes transformaciones del mundo deberíamos retroceder en el tiempo y aplicar las recetas del siglo pasado.

Otros creen que Francia puede seguir resignándose a su lenta decadencia. O que bastará con el juego de la alternancia política para poder resistir. Después de la izquierda, la derecha. Las mismas caras y las mismas personas desde hace un sinfín de años.

Estoy seguro de que ambas facciones están equivocadas. Sus modelos y sus recetas simplemente han fracasado. Pero el país en su conjunto no lo ha hecho y el pueblo lo sabe, lo presiente. Y de ahí nace ese divorcio entre el pueblo y sus gobernantes.

Estoy convencido de que nuestro país tiene la fuerza, la capacidad y las ganas de avanzar. Lo arropan su historia y la determinación de su pueblo para conseguirlo.

Hemos entrado en una nueva era. Los síntomas que dan fe del estado de agitación del planeta son numerosos. La globalización, el mundo digital, las crecientes desigualdades, el cambio climático, los conflictos geopolíticos y el terrorismo, el desmoronamiento de Europa, la crisis democrática de las sociedades occidentales, la duda que se instala en el corazón de nuestra sociedad.

No podemos responder a esta gran transformación con las mismas personas ni con las mismas ideas. Ni imaginando que se puede volver atrás. O simplemente planteándonos remendar o ajustar nuestras organizaciones y nuestro «modelo», como a algunos les gusta llamarlo, aunque nadie, en el fondo ni siquiera nosotros mismos, desea inspirarse en él.

No podemos pedirles a los franceses que hagan esfuerzos sin cejar en su empeño, prometiéndoles una salida de la crisis que es imposible. Su cansancio, su incredulidad y hasta su desprecio son consecuencia de esta actitud que nuestros dirigentes adoptan desde hace treinta años.

Debemos aceptar y asimilar la realidad de nuestra circunstancia, debatir sobre las grandes transformaciones que se están produciendo. Adónde debemos ir y por qué caminos, calibrar cuánto durará ese viaje. Porque todo esto no se hará en un día.

Los franceses son más conscientes de las nuevas exigencias de la época que sus propios dirigentes. Son menos conformistas, están menos apegados a esas ideas preconcebidas que aseguran la comodidad intelectual de la vida política.

Todos debemos abandonar nuestras costumbres. El Estado, los responsables políticos, los altos funcionarios, los dirigentes económicos, los sindicatos, los cargos intermedios. Es nuestra responsabilidad y sería un error ignorarla o incluso apoltronarnos en el statu quo.

Nos hemos acostumbrado a un mundo que nos preocupa. Un mundo que en el fondo no queremos nombrar ni mirar de frente. Por eso nos quejamos, protestamos. Nos asaltan los dramas y también la desesperación. El miedo nos atenaza. Se pide un cambio, pero sin quererlo realmente.

Si deseamos avanzar, lograr que nuestro país triunfe y construir una prosperidad en el siglo XXI digna de nuestra historia, debemos reaccionar. Pues la solución está en nosotros. No depende de una lista de propuestas que nunca serán llevadas a cabo. No puede surgir de una serie de tibios compromisos. Se hará gracias a soluciones diferentes que suponen una revolución democrática profunda. Llevará tiempo, pero sólo depende de una cosa: de nuestra unidad, nuestro valor, nuestra voluntad común.

Yo creo en esta revolución democrática. Una verdadera transformación que, tanto en Francia como en Europa, nos permita llevar a cabo juntos nuestra propia revolución en lugar de sufrirla.

Y esa revolución democrática es la que he decidido explicar en las páginas que siguen. El lector no se encontrará aquí un programa ni ninguna de las mil propuestas que hacen que nuestra vida política parezca un catálogo de esperanzas frustradas. Lo que da origen a este libro es el expreso deseo de compartirles una visión, un relato, una voluntad.

Y es que en los franceses germina una voluntad a menudo ignorada por sus gobernantes. Yo quiero servir a esa voluntad. No tengo otro deseo que el de ser útil a mi país. Por eso he decidido presentarme como candidato a las elecciones presidenciales de la República francesa.

Soy consciente de la exigencia del cargo. Y no ignoro que el momento es grave. Pero ningún otro reto me parece más importante, porque engarza con lo que ustedes quieren hacer: reconstruir Francia y encontrar en esa tarea nuestra fuerza y nuestro orgullo. El de un país emprendedor y ambicioso.

Estoy profundamente convencido de que el siglo XXI, en el cual apenas estamos entrando, también está lleno de promesas, de cambios que pueden hacernos más felices.

Esto es lo que les propongo.

Será nuestro combate por Francia. Y no hay causa más noble que la que me propongo defender.