Capítulo uno

Me hallaba de pie en el salón de Stacey, mientras mi mundo entero se derrumbaba a mi alrededor.

Sam era el Lilin.

Un terror agudo me mantuvo inmóvil, apoderándose del aire de mis pulmones mientras yo miraba al que había sido uno de mis amigos más íntimos. A causa de la familiar demoníaca, Bambi, y de mi incapacidad para ver las almas mientras esta se había encontrado atada a mí, nunca había visto lo que había tenido justo delante de mis narices durante todo ese tiempo. Ninguno de nosotros lo había hecho, pero era Sam: había sido él quien había provocado el caos en el instituto y todas las muertes recientes. En lugar de arrancar las almas con una sola caricia, tal como yo sabía que podía hacer un Lilin, se había tomado su tiempo, arrebatando un poquito aquí y allá, jugando con sus víctimas y con nosotros.

Jugando conmigo.

Salvo porque lo que se encontraba ahí de pie, en casa de Stacey… básicamente llevaba puesta la piel de Sam, un disfraz creado a la perfección, porque el auténtico Sam… ya no existía. El dolor de saber que mi amigo estaba muerto, que llevaba ya un tiempo muerto sin que ninguno de nosotros lo supiera, me atravesó como una profunda herida, convirtiendo en miseria mis huesos y tejidos.

No había sido capaz de salvarlo. Ninguno de nosotros había sido capaz de hacerlo, y ahora su alma… su alma tenía que estar allí abajo, adonde iban todas las almas que eran tomadas por un Lilin. Sentí un retortijón en el estómago.

—No podéis derrotarme —dijo el Lilin, con una voz idéntica a la de Sam—. Así que uníos a mí.

—Y si no, ¿qué? —El corazón me latía como un martillo neumático en el pecho—. ¿Moriremos? Como si eso no fuera un cliché increíble.

El Lilin inclinó la cabeza hacia un lado.

—En realidad, eso no te lo decía a ti, te necesito para que me ayudes a liberar a nuestra madre. Pero los demás sí que pueden morir.

«Nuestra madre.» Antes de que pudiera ahondar en la asquerosa idea de estar emparentada con la criatura que había asesinado a mi amigo y ocasionado tanta matanza, Zayne cambió a su forma auténtica, distrayéndome. Su camiseta se rasgó por la espalda cuando sus alas se desplegaron, y el tono de su piel se transformó en el granito oscuro de los Guardianes. Le salieron dos cuernos, dividiendo su ondulado pelo rubio mientras se curvaban hacia atrás, y sus fosas nasales se aplanaron. Cuando separó los labios para soltar un gruñido bajo de advertencia, aparecieron los colmillos. Avanzó hacia Sam y sus enormes manos se cerraron en puños.

—¡No lo hagas! —grité. Zayne se detuvo, y giró la cabeza bruscamente hacia mí—. No te acerques a él. Tu alma —le recordé mientras mi corazón galopaba a toda velocidad. O más bien lo que quedaba de su alma, teniendo en cuenta que yo le había quitado por accidente un buen pedacito de ella hacía no mucho.

Zayne retrocedió con cautela.

Volví a dirigir mi atención hacia el malvado que se hacía pasar por Sam. Fuera lo que fuese aquella cosa que se encontraba enfrente de nosotros, era cierto que compartíamos la misma carne y la misma sangre. Solo recientemente había descubierto con exactitud cómo había llegado a ser mitad demonio y mitad Guardián. Era la hija de Lilith, y aquella… aquella cosa era de verdad una parte de mí. Había nacido de la sangre de Lilith y de la mía, y era tan malvado como ella. ¿Quería que la liberáramos? Imposible. Si Lilith acababa alguna vez en la superficie, el mundo tal como lo conocíamos cambiaría de forma irrevocable.

—No voy a ayudarte a liberar a Lilith. —Ni de coña iba a referirme a ella como mi madre. Puaj—. Eso jamás ocurrirá.

El Lilin sonrió mientras me observaba con unos ojos oscuros, como llenos de tinta.

—Acércate tanto como quieras. —Ignoró mi declaración, provocando a Zayne. Maldita sea, provocándonos a todos—. Ella no es la única en esta habitación con apetito por el alma de un Guardián.

Tomé un aliento brusco y doloroso mientras Stacey soltaba un quejido. En el espacio de un segundo, su relación con Sam apareció ante mí como un destello. Habían sido amigos desde siempre, y solo recientemente ella había reconocido que Sam había estado siempre siempre enamorado de ella. Pero no había comenzado a prestarle atención de verdad hasta que Sam había empezado a cambiar…

Ay, Dios.

Stacey tenía que estar rompiéndose en pedazos al ver al chico al que por fin quería convertido en algo peor que los monstruos que merodeaban por las calles de noche, pero yo no podía permitirme apartar mi concentración del Lilin. Podía hacer un movimiento en cualquier instante, y tres de los que nos encontrábamos en la habitación éramos vulnerables a la peor clase de ataque que podía lanzar.

—No hay nada como arrebatar un alma pura, pero tú ya lo sabes, Layla. Toda la calidez y la delicia bajan con suavidad, como el chocolate más intenso. —El Lilin inclinó la barbilla hacia arriba y soltó la clase de gruñido que normalmente hubiera hecho que me ardieran las orejas—. Pero tomarte tu tiempo, deleitarte con el sabor, es mucho más decadente. Deberías probarlo, Layla, y dejar de ser tan avariciosa cuando te alimentas.

—Y tú deberías probar a cerrar la puta boca. —El poderoso demonio que se encontraba junto a mí emanaba calor en oleadas. Roth, el actual Príncipe Heredero del Infierno, no se había transformado todavía, pero me di cuenta de que estaba a punto de hacerlo. Sus palabras estaban empapadas de furia—. ¿Qué te parece eso?

El Lilin ni siquiera se molestó en echar un vistazo en su dirección.

—Me caes bien. De verdad que sí, príncipe. Es una lástima que vayas a morir.

Mis dedos se curvaron y las uñas se me clavaron en las palmas mientras la ira ardiente y amarga recorría todo mi sistema. Mis emociones estaban por todas partes. Por si todo lo que había salido mal recientemente fuera poco, me encontraba entre Zayne y Roth, lo cual era como mil veces incómodo en un día normal, pero ahora, después de que Roth…

Pero no podía centrarme en nada de aquello en ese momento.

—Eres muy valiente, amenazando cuando te superamos en número.

Elevó un hombro en un gesto tan propio de la naturaleza de Sam que noté una punzada de dolor atravesándome.

—¿Y si tan solo soy inteligente? —preguntó, juguetón—. ¿Y si yo sé mucho mejor que todos vosotros cómo va a terminar esto?

—Hablas demasiado —gruñó Roth, dando un paso hacia delante—. Y cuando digo «demasiado», es demasiado. ¿Por qué los malos siempre tienen que soltar monólogos tan desagradablemente largos y aburridos? Mejor vayamos directos a la parte de matar, ¿de acuerdo?

La boca del Lilin formó una sonrisa torcida.

—Estás deseoso de morir de una vez por todas, ¿no es así?

—Estoy deseoso de que termines de darle a la lengua, más bien —replicó Roth, moviéndose de modo que una vez más se encontraba justo a mi lado.

—¿Has sido tú todo este tiempo? —La voz de Stacey temblaba bajo el peso del dolor que debía de estar sintiendo—. ¿No has sido Sam? ¿No desde que…?

—No desde que Dean exhibió sus puños furiosos. Eso fue divertido. —El Lilin se rio mientras sus ojos oscuros se deslizaban en dirección a mi amiga—. Hace ya algún tiempo que Sam no está en casa, pero puedo asegurarte que he disfrutado… cuando hemos estado juntos, tanto como estoy seguro de que él lo habría hecho. Ya sabes, por si te sirve de consuelo.

Ella se tapó la boca con las manos, amortiguando las palabras mientras las lágrimas se derramaban por su rostro pálido.

—Ay, Dios mío.

—No precisamente —murmuró la criatura con voz sedosa.

Me acerqué más a Stacey, apartando de ella la atención del Lilin. Me enfermaba al verla así, absolutamente asqueada.

—¿Por qué? —exigí saber—. Llevas semanas con nosotros. ¿Por qué no nos has atacado a ninguno?

El Lilin soltó un pesado suspiro.

—Para mí no todo gira alrededor de la violencia, la muerte y el gore. Descubrí bastante deprisa que hay un montón de cosas divertidas que hacer en la superficie, cosas de las que he disfrutado muchísimo.

Le guiñó un ojo a Stacey, y yo me puse furiosa. Me cosquilleaba la piel como si hubiera un millar de hormigas de fuego recorriéndola por completo.

—No la mires. No le hables, ni respires en su dirección, y que no se te ocurra pensar siquiera en volver a tocarla alguna vez.

—Ah, he hecho mucho más que eso —replicó el Lilin—. Muchísimo más. Todo lo que vuestro Sam desea haber tenido los huevos de hacer. Pero ¿sabes?, en este momento no está preocupado por esas cosas. Verás, lo he consumido… he consumido su alma en su totalidad. Ninguna parte de él sigue en este plano. No es un espectro, como los demás que se han cruzado en mi camino. No jugué con la comida en lo relativo a él, arrancándole pequeños trocitos. No, él se ha ido. Está en…

Varias cosas ocurrieron al mismo tiempo.

Stacey se lanzó en dirección al Lilin, levantando la mano como si estuviera a punto de quitarle a golpes esa sonrisa burlona de la cara. El Lilin se dirigió hacia ella y, aunque por alguna razón todavía no le había arrebatado el alma, ahora sabía que no había ninguna garantía de que no lo hiciera. El Lilin era totalmente impredecible. Había expuesto lo que era en realidad, y sentía que ya había terminado de jugar. Se encontraba al alcance de un brazo de ella, y yo… bueno, más o menos perdí el control. La furia me encendió desde el interior.

El cambio se apoderó de mí sin pretenderlo siquiera. Como si me estuviera quitando un jersey, me liberé de la forma humana que había llevado durante hacía tanto tiempo y, en cierto sentido, a la que me había aferrado con desesperación. Nunca había sido así de fácil. Los huesos no se rompieron y se unieron de nuevo. La piel no se estiró, sino que sentí que se endurecía, volviéndose resistente a la mayoría de los cuchillos y las balas. Noté un cosquilleo en el paladar mientras me salían los colmillos, dientes diseñados para atravesar incluso la piel de un Guardián, y desde luego también la de un Lilin. Justo debajo de la base de mi cuello y a cada lado de mi columna, mis alas se liberaron y se extendieron.

Alguien inhaló de forma brusca en la sala, pero yo no estaba prestando atención.

Moviéndome con tanta rapidez como una cobra atacando, sujeté el brazo de Stacey y la empujé para ponerla detrás de mí. Me situé entre ella y el Lilin.

—He dicho que no la toques. No la mires. No respires siquiera en su dirección. Si lo haces, te arrancaré la cabeza y la tiraré por la ventana de una patada.

El Lilin dio un respingo y retrocedió un paso, como si estuviera bailando. Sus ojos de un negro intenso se ensancharon. El aturdimiento invadió su cara, y entonces retrajo los labios hacia atrás.

—Eso no es jugar limpio.

¿Qué demonios…? ¿Era miedo lo que veía en su expresión?

—¿Tengo aspecto de que me importe?

—Ah, pero te va a importar. —El Lilin retrocedió, moviéndose en dirección a la puerta—. Desde luego que te va a importar.

Y entonces el Lilin desapareció, dando la vuelta y saliendo de la casa con una velocidad que me dejó allí plantada, mirando como una estúpida el umbral vacío de la puerta. No lo comprendía. El Lilin no había pestañeado siquiera ante Zayne y Roth, pero ¿cuando yo había cambiado de forma había huido con el rabo entre las piernas?

Vaya.

—Bueno, esto ha sido… decepcionante.

Me volví con lentitud, plegando las alas. El primero al que vi fue a Zayne.

Había regresado a su forma humana. Zayne siempre parecía recién salido de una revista de modelos, incluso cuando estaba exhausto. Su belleza superaba todo lo visto en el país, ganándose con creces un puesto en Desmayolandia; población: todas las chicas del planeta. Tenía el aspecto que imaginaba que tendrían los ángeles. Sus ojos azules eran vibrantes, y tenía unas facciones casi celestiales, pero me miraba con la boca ligeramente abierta. Su preciosa cara era pálida, lo que hacía que las sombras implacables bajo sus ojos destacaran de forma pronunciada. Me miraba como si nunca me hubiera visto, lo cual era muy raro, porque había crecido conmigo. Me sentía como si fuera alguna clase de espécimen extraño.

Un cosquilleo de intranquilidad bajó por mi columna vertebral mientras dirigía la mirada hacia el sofá. En algún punto, Zayne se había acercado a donde había aterrizado Stacey. Esperaba encontrarla balanceándose y hecha una bola, pero ella también me estaba mirando con la boca abierta y las manos apoyadas en las mejillas, y en cualquier otro momento me habría reído de esa expresión. Pero no entonces.

Los latidos de mi corazón se volvieron frenéticos mientras me giraba hacia la parte posterior de la habitación, donde se encontraba Roth. Mi mirada impactó contra unos ojos del color del ámbar. Los suyos estaban muy abiertos, con las pupilas en vertical. Incluso así, era digno de contemplar.

Roth era… bueno, no había nadie que caminara sobre esta Tierra que se pareciera a él. Probablemente tuviera que ver con el hecho de que no era humano, pero resultaba impresionante. Siempre lo había sido, incluso cuando se peinaba de punta el pelo oscuro. Yo prefería el aspecto menos cuidado que llevaba en ese momento, con el pelo cayendo sobre su frente, rozándole las puntas de las orejas y los arcos de unas cejas igualmente oscuras. Sus ojos oscuros estaban ligeramente rasgados en los extremos. Tenía unos pómulos y una mandíbula con los que podrías cortar cristal, una cara que cualquier artista se moriría por esbozar… o por tocar. Y esos labios gruesos y expresivos se hallaban entreabiertos.

Su piel no era pálida sino leonada, y no me estaba mirando boquiabierto como si mi lugar se encontrara bajo un microscopio, pero sí me observaba con asombro, al igual que estaba haciendo Zayne.

La intranquilidad se convirtió en unas bolas de pavor que se asentaron pesadamente en mi estómago.

—¿Qué pasa? —susurré, mirando a mi alrededor—. ¿Por qué me estáis mirando todos como si… como si me pasara algo malo?

No podía haber sido porque le había dicho al Lilin que iba a arrancarle la cabeza. Sí, la mayoría de los días era un poco menos violenta, pero durante la última semana o así había pensado que yo era el Lilin, había sido besada por Zayne y casi le había arrebatado el alma, motivo por el cual había sido encadenada y mantenida en cautividad por el mismo clan que me había criado, había estado a punto de ser asesinada por ese mismo clan (momento de respirar hondo), después fui sanada gracias a Roth y un brebaje misterioso proporcionado por un aquelarre de brujos que adoraban a Lilith, y ahora acababa de descubrir que mi mejor amigo había muerto, su alma se encontraba en el Infierno y el Lilin había ocupado su lugar. Cualquiera pensaría que una chica así merecía que tuvieran un poco de manga ancha con ella.

Roth se aclaró la garganta.

—Enana, mírate… mírate la mano. —¿Que me mirara la mano? ¿Por qué demonios me estaba diciendo que hiciera eso en mitad de aquella locura?—. Hazlo —insistió, en voz baja y con demasiada amabilidad.

El pavor explotó en mis tripas como un perdigón, y entonces bajé la mirada hasta mi mano izquierda. Esperaba ver ese extraño mármol negro y gris, la mezcla del demonio y el Guardián que existía en mi interior, y una combinación con la que ya estaba casi familiarizada. Mis uñas se habían alargado y afilado, y me daba cuenta de que eran lo bastante duras como para cortar el acero, tan duras como mi piel, pero mi piel… todavía estaba rosada. Muy rosada.

—¿Qué de…?

Dirigí la mirada hacia mi otra mano. Estaba igual. Simplemente rosada. Mis alas se crisparon, recordándome que me había transformado.

Zayne tragó saliva.

—Tus… tus alas…

—¿Qué pasa con mis alas? —dije casi chillando, y me llevé las manos hacia la espalda—. ¿Están rotas? ¿Es que no han salido…? —Las puntas de mis dedos entraron en contacto con algo tan suave como la seda. Aparté la mano de golpe—. ¿Qué…?

Los ojos acuosos de Stacey habían doblado su tamaño.

—Eh, Layla, hay un espejo encima de la chimenea. Creo que deberías echarte un vistazo en él.

Capté la mirada de Roth durante un segundo antes de darme la vuelta e ir prácticamente corriendo hacia la chimenea que estaba segura de que la madre de Stacey no había utilizado jamás. Me aferré a la repisa blanca y miré fijamente mi reflejo.

Parecía normal, tal como era antes de cambiar… como si estuviera yendo a clase. Mis ojos eran de un pálido tono de gris, un azul diluido en agua. Mi pelo era tan rubio que casi parecía blanco, y un caos de ondas que señalaban en todas direcciones, tal como siempre. Parecía una muñeca de porcelana incolora, lo cual no era nada nuevo, salvo por los dos colmillos que sobresalían de mi boca. Esos no los mostraría en el instituto, pero no fueron lo que atrajo y mantuvo mi atención.

Fueron mis alas.

Eran grandes, no tanto como las de Zayne o las de Roth, y por lo general eran de una textura casi de cuero, pero ahora eran negras… negras y con plumas. O sea, plumas de verdad. Esa cosa suave y sedosa que había sentido… eran unas pequeñas plumas.

Plumas.

—Ay, Dios mío —susurré a mi reflejo—. Tengo plumas.

—Sin duda son alas con plumas —comentó Roth.

Me di la vuelta y derribé una lámpara con mi ala derecha, llena de plumas.

—¡Tengo plumas en las alas!

Roth inclinó la cabeza hacia un lado.

—Sí, así es.

No me estaba ayudando en absoluto, así que me giré hacia Zayne.

—¿Por qué tengo plumas en las alas?

Él negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé, Layla. Nunca había visto nada como esto.

—Mentiroso —siseó Roth, lanzándole una mirada sombría—. Ya lo habías visto antes. Y yo también.

—Yo no —murmuró Stacey, que se había llevado las piernas contra el pecho y parecía estar a punto de ponerse a balancearse en cualquier momento. Hasta hacía muy poco, la muchacha no tenía ni idea de lo que Roth era en realidad. Ni siquiera tenía ni idea de lo mío. Todo aquello tenía que ser demasiado para ella.

—Vale. ¿Cómo y por qué habéis visto esto antes? —inquirí, tomando aire con demasiada rapidez—. ¿Es que ahora voy a tener que afeitarme las alas?

—Enana…

Los labios de Roth se crisparon. Yo levanté la mano y lo señalé con el dedo.

—¡Ni te atrevas a reírte, cara de imbécil! Esto no es gracioso. ¡Mis alas son unos monstruos de la naturaleza!

Él levantó las manos.

—No voy a reírme, pero creo que no hace falta que vayas a por las cuchillas de afeitar. Además, un montón de cosas tienen plumas en las alas.

—¿Como qué? —pregunté. ¿Todavía había más criaturas sobrenaturales con las que no estaba familiarizada?

—Como… como los halcones —respondió.

Arrugué el ceño.

—¿Halcones? ¡¿Halcones?!

—¿Y las águilas también?

—¡No soy un pájaro, Roth! —Se me estaba agotando la paciencia—. ¿Por qué tengo plumas en las alas? —chillé, esta vez en dirección a Zayne—. ¿Había visto esto antes? ¿Dónde? Que alguien me diga…

Debajo de mí, el suelo comenzó a temblar, cortándome en mitad de la frase. La sacudida se incrementó, subiendo por las paredes, sacudiendo el espejo y haciendo que las fotografías enmarcadas traquetearan. Unas nubecillas de yeso salieron del techo. La casa estaba temblando, y la sonora vibración se volvió estremecedora.

Stacey se levantó de un salto del sofá y le agarró el brazo a Zayne.

—¿Qué está pasando?

Intercambié una mirada con Zayne. Aquello me resultaba demasiado familiar. Ya lo había sentido antes, cuando…

Una cegadora luz dorada se derramó a través de las ventanas y las pequeñas grietas en la pared y entre los tablones de madera del suelo. Una luz suave y brillante se arrastró por el techo y comenzó a descender. Salté hacia un lado, evitando por los pelos que me rozara. Recordaba con claridad lo que había ocurrido la última vez que había sido lo bastante estúpida como para tocar la luz.

Los de mi raza jamás podrían tocarla. Y Roth tampoco podía.

—Mierda —murmuró él.

El corazón se me paró mientras la vibración se detenía y el hermoso resplandor desaparecía. En un destello, Roth apareció junto a mí, con una mano rodeándome la parte superior del brazo.

Stacey olisqueó el aire.

—¿Por qué huele como si nos estuviéramos ahogando entre las sábanas de una secadora?

Tenía razón; había un nuevo aroma impregnando el aire. Para mí, era almizcleño y dulce. El cielo… el cielo olía a cualquier cosa que quisieras, lo que de verdad desearas más en el mundo, y era diferente para cada persona.

Zayne puso a Stacey detrás de él, y tuve la sensación de que Roth estaba a punto de sacar nuestros culos nada angelicales de allí, pero entonces una fisura de poder irradió a través de la habitación. El dulce aroma que me llenaba de anhelo quedó reemplazado por uno a trébol e incienso. Una calidez descendió por mi espalda, y supe que era demasiado tarde para que tratáramos de escapar.

Oh, no.

Stacey soltó un jadeo.

—Ay, Dios mí…

Sus ojos se pusieron en blanco y sus rodillas cedieron. Se plegó como un acordeón. Zayne la atrapó antes de que se golpeara contra el suelo, y yo no tuve tiempo de preocuparme por ella.

No estábamos solos.

No quería volverme, pero no podía evitarlo. Tenía que hacerlo, porque quería verlos. Tenía que verlos antes de que me eliminaran de la faz de la Tierra. Roth debía de haber sentido lo mismo, porque él también se volvió. Había un suave resplandor reflejándose en sus mejillas. Entrecerró los ojos y yo miré en dirección a la puerta.

Dos de ellos se encontraban allí como centinelas, de unos dos metros de altura, o posiblemente incluso más grandes. Eran tan hermosos que resultaba casi doloroso mirarlos. Tenían el pelo del color del trigo, y su piel parecía hervir, atrapando y absorbiendo la luz a su alrededor. No eran ni blancos ni negros, ni de ningún tono intermedio, de algún modo tenían todos los colores al mismo tiempo. Su ropa se asemejaba a una especie de pantalones de lino. Las órbitas de sus ojos eran de un blanco puro, sin iris ni pupilas. Tan solo era espacio blanco, y me pregunté cómo eran capaces de ver. Sus pechos y pies estaban desnudos. Sus hombros eran tan anchos como los de cualquier Guardián, y sus alas eran magníficas, de un blanco brillante, y se extendían al menos dos metros y medio a cada lado.

Sus alas también tenían plumas.

Sin embargo, y a diferencia de las mías, esas plumas tenían cientos de ojos en ellas, ojos de verdad. Unos ojos que no pestañeaban, sino que se movían de forma constante y parecían observarlo todo al mismo tiempo.

Cada una de las criaturas blandía una espada dorada, una maldita espada de verdad… una espada que debía de tener la longitud de mi pierna. Aquella combinación era posiblemente lo más extraño que había visto jamás, y había visto un montón de cosas extrañas en mis diecisiete años de vida.

Estaban ahí, esos seres que dirigían aquel pequeño espectáculo llamado «vida», que habían creado a los Guardianes y que, para los demonios, eran el equivalente al hombre del saco. Nunca, en toda la historia de la existencia, habían estado en presencia de nadie con un rastro de sangre demoníaca en él sin que acabaran con su vida de inmediato.

Sentí que mis alas (mis alas con plumas) se plegaban sobre mi espalda. No sabía por qué estaba tratando de esconderlas a esas alturas, pero me sentía un poquito cohibida. Sin embargo, no estaba dispuesta a cambiar a mi forma humana, no en presencia de esos seres.

Era incapaz de dejar de mirarlos. El asombro y el miedo estaban en guerra dentro de mí. Eran… eran ángeles, y sus alas emplumadas prácticamente resplandecían de lo brillantes que eran. Nunca me habían permitido acercarme a ellos, ni siquiera cuando acudían al edificio de los Guardianes para reunirse con Abbot, el líder del clan. Siempre me habían obligado a abandonar las instalaciones, y nunca había pensado que fuera a verlos alguna vez.

Una necesidad irresponsable de acercarme a ellos me golpeó con fuerza en el pecho, y necesité toda mi voluntad para ignorarla. Respiré hondo, y olían de maravilla.

Roth dio una sacudida repentina, y mi corazón se alojó en algún lugar de mi garganta. El miedo se derramó en mi interior. ¿Es que le habían hecho algo? Entonces lo vi. Una sombra salió de él, derramándose en el aire por delante de nosotros. Eso también lo había visto antes. Ocurría cada vez que los familiares tatuados salían de su piel.

Sabía que no se trataba de Bambi ni de los gatitos, porque aquella sombra salía de la zona general de su… bueno, básicamente donde se encontraba el cinturón de sus vaqueros. Solo había un tatuaje allí, el único que yo jamás había visto.

El familiar dragón que Roth me había advertido de que solo salía de su piel cuando las cosas se iban a la mierda o estaba cabreado de verdad.

Los Alfas habían llegado, y Tambor había salido al fin a jugar.

Capítulo dos

Preparándome para la aparición de un dragón enorme y muy destructivo, me tensé y contuve el aliento. Íbamos a morir todos, de una forma horrible y abrasadora.

La sombra era enorme mientras se convertía en miles de pequeños puntos negros que giraban juntos en el aire, como un ciclón en miniatura, cobrando forma y tamaño. Durante unos segundos, unas escamas iridiscentes de colores azules y doradas aparecieron por la tripa y el lomo del dragón. Brotaron unas alas de un rojo intenso, además de un hocico largo y orgulloso y unas patas traseras terminadas en garras. Sus ojos eran del mismo amarillo brillante que los de Roth.

Era una criatura hermosa.

Pero… el dragón era más o menos del tamaño de un gato… un gato muy pequeño.

No era exactamente lo que había estado esperando.

Sus alas se movieron en silencio mientras planeaba hacia la izquierda de Roth, dando sacudidas con la cola. Era muy pequeño y muy… muy mono.

Pestañeé con lentitud.

—¿Tienes… tienes un… un dragón de bolsillo?

Zayne resopló desde algún lugar detrás de mí.

Roth soltó un fuerte suspiro.

A pesar de que nuestras vidas se encontraban en peligro y de que probablemente fuéramos a morir, desde luego seguía sin haber ningún aprecio entre Roth y Zayne.

El dragón giró la cabeza en mi dirección, abrió la boca y soltó un pequeño rugido. O más bien un gritito. Una nube de humo negro salió de ella, sin fuego. Tan solo unas volutas oscuras que tenían un débil olor a azufre. Levanté las cejas.

—Aparta al familiar de nuestra vista —exigió uno de los Alfas, haciéndome encogerme. El que había hablado se encontraba a la derecha de la puerta, y su voz era increíblemente profunda y reverberó tanto a través de la habitación como a través de mí. Una parte de mi ser esperaba que se me rasgaran los tímpanos.

Me sorprendió que los Alfas no hubieran tratado de eliminar a Tambor de inmediato, pero claro, el dragón de bolsillo no suponía una gran amenaza.

La postura de Roth parecía tranquila, pero yo sabía que estaba tenso como un resorte, listo para saltar y entrar en acción.

—Bueno, pues eso no va a pasar.

Los labios del Alfa formaron una mueca.

—¿Cómo te atreves a hablarme? Podría terminar con tu existencia antes de que vuelvas a tomar aire.

—Podrías —asintió Roth con calma—. Pero no lo harás.

Abrí mucho los ojos. Hablar mal a los Alfas no era lo que yo consideraría un movimiento inteligente.

—Roth —murmuró Zayne. Sonaba más cerca, pero no quería quitar los ojos de encima a los Alfas para comprobarlo—. Tal vez querrías calmarte un poco.

El Príncipe Heredero sonrió con suficiencia.

—Nah. ¿Quieres saber por qué? Los Alfas podrían terminar conmigo, pero no van a hacerlo. —Enfrente de nosotros, el Alfa que había hablado se envaró, pero no lo interrumpió—. Veréis, soy el Príncipe Heredero favorito —continuó Roth, y su sonrisa se extendió—. Si me eliminan cuando no he hecho nada que lo justifique, tendrán que enfrentarse al Jefe. Y no quieren hacerlo.

Una chispa de sorpresa me recorrió. ¿No podían terminar con Roth por ser quien era? Siempre había pensado que podían hacer lo que les complaciera.

El Alfa que había permanecido en silencio habló.

—Las reglas existen por una razón. Eso no significa que tengan que gustarnos, así que te sugeriría que no tentaras a la suerte, Príncipe.

Entonces, Roth hizo lo impensable. Levantó la mano y extendió el dedo medio.

—¿Esto cuenta como tentar a la suerte, Bob?

Joder… ¡le había hecho una peineta a un Alfa! Y además, ¡le había llamado «Bob»! ¿Quién hacía eso? En serio…

Mi mandíbula cayó hasta el suelo cuando el pequeño Tambor tosió otra nube de humo.

—No estoy cegado por vuestra gloria —dijo Roth—. Os sentáis en vuestras nubes altivas juzgando a cada criatura viviente. No todo es blanco o negro. Vosotros lo sabéis, y aun así no reconocéis las zonas grises.

Unas chispas de electricidad crepitaron desde los ojos blancos del Alfa.

—Uno de estos días, Príncipe, te encontrarás con tu propio destino.

—Y lo haré de una forma espectacular —replicó él, bromeando—. Y además, cuando lo haga estaré tremendo.

Cerré los ojos con fuerza brevemente. Ay, Dios mío…

El Alfa de la derecha se movió y su enorme mano se tensó sobre la empuñadura de su espada; tuve la sensación de que quería atravesar limpiamente a Roth con ella. Supuse que era el momento de despegar mi lengua del paladar.

—Estáis aquí por el Lilin, ¿verdad? Vamos a detenerlo. —No tenía ni idea de cómo íbamos a hacerlo, y lo más probable era que no debiera hacer una promesa de ese calibre a unos seres que podrían destruirme en un latido, pero no veía ninguna otra opción. No solo porque necesitaba distraerlos de Roth, sino porque era cierto que había que detener al Lilin. Cualquier ser que tuviera alma se encontraba ahora en peligro—. Lo prometo.

—Los Guardianes se ocuparán del Lilin —respondió el Alfa que había hablado primero—. Para eso fueron creados; es su trabajo proteger a la humanidad. Si no lo hacen, pagarán el precio definitivo, al igual que los demonios. Pero estamos aquí para ocuparnos de ti.

El corazón se me volvió a parar.

—¿De mí?

El Alfa al que Roth había llamado «Bob» entrecerró los ojos.

—Eres un terrible sacrilegio. Antes eras una abominación de la que tendríamos que habernos ocupado, pero ahora eres una perversidad que no podemos permitir que continúe existiendo.

Roth inclinó la cabeza hacia un lado mientras Zayne se lanzaba hacia delante.

—¡No! —dijo mientras plegaba las alas—. Nunca ha hecho nada para que…

—¿De verdad? —replicó el otro Alfa con sequedad mientras sus alas formaban un arco alto. Aquellos ojos incrustados en las plumas recorrían la habitación, y entonces todos (cientos de ellos) se centraron en mí—. Lo vemos todo, Guardián. Debe hacerse justicia.

Bob levantó la espada y, antes de que yo pudiera hacer nada, Roth extendió el brazo. Me alcanzó justo encima del pecho y me lanzó contra Zayne. Reboté contra su pecho duro, y me hubiera caído al suelo si él no me hubiera estabilizado sujetándome de la cintura.

Tambor, todavía volando en círculos junto al hombro de Roth, soltó otro chillido…

… que se convirtió en un rugido que hizo que la casa temblara incluso más que cuando habían aparecido los Alfas.

—Como ya he dicho antes, el tamaño sí que importa.

Tambor comenzó a crecer a un ritmo que yo no era capaz ni de seguir, y sus patas se volvieron del tamaño de troncos y sus garras de la longitud de unos ganchos. Las brillantes escamas azules y doradas del dragón parecían a prueba de balas, y sus patas traseras se extendieron hasta el suelo y resquebrajaron los tablones de madera. Un ala carmesí golpeó el techo y atravesó directamente el yeso. El polvo cayó en unas nubes espesas mientras su otra ala derribaba el sillón reclinable.

El Alfa gritó algo, pero se perdió en mitad del gruñido bajo y retumbante del dragón. Este se movió hacia delante, balanceando la enorme cola con púas por el suelo. Los muebles volaron hacia la pared y derribaron un cuadro. Una ventana se hizo añicos, y el aire frío del exterior entró en la habitación. Tambor se detuvo enfrente de nosotros, mirando a los Alfas mientras retrocedía y soltaba unas chispas de llama por las fosas nasales. El fuego oscureció lo que quedaba del techo mientras Bob volvía a gritar.

—Si dais un paso hacia ella, voy a hacerme unos Alfas a la parrilla. —La voz de Roth era baja y de una calma letal—. Al estilo extracrujiente.

El otro Alfa retrocedió, pero Bob parecía estar a punto de explotar de furia.

—¿Te atreves a amenazarnos?

—Me atrevo a hacer mucho más que eso. —La piel de Roth pareció volverse más fina, y su cara se convirtió en unos ángulos agudos—. No voy a permitir que le dañéis ni un solo pelo de la cabeza. Si la queréis, vais a tener que pasar por encima de mí.

Bob le dirigió una amplia sonrisa, y mi estómago cayó en picado. Roth estaba dispuesto y decidido a dejarse matar por mí. Se había sacrificado a los fosos, había vuelto desde allí, y después se había enfrentado a su Jefe para salvarme la vida. Ni de broma podía permitirle que volviera a situarse entre el peligro y yo.

—¡Para! —Me separé del agarre de Zayne, pero Tambor se movió. Echó la cola hacia atrás y la detuvo a apenas un centímetro de mis caderas. No podía avanzar. Mi mirada de pánico fue desde Roth hasta los Alfas—. Sea cual sea el problema que tenéis, lo tenéis conmigo. No con ellos. Así que podemos…

Incluso mientras hablaba, Bob el Alfa avanzó hacia Roth, levantando la espada de fuego, y a Tambor eso no le gustó. Encabritándose, estiró el largo cuello y abrió la boca, revelando unos colmillos del tamaño de puños. El olor a azufre se incrementó, y entonces un estallido de fuego salió de su boca.

Un chillido de dolor acabó de forma abrupta, y donde Bob había estado tan solo quedaba una chamuscada pila de cenizas.

Todos nos quedamos completamente inmóviles. Nadie habló, ni siquiera parecíamos respirar. Y entonces:

—Parece que es el estilo extra-extracrujiente —dijo Roth, examinando el desastre.

Noté las rodillas débiles mientras levantaba las manos con impotencia. Tambor se giró hacia el otro Alfa. Hubo una serie de crujidos enfermizos, y entonces el dragón miró por encima de su hombro y sus ojos dorados encontraron los míos mientras abría la boca. Un reluciente líquido azul manchaba sus dientes mientras soltaba un sonido que realmente parecía una carcajada gutural.

Bambi se había comido a un Guardián.

Tambor se había comido a un Alfa.

Desde luego, aquellos familiares tenían muy pocos modales.

Y más importante todavía, no había sabido de nada que pudiera matar de verdad a un Alfa, y mucho menos comerse a uno.

—Oh… ¡oh! —chilló Stacey, y me volví hacia un lado justo a tiempo de verla estrujarse dentro de los dos cojines traseros del sofá—. ¡Hay un dragón en mi casa! ¡Un dragón!

Supuse que todavía estaba demasiado ida por haberse desmayado como para recordar que también había habido ángeles en su casa.

Tambor —lo llamó Roth—. Vuelve conmigo.

El dragón eructó una gruesa nube de humo y se dio la vuelta. Di un salto para quitarme del camino de su cola, al igual que Zayne. La chimenea no tuvo tanta suerte. Esa cola letal impactó contra ella, derribando un puñado de ladrillos que golpearon el suelo y se rompieron en pedazos. Tambor cambió su gran peso de un lado a otro.

Zayne frunció el ceño.

—¿Está… tamborileando con las patas?

Roth puso los ojos en blanco.

—No sale demasiado.

—Por razones obvias —murmuró Stacey.

Tambor levantó la cola y la bajó de golpe, agrietando lo que quedaba del suelo y ganándose un suspiro de Roth. El dragón negó con la cabeza y después se estremeció antes de encogerse de nuevo a su tamaño mono y de bolsillo. Después regresó al fin a Roth, colocándose al lado de su cara como una pequeña sombra que descendió con rapidez por su cuello y bajo su camiseta.

Me quedé completamente en silencio, y apenas fui consciente de que volvía a adoptar mi estado humano. Mis pensamientos iban frenéticos de una mala situación a la siguiente. Sam como el Lilin. Mis alas llenas de plumas. Los Alfas presentándose. Tambor

—Mi madre me va a matar —susurró Stacey, aferrando un cojín de color beis contra su pecho. Levantó la mirada—. ¿Cómo voy a explicar esto?

Roth frunció los labios.

—¿Una explosión de gas? —Stacey repitió débilmente las palabras mientras él continuaba—. Puedo quemar el lugar, hacer que parezca un poco más auténtico. No dañaré el piso de arriba si no quieres.

—Tienes mucha práctica con estas cosas, ¿verdad? —preguntó Zayne con sequedad.

—Ah, cuando Tambor sale, siempre está bien utilizar la vieja excusa de la explosión de gas. Resulta muy útil. —Roth se volvió hacia mí—. ¿Te encuentras bien?

Sentía furia mezclada con miedo… miedo por él. Lo miré fijamente y después me lancé en su dirección.

—¿En qué estabas pensando? —Eché el brazo hacia atrás y le di un golpe en el pecho—. ¡Has amenazado a un Alfa!

Volví a golpearlo, con más fuerza esta vez, lo suficiente como para que le doliera.

—Au.

Se frotó el pecho, pero sus ojos centellearon. ¡Pensaba que aquello era divertido!

Zayne caminó hasta donde se encontraba la pila de cenizas.

—Ha hecho más que amenazarlos. Ha dejado que Tambor se los comiera.

—Oye, técnicamente Tambor ha achicharrado a uno y se ha comido al otro —lo corrigió Roth, dándose unos golpecitos en el estómago, donde el dragón estaba descansando.

—¡Ay, Dios mío! —En esa ocasión, mi mano conectó con su brazo—. ¡Vas a meterte en muchísimos problemas, Roth! Muchísimos problemas.

Él levantó un hombro.

—Me estaba defendiendo.

—Me estaba defendiendo —lo imité, moviendo la cabeza de un lado al otro—. ¡No puedes ir por ahí matando Alfas, Roth!

—¿Has matado a esos ángeles? —preguntó Stacey, así que supuse que sí los recordaba.

Él le lanzó una sonrisa inocente.

—Bueno, yo no lo he hecho, pero…

—¡Roth! —grité, y me aparté antes de estrangularlo hasta dejarlo sin su querida vida—. Esto no es una broma. Has…

Era rápido de narices cuando quería. Un instante se encontraba a unos metros de mí, y al siguiente estaba allí, sujetándome los lados de la cara. Bajó la cabeza de modo que sus ojos se encontraran a la altura de los míos.

—Hay reglas, enana.

—Pero…

—Reglas que incluso los Alfas tienen que obedecer. No pueden atacarme sin una provocación física. Si lo hacen, cabrearán al Jefe, y entonces el Jefe contraatacará de una forma que hará que lo que el Lilin podría hacer parezca un juego de niños. No soy un demonio cualquiera, soy el Príncipe Heredero. Me han golpeado, y yo me he defendido. Fin de la historia.

Pero sí que los había provocado… tal vez no de forma física, pero no era un inocente espectador en todo aquello. Mientras el aturdimiento menguaba, hubo una píldora amarga diferente que tragar. ¿Y si Roth se había equivocado con las reglas? ¿Y si en ese mismo momento había más Alfas de camino para vengar a sus hermanos?

—Voy a estar bien. —Sus ojos se clavaron en los míos mientras se acercaba más, alineando las botas de sus pies con los míos—. No me va a pasar nada. Te lo prometo.

—No puedes hacer esa promesa —susurré, buscando en su mirada fijamente—. Ninguno de nosotros puede.

Llevó las manos hasta mí y curvó sus dedos en mi pelo suelto.

—Yo sí.

Esas dos palabras eran como lanzar el guante al universo entero. Bajé la mirada mientras él me echaba el pelo hacia atrás y lo colocaba por detrás de mis orejas. Fue entonces, mientras separaba las manos de mí con lentitud, cuando recordé que no estábamos a solas.

Me aparté de golpe y mi mirada impactó con la de Zayne. Durante un momento, me permití verlo de verdad. Casi lo había matado. Casi había hecho algo peor, mucho peor que eso. Cuando un Guardián perdía su alma, se convertía en una criatura horrible. Lo sabía a la perfección, porque ya había presenciado lo que le ocurría a un Guardián después de que su alma le fuera arrebatada. Yo casi le había hecho eso a Zayne, y él todavía se encontraba ahí, de pie junto a mí.

Un agujero se abrió en mi pecho mientras veía la aguda cautela en su mirada. El estómago se me retorció de forma horrible y abrí la boca, pero no sabía qué decir. Mi corazón y mi cabeza estaban tirando de pronto de mí en dos direcciones muy diferentes. Afortunadamente, no tuve la oportunidad de decir nada.

—Te dejo solo unas cuantas horas, y tú permites que Tambor achicharre a un Alfa y se coma a otro.

Con un chillido, me di la vuelta mientras Stacey gritaba. Cayman se encontraba en el centro del salón destruido. Había salido de la nada. Puf. Allí estaba. Llevaba pantalones oscuros y una camisa blanca de botones, aunque parecía haberse aburrido a mitad de camino mientras se la abotonaba, y su pelo rubio estaba suelto alrededor de su rostro anguloso. En lo relativo a la jerarquía demoníaca, Roth me había explicado una vez que, como Dirigente Infernal, Cayman era algo así como la gerencia media. Era una especie de demonio para todo, y tenía la sensación de que era más que tan solo un… eh, un compañero de trabajo para Roth. Y lo afirmara o no Roth, eran amigos.

—Qué rapidez —comentó Roth, cruzando los brazos por encima del pecho.

Cayman se encogió de hombros.

—Así son los tiempos, tío. Seguro que estará en el muro de Facebook de algún Alfa en menos de una hora.

—¿Los Alfas tienen cuentas en Facebook?

Stacey tenía ahora el cojín contra la boca, y lo único que resultaba visible eran sus enormes ojos de un castaño oscuro. Cuando habló, su voz sonó amortiguada.

—¿Quién es ese?

Comencé a explicárselo, pero Cayman hizo una reverencia en su dirección y extendió el brazo con una floritura.

—Tan solo el demonio más hermoso, inteligente y totalmente encantador que existe. Pero sé que eso es muy largo, así que puedes llamarme Cayman.

—Ah. —La mirada de mi amiga recorrió la habitación—. Vale.

La piel de Zayne se había oscurecido, en una clara indicación de que estaba cerca de transformarse otra vez, y esperé que mantuviera el control. Cayman era un amigo, y lo último que necesitábamos era que los dos empezaran a pelear.

—¿Roth está metido en problemas?

—Enana, estoy…

Levanté la mano para callarlo.

—Cállate. Cayman, ¿está metido en problemas?

El demonio sonrió.

—Creo que la mejor pregunta es… ¿cuándo no está metido en problemas?

Entrecerré los ojos y tuve que admitir que aquello era cierto.

—Vale. ¿Está metido en más problemas de lo que está normalmente?

—Ah… —Su mirada se dirigió hacia Roth, y entonces sus labios se curvaron en una sonrisa diabólica. Estaba disfrutando mucho—. Digamos que el Jefe no está contento con lo que acaba de ocurrir aquí. En realidad, el Jefe está cabreado por un montón de cosas, y si Roth baja en breve, lo más probable es que no salga de allí en un tiempo. Como un par de décadas o así.

Solté un jadeo.

—Eso no es bueno.

Menos mal que el Jefe estaba del lado de Roth.

—Podría ser peor —replicó Roth con una sonrisita.

Cayman asintió con la cabeza.

—Si queréis saber la verdad, creo que el Jefe sí estaba contento en secreto con lo que ha hecho Tambor, pero ya sabéis… política. —Suspiró mientras yo levantaba las cejas—. Estropea toda la diversión.

Comenzaban a dolerme las sienes.

—Este día ha sido…

—¿Imposible de creer? —sugirió Stacey. Soltó el cojín y se presionó las palmas de las manos bajo los ojos. Su expresión era pálida y fatigada. Le temblaban las manos mientras las frotaba por debajo de los ojos.

Asentí lentamente con la cabeza mientras me daba la vuelta. Mi mirada se encontró con la de Roth, y después con la de Zayne. Los dos me estaban mirando fijamente, esperando. Quería fingir que no sabía a qué estaban esperando, pero eso sería una mentira.

Y eso también me convertiría en una cobarde.

Un peso aterrizó sobre mis hombros mientras me frotaba las sienes con los dedos. Había muchas cosas que teníamos que averiguar.

—Tenemos que ocuparnos de esto. —Hice un gesto hacia la habitación destrozada. El olor a azufre seguía allí, y una parte de mí se sentía agradecida por tener algo inmediato en lo que concentrarme—. Para que Stacey no se meta en problemas.

—Se agradece mucho —dijo ella, y cuando le eché un vistazo vi que se estaba pasando las manos por el pelo.

Roth se acercó un poco.

—¿Por qué no vais a la pastelería mientras yo me ocupo de esto? ¿Puedes hacerlo?

La segunda pregunta iba dirigida a Zayne, que asintió con la cabeza.

—Las mantendré a salvo —respondió él con tono firme.

Roth dudó, y después respiró hondo.

—Si aparecen otros Guardianes…

—Las protegeré a ambas de cualquier cosa o de cualquiera que pueda ir a por ellas —le aseguró Zayne. Respiró hondo—. Incluso… incluso aunque sea mi clan.

—Y yo también puedo protegerme a mí misma —señalé, ganándome una mirada divertida de Roth—. ¿Qué? Confía en mí. Si cualquiera de mi… de mi antiguo clan viene a por mí, no voy a abrir los brazos para abrazarlos. —Ignoré la oleada de pavor que sentía ante el pensamiento de encontrarme cara a cara con ellos otra vez—. Bueno, salvo por Nicolai y Dez. Creo que ellos…

—Enana —dijo Roth.

Suspiré.

—Da igual. Vámonos. —Me giré hacia Stacey y caminé hasta allí para quitarle con suavidad el cojín que había vuelto a tomar entre sus manos de nudillos blancos—. ¿Estás segura de querer salir?

Ella pestañeó una vez, y después dos.

—¿Qué opciones tengo? ¿Quedarme aquí mientras Roth prende fuego a la casa? No, gracias.

Estaba bien ver que incluso después del día que habíamos tenido, Stacey todavía podía ser una listilla.

Roth se acercó a zancadas a Cayman y colocó una mano sobre el hombro del otro demonio.

—Quiero que estés alerta, ¿vale?

La lista de cosas con las que Cayman tendría que estar alerta era astronómica.

—Te doy mi palabra.

Cayman se fue. Puf. Desapareció.

Negué con la cabeza y volví a concentrarme en Stacey. Las lágrimas llenaban sus ojos mientras me miraba a través de las pestañas mojadas.

—Sam está… está muerto, ¿verdad?

Coloqué el cojín sobre el sofá, junto a ella, y me arrodillé. Un ardiente nudo de emociones se formó en la parte posterior de mi garganta.

—Sí. Lo está.

Ella cerró los ojos con fuerza mientras un temblor recorría su cuerpo.

—Os recuerdo hablando sobre el… sobre el Lilin y lo que le hace a la gente. Si Sam está muerto, entonces su alma…

Su alma estaba en el Infierno, y yo lo sabía. Stacey ya lo sabía. Todos en la habitación lo sabíamos, y no podía haber nada más horrible que estar atrapado en el Infierno. Nuestro amigo no se merecía todas las cosas terribles que les ocurrían allí a las almas.

Rodeé las manos de Stacey con las mías y las apreté con fuerza.

—Te prometo que vamos a sacar el alma de Sam del Infierno. Te lo prometo.