Los nombres de la Muerte

Primera edición: Enero 2018

©Sergio Sola Ponce

©LxL Editorial 2018

ISBN13: 978-84-17160-61-6

Depósito Legal: AL-2520-2017

 

 

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación, u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art.270 y siguientes del CÓDIGO PENAL).

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Impreso en España – Printed in Spain

Diseño de cubierta –Alexia Jorques

Maquetación – Munyx Design


 

ÍNDICE

 

AGRADECIMIENTOS

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

Epílogo

Biografía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si hace unos años alguien me hubiera dicho que estaría publicando mi tercera novela, le habría contestado que no dijera tonterías. Pero no, aquí estoy una vez más, con otra historia nacida de los entresijos de mi mente. Nadie sabe cómo ni cuándo terminará este camino, pero, por ahora, seguiré avanzando para que todos vosotros podáis seguir leyéndome.

Gracias a todos los que hacéis que esto merezca la pena.

 

AGRADECIMIENTOS

 

 

 

 

 

A ti, lector, por hacer que este libro tenga un significado.

A ti, editorial, por permitirme soñar de nuevo.

A ti, familia, por hacerme sentir querido.

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 1

 

 

Provincia de Khentii, Ulan Bator, Mongolia

 

 

 

 

 

 

El sol no tardaría demasiado en empezar a esconderse por el horizonte. No quedaban muchas horas de luz y debía encontrar refugio lo antes posible, era peligroso quedarse a la intemperie en aquella zona. Mientras coronaba otra colina más, Oliver Patt se secó el sudor que le caía por la frente con la manga de la camisa. Se quitó el pañuelo que tenía cubriéndole la cabeza para protegerse del sol y se colocó el pelo. Tenía todo su oscuro cabello chorreando y pegado como si no se hubiera duchado en varios días, cosa que por otro lado, era cierta. Se lamentó de no haberse podido afeitar la barba en las cuatro últimas semanas, porque hasta eso le producía agobio. El calor era asfixiante y llevaba mucho tiempo caminando. Se detuvo unos segundos en lo alto de aquella pequeña montaña y miró a su alrededor. Si sus cálculos eran correctos debía estar cerca del final del trayecto. Observó su brújula para orientarse y entrecerró sus ojos verdes esmeralda mientras miraba hacia el sureste para tratar de ver algo sin que el sol le cegara. Allí, medio oculta entre una cordillera que dominaba todo el paisaje, se encontraba su objetivo, Burkhan Khaldun, la montaña maldita. Si se daba prisa, podría llegar antes de que se quedara sin luz. Pese a que estar allí durante la noche no era algo que le provocase demasiado placer, Oliver se puso en marcha y comenzó el descenso con la vista fijada en Burkhan Khaldun.

El terreno parecía una pradera verde hasta donde alcanzaba la vista, apenas había animales a su alrededor y no existía lugar donde refugiarse del asfixiante sol que castigaba desde lo alto. Pero cuando este se escondió, y la noche hizo acto de presencia, la situación fue distinta. La zona estaba dominada por un depredador feroz y letal, el leopardo de las nieves de Mongolia. Antes era difícil verlo en cotas bajas, pero a las altas temperaturas, la nieve cada vez duraba menos. Sus presas se habían desplazado y se veían obligados a ampliar su radio de acción, lo que produjo que el temor de Oliver por encontrase con alguno acrecentara.

No conocía a nadie que hubiera salido indemne de cruzarse en el camino con un leopardo de las nieves. Era un cazador mortal, con unos colmillos capaces de atravesar la carne como si fuera mantequilla y una mandíbula que podía arrancarte un miembro sin esfuerzo. Oliver se había enfrentado a multitud de animales salvajes a lo largo de toda su vida, las cicatrices que tenía en su cuerpo así lo corroboraban, pero prefería no hacerlo con una bestia semejante. Su única arma era un cuchillo de caza que siempre llevaba encima, tenía una hoja afilada de unos diez centímetros, curvada, con una empuñadura plateada. Gracias a él, Oliver podía contar muchas de sus numerosas aventuras. Mientras bajaba por la ladera, lo sacó de su funda y se puso en posición defensiva. El leopardo de las nieves era muy sigiloso y sus ataques por sorpresa eran devastadores. Quería estar tan preparado como fuera posible para evitar ser devorado por el felino.

Caminando escuchó un tenue sonido, como si algo estuviera pisando hojas secas y se temió lo peor. A paso ligero, Oliver descendió hasta el valle que separaba ambas montañas y se preparó para el ascenso a Burkhan Khaldun. Confiaba haber escapado de la zona de peligro, pero permanecía en alerta.

El ambiente era pesado. Oliver no sabía si era fruto del calor y del cansancio o de la supuesta maldición de la montaña. Se decía que nadie podía subir por ella y que todos aquellos que lo intentaban, regresaban a sus casas sin alma. Él hacía tiempo que dejó de creer en maldiciones y supersticiones. En toda su vida había desmontado más mitos y leyendas sin resolver de los que podía recordar. Era increíble ver cómo el ser humano era capaz de inventar historias solo para infundir el miedo en los demás. Se sacudió la cabeza, se echó un poco de agua por la nuca y comenzó a subir por la ladera.

Burkhan Khaldun parecía una elevación del terreno que alguien había puesto ahí, no tenía nada que ver con el resto de la cordillera de las montañas Khentii. La vegetación prácticamente había desaparecido por completo y solo algunas malas hierbas se atrevían a crecer en aquellas tierras. Era como si la vida se alejara del lugar. Oliver sujetó con fuerza su cuchillo por si acaso, sabía que se estaba adentrando en terreno peligroso. Además, existía la leyenda de unos guardianes de la montaña, los darkhats, que impedían el paso a todo el que quisiera acceder a Burkhan Khaldun. Cincuenta guerreros puestos allí por el emperador con la única misión de custodiar la zona desde tiempos inmemoriales.

Llegó a una pared de piedra que le cortaba el paso. Era lo suficientemente grande como para desechar la idea de rodearla si quería seguir avanzando. Tenía varias grietas y rocas que sobresalían, así que Oliver se dispuso a escalarla. Pese a su casi un metro noventa de altura, la escalada se le daba bastante bien. A sus treinta y cinco años se mantenía en forma y sus brazos eran fuertes como un roble. Guardó su cuchillo en la funda del cinturón y se agarró a un pequeño saliente. Buscó con el pie un lugar donde poder colocarlo y apoyó todo su peso en él. Parecía firme. Poco a poco, buscando puntos seguros donde sujetarse, fue subiendo el enorme muro. Después de poco más de una hora sin detenerse, levantó la cabeza y vio cómo más arriba se terminaba. Parecía que estaba llegando a una zona donde podría parar un momento. Cuando consiguió llegar a esa altura, se dio cuenta de dos cosas: que aquello era una meseta donde se podía descansar antes de continuar la ascensión y que no debía haber guardado su cuchillo. Frente a él, agachado, mirándole fijamente a los ojos, se encontraba un hombre. Sus vestimentas estaban hechas con ropas de animales y llevaba un gran arco de madera en la espalda. Tenía el rostro con pinturas de guerra y los ojos rasgados, parecía mongol y su aspecto era muy intimidador. Oliver estaba en clara posición de desventaja, aún no había conseguido subir todo su cuerpo a la meseta, así que estaba a su merced. Esperaba no haberse encontrado con uno de los darkhats vigilantes de la montaña. Como respondiendo a sus miedos, aquel hombre cogió el arco de su espalda y, cargándolo con una flecha, le apuntó directamente a la cara. Se encontraba a poco menos de dos metros y el disparo era sencillo. Oliver estaba apoyado con el vientre en el borde del precipicio, manteniendo el equilibrio con las piernas para no irse barranco abajo. Por debajo de él había una caída libre de varias decenas de metros. Tenía que reaccionar rápido porque el darkhat no parecía tener intención de pensarse mucho el disparo, la cuerda de su arco estaba tensándose y eso no le dejaba margen para actuar. Decidió que prefería la caída antes que la flecha y se impulsó hacia abajo con las manos para desaparecer de la vista del arquero durante unos segundos. Como esperaba, el darkhat se acercó al borde asomándose con cuidado para ver si había caído o estaba aún sujetándose a la pared. Eso le dio un instante a Oliver para prepararse. Sujetándose con una mano, consiguió sacar su cuchillo de la funda y en cuanto su agresor se asomó, se propulsó hacia arriba y se lo lanzó con todas sus fuerzas. El darkhat, al verlo, también disparó una flecha directa a su cabeza. Por puro instinto, Oliver consiguió moverla hacia un lado justo a tiempo y la flecha solo le atravesó parte de la oreja. Cuando miró para comprobar qué había pasado con su cuchillo, tuvo que pegarse a la pared para evitar que el cuerpo sin vida del darkhat le arrastrara con él en su caída, montaña abajo.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, Oliver consiguió subir a la meseta y se tumbó boca arriba para recuperar el aliento. Gotas de sangre caían sobre el suelo provenientes de su oreja derecha, pero no le preocupaba. Pasados unos segundos se incorporó y miró a su alrededor. En el otro extremo de la pequeña meseta había una especie de cabaña hecha con palos y barro, que sería donde vivía el darkhat. Se dio cuenta de que había perdido su cuchillo, ya que había quedado ensartado en el cuerpo de su agresor. Se acercó al borde de la montaña para ver dónde estaba y si existía la posibilidad de recuperarlo. Desde allí arriba, observó detenidamente lo que la perspectiva le ofrecía y, para su sorpresa, vio que había encontrado lo que buscaba. En su caída, el darkhat había arrastrado algunas piedras provocando un pequeño desprendimiento. Mirando desde su posición, Oliver pudo ver cómo una de esas rocas había dejado un hueco en la pared lo suficientemente grande como para poder pasar por él. Nada le indicaba que ese fuera el camino que debía seguir, pero su instinto de aventurero le decía que tenía que ir por ahí. Si no se hubiera asomado, jamás lo habría visto. Tal y como estaba colocada la roca, desde abajo era prácticamente imposible ver el agujero. Así que una vez recuperado el aliento, comenzó el descenso hasta aquella pequeña abertura que le llevaría al interior de la montaña.

Cuando llegó a su altura, comprobó que la entrada era más grande de lo que parecía, por lo que no tuvo problemas para meterse por ella. Una vez dentro, esperó unos segundos a que sus ojos se adaptaran a la oscuridad. Sacó su pequeña linterna del bolsillo y la dirigió al túnel, comprobando que cada vez se volvía más y más estrecho. No se veía el final, así que comenzó a avanzar tan pegado al suelo como podía. Por suerte estaba bastante delgado porque aquel lugar daba mucha sensación de ahogo. Cuando pensaba que ya no podría continuar, el haz de luz alumbró una zona donde el final del túnel desaparecía. Había llegado a un lugar amplio, como si fuera una caverna. Con un último esfuerzo, se arrastró un poco más y se asomó a la cueva. Era mucho más grande de lo que imaginaba y, por suerte, donde él se encontraba no estaba muy alto. Con cuidado, se deslizó hasta el suelo dejándose caer por la pared. Cuando se levantó, iluminó la sala con la linterna y observó lo que tenía ante sus ojos. Aquel lugar parecía haber sido construido por el hombre, tenía algunos símbolos grabados en la piedra e incluso había diminutas figuras en las paredes. Pudo ver un pasadizo de entrada, pero estaba sepultado bajo toneladas de piedra, e imaginó que por eso nunca nadie la había encontrado hasta ahora. Algo que sobresalía por debajo de las rocas le llamó la atención. Un brazo asomaba y Oliver supuso que la persona dueña de aquel miembro murió aplastada cuando la entrada a la cueva se derrumbó. Se acercó y vio un reloj digital en la muñeca del brazo.

«Parece que alguien ha pasado por aquí no hace mucho tiempo», se dijo a sí mismo.

Miró en todas las direcciones, la sala era redonda y todo parecía estar orientado alrededor de algo situado en el centro. Como si fueran círculos concéntricos, diferentes objetos se encontraban en varios puntos. Oliver pudo observar con detenimiento lo que había en la zona exterior. Parecían restos humanos, pero no había lápidas ni fechas. Lo único que acompañaba a todo ese montón de huesos eran armas: lanzas, espadas oxidadas, trozos de madera y cuerda que alguna vez fueron un arco. Todo lo que había en el primer sector parecían restos de guerreros. Sin dejar de alumbrar a su alrededor, Oliver se acercó un poco más al siguiente círculo donde comprobó que había más huesos. Estos eran de diferente tamaño y estaban en mayor cantidad que los anteriores. En lugar de armas lo que había eran joyas y algunas piezas de lo que parecían ser prendas de ropa. Pudo ver el hueso de una cadera, y dedujo que era un cuerpo femenino. Al parecer esa parte estuvo formada por mujeres. Ahora sí que tenía claro dónde estaba y dio unos pasos más hasta llegar al centro de la sala, alrededor del cual parecía estar todo colocado. Tampoco había tumba ni féretro, pero Oliver supo al instante de quién se trataba. Siglos llevaban los historiadores buscándole y nunca nadie hasta ahora había dado con él. Era la primera persona en ver su cuerpo y no pudo evitar sentir un hormigueo por la espalda al tener delante a un personaje histórico como él. Llevaba su escudo y su lanza. El casco y la armadura permanecían casi como el día que se los puso. Tumbado en el suelo en medio de todos aquellos restos de cuerpos, con el porte de los grandes hombres, yacía el cuerpo sin vida de Genghis Khan. A principios del siglo trece, Genghis Khan se convirtió en un gran guerrero y conquistador mongol. Bajo su mando se fundó el imperio más extenso de la historia. Desde Europa Oriental hasta el océano Pacífico y desde Siberia hasta Mesopotamia, India e Indochina. Numerosos reinos cayeron tras su paso, provocando miles y miles de muertes. Más de treinta países de la actualidad con tres mil millones de habitantes viven en tierras conquistadas por él. La leyenda contaba que, cuando Genghis Khan estaba a punto de morir, un séquito formado por soldados, mujeres y niños partió a un lugar el cual solo ellos conocían. Allí, finalmente falleció, lo enterraron y se sacrificaron con él, para que nadie supiera dónde se encontraba su tumba. Acababa de encontrar ese lugar y los restos de toda aquella gente que murió junto a él. Pese a llevar muerto casi ochocientos años, su cuerpo infundía el respeto que transmitió en vida. Oliver se agachó y lo observó detenidamente con su linterna, cada detalle de su ropaje, de sus armas, de todo lo que le rodeaba. Y de golpe, vio algo que le llamó la atención.

A un lado del cuerpo había un pequeño pergamino con una inscripción. Le sorprendió el buen estado en el que se encontraba y lo desenrolló con cuidado. Pudo entender sin problema el idioma de lo que había escrito, ya que estaba en perfecto mongol, aunque era incapaz de encontrarle un significado. Al principio del texto estaba la letra E y luego continuaba una frase:

«Y si la muerte deja de existir la vida desaparecerá».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 2

 

 

Plaza de San Pedro, El Vaticano

 

 

 

 

Se acercaban las doce del mediodía. Todo estaba preparado para la misa de cada domingo del Papa Francisco en la Plaza de San Pedro. La gente seguía llegando sin cesar y abarrotaba las zonas habilitadas para el público. Las doscientas ochenta y cuatro columnas eran testigos de una imagen que se repetía cada semana. Miles y miles de fieles se acercaban para escuchar la misa. Desde que se nombró al Papa Francisco, el número de personas había aumentado en gran medida y cada domingo eran más y más los que no dudaban en acudir allí. Por razones de seguridad, se había formado un perímetro alrededor del obelisco del centro de la plaza donde no podía situarse nadie, y un pasillo que la atravesaba de una punta a la otra. Así, la gente quedaba repartida en dos zonas, una a cada lado del monolito. Decenas de miembros del Servicio Vaticano de la Policía Italiana se encargaban de mantener el orden y procurar que no hubiera ningún incidente. Por suerte, los que acudían allí no solían provocar altercados y todo transcurría con calma.

Pierre era un hombre nacido en un pequeño pueblo al norte de Niza que se había mudado a París cuando tenía solo cinco años. Su familia no tenía mucho dinero y vivieron en uno de los barrios más conflictivos. Allí se introdujo en ambientes peligrosos que le llevaron a pasar tiempo en un correccional de menores. Le pillaron robando una licorería a punta de pistola con quince años y lo internaron hasta que fue mayor de edad. Una vez en la calle, siguió delinquiendo y haciéndose un nombre entre ladrones y asesinos. Todo el mundo acabó sabiendo que si se metían con Pierre iban a terminar teniendo problemas. Cuando cumplió los veinticinco estuvo dos años en la cárcel por atraco a mano armada. Allí conoció a su actual esposa, Gabriel, una trabajadora de un centro social que intentaba ayudar en la reinserción de presos. Ella fue quien le hizo darse cuenta de que lo que hacía no estaba bien. Consiguió sacarle de ese mundo y cambiar su vida por completo. Años después, se casaron y tuvieron a la pequeña Sam, que se convirtió en la alegría de sus vidas y el motivo por el que Pierre sonreía cada mañana. Juntos consiguieron escapar de su pasado y vivir una vida de paz y tranquilidad.

Ese año, Pierre quería darle una sorpresa a su mujer y preparó un viaje a Italia con visita incluida a una de las misas del Papa. Sabía que era el sueño de su vida y desde que llegaron allí, una sonrisa iluminaba toda su cara.

Gabriel y su hija se adentraron un poco más en la plaza, mientras que Pierre decidió quedarse algo más alejado. Él se confesaba ateo, pero pese a la diferencia religiosa de ambos, nunca habían tenido ningún problema y el respeto entre sus creencias era total.

Desde lejos, vio cómo su mujer y la pequeña se adentraban entre el gentío para colocarse cerca del obelisco e intentar tener mejores vistas del evento. La melena rubia de su esposa destacaba entre toda la gente y así Pierre podía saber en cada momento dónde estaba su familia sin problemas.

El silencio reinaba en toda la plaza. Todo el mundo miraba hacia arriba, esperando ver salir la figura del Papa Francisco de la Basílica de San Pedro. Un calor asfixiante hacía que se taparan con lo que tenían a mano: periódicos, gorras y hasta algunas sombrillas. Todo valía para evitar que los rayos del sol calentaran demasiado sus cabezas. Comenzaron a sonar las campanas, indicando que ya era la hora señalada. Con la última campanada, todo estaba listo. Allí estaba él, saliendo al balcón de la basílica. Como siempre, iba saludando desde su posición a todos con una sonrisa de oreja a oreja. Su rostro transmitía buena voluntad y eso le hacía ser valorado incluso por los no católicos. Su pensamiento había revolucionado la Iglesia y eso le había acercado aún más a la población. Era un hombre querido y admirado por todos, y por eso cada vez más personas se congregaban los domingos para escuchar su misa. Incluso a Pierre le pareció que aquel Papa sí representaba a la Iglesia. Tenía más respeto por los demás que la mayoría de sus seguidores.

Sonaron aplausos cuando llegó a su asiento en el balcón, y el Papa esperó a que cesaran. Movió levemente las palmas de las manos hacia abajo, como tratando de pedir calma para poder empezar a hablar, pero fue en vano. Durante varios minutos, una ovación resonó sin cesar.

Y, de golpe, todos esos aplausos fueron interrumpidos por dos explosiones en medio de la plaza. Desde lo alto de la Basílica, el pontífice fue testigo de excepción de cómo las personas salían, literalmente, volando por los aires. Dos bombas habían explotado a ambos lados del obelisco, provocando decenas de muertos al instante. La zona se convirtió en un auténtico caos. La gente yacía en el suelo gritando, con el cuerpo lleno de quemaduras. Otros con menos suerte habían muerto en el acto y algunos de sus miembros habían salido volando por la violencia de la detonación. Un mar de sangre bañó los adoquines de la Plaza de San Pedro, dándole al lugar un aspecto espeluznante. El Servicio Vaticano de la Policía Italiana actuó al instante, protegiendo al Papa y metiéndolo de nuevo en el interior de la Basílica. Los carabinieri estaban desbordados. Las personas que no habían sufrido heridas de consideración, salían corriendo en cualquier dirección, arrollando a todo el que se encontrara en su camino, provocando verdaderos aludes. Varias murieron sepultadas por esas avalanchas. Pasaron unos minutos que parecieron horas hasta que comenzaron a escucharse las sirenas de las ambulancias y los bomberos. Cuando llegaron a la plaza vieron que aquello parecía una zona de guerra. Se escuchaban gritos de desesperación pidiendo ayuda por todas partes, y se podían ver a hombres y mujeres llorando mientras abrazaban a sus seres queridos que acababan de morir delante de ellos. En la plaza, ahora teñida de rojo, se agolpaban una innumerable cantidad de cadáveres. Trataron de diagnosticar de manera rápida a los supervivientes y los fueron trasladando al hospital más cercano. Los más graves se los llevaron los primeros, mientras que el resto recibía asistencia allí mismo.

Pierre había sido sepultado por el alud de personas que salieron huyendo del lugar cuando sonaron las dos explosiones. Cayó al suelo y fue pisoteado y golpeado por gente que lo único que quería era salvarse como fuera. Después de un par de minutos en los que pensaba que moriría allí enterrado, consiguió incorporarse y mirar a su alrededor. De inmediato, dirigió su vista hacia donde estaban Gabriel y su hija antes de la explosión y lo que vio le dejó paralizado. Ellas se encontraban colocadas en la parte izquierda del obelisco, cerca de la valla de seguridad. Ahora esa zona era un mar de sangre y miembros destrozados. No había un solo cuerpo que estuviera entero. Comenzó a abrirse paso entre toda la gente para llegar allí y buscarlas. Cuando por fin lo consiguió, revisó todos los cadáveres con la esperanza de no ver ninguno conocido. Iba corriendo de uno a otro sin importarle toda la sangre que había a su alrededor. Pisó algo que parecía un resto humano y a punto estuvo de vomitar al ver lo que era, pero consiguió aguantar la arcada y siguió con su búsqueda.

Cuando estaba a punto de desesperarse por no encontrar a su familia, vio en el suelo el peluche que siempre llevaba su hija, era su favorito desde que estaba en la cuna. Apenas pudo reconocerlo porque estaba bañado en sangre, pero sabía que era él. No debían estar muy lejos. Y, en efecto, miró a su alrededor y vio los cuerpos sin vida de su Gabriel y Sam a pocos metros de donde se encontraba.

Corrió hacia ellos y cogió la mano de su mujer. Sabía que no había nada que hacer, pero se acercó a su hija y la colocó en medio de los dos. Llorando, las abrazó con fuerza, tratando de retenerlas, pero ya se habían ido. Cuando los servicios de emergencia lo encontraron, estaba inmóvil, con las dos personas que más quería entre sus brazos, junto a un charco de sangre. Lo sacaron de allí pese a sus intentos por quedarse y lo llevaron a una de las ambulancias. Al margen del shock y algunos moratones provocados por la avalancha de gente, comprobaron que no tenía nada grave y lo dejaron sentado en la entrada de la ambulancia hasta que le hiciera efecto el calmante que le habían suministrado.

Pocos minutos después, la prensa acudió al lugar. Varias furgonetas de diferentes medios de comunicación llegaron casi a la vez a la plaza. Los carabinieri la habían acordonado, pero no pudieron evitar que se grabaran imágenes del desastre. Corresponsales de casi todos los canales de televisión conectaban en directo para retransmitir lo que acababa de suceder. Enseguida, la noticia de que había habido un atentado en la Plaza de San Pedro durante una misa del Papa Francisco dio la vuelta al mundo. Hacía dieciséis años del 11-S, pero nadie había olvidado aquellas imágenes y el temor a vivir algo similar se extendió por todo el país.

En el año 2001 fue escalofriante ver cómo algunas personas se lanzaban al vacío desde lo alto de las Torres Gemelas tratando de escapar del fuego. Pero ver en directo cómo una persona era, literalmente, descuartizada por una bomba que explotaba justo delante de ella, fue demasiado. Todo tipo de material sobre el atentado circulaba por internet sin importar la crudeza de lo que mostraban.

Las redes sociales empezaron a hacerse eco de lo sucedido. Comenzaron a circular vídeos de las explosiones en directo. Gente que estaba grabando con sus móviles y que en ese instante enfocaba al público, fueron testigos de excepción del momento. Las primeras imágenes escaparon a la censura y todo el mundo pudo ver la tragedia en la que se convirtió aquella misa.

El gobierno tardó en reaccionar. El primer ministro italiano se reunió con carácter de urgencía con el secretario de estado del Vaticano para trazar un plan a seguir. Este último decidió cederle la investigación al ministro, ya que contaba con más medios para hacer frente a este desastre. Mientras investigaban quién había sido el responsable del atentado, los rumores invadían Europa. Nadie se había atribuido todavía los hechos, pero la mayoría de la población daba por hecho que había sido un nuevo ataque yihadista. Después de lo sucedido en Londres y París, la gente tenía claro el origen de los culpables. Algunos veían en el crecimiento de la extrema derecha en Europa otra posibilidad. Según ellos, la permisividad del Papa Francisco y su intento de normalización de la Iglesia con las personas homosexuales estaba haciendo que Europa entrara en decadencia y debían evitarlo como fuera. Pero fuera quien fuese, hasta el momento no había ningún indicio que les ayudara a averiguar algo sobre el responsable de aquel desastre.

Un par de horas después, cuando las únicas pruebas de lo sucedido eran los restos de sangre húmeda que permanecía entre los adoquines del suelo de la plaza de San Pedro, alguien envió un paquete a diversos canales de televisión. En él había una nota y un vídeo. La nota decía lo siguiente:

 

«Hoy comienza una Guerra Santa. No puede haber más que un Dios y ese es Alá. El mundo occidental no ha hecho más que reírse de nosotros. Ahora nos vamos a encargar de borrarles esa sonrisa de la cara. El mundo va a conocer la ira de Alá».

 

En el vídeo se veía a Abu Bakr al-Baghdadi, el líder del ISIS, proclamándose como autor y responsable directo del atentado en el Vaticano, avisando al mundo de que ese solo era el primero de muchos otros.

Cuando los medios intentaron evitar que el vídeo se difundiera, ya era tarde. El mundo entero estaba bajo amenaza terrorista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 3

 

 

 

 

 

 

 

Encerrada en su laboratorio, Emily Clark se removía en su silla mientras miraba a través de su microscopio óptico. Su pequeña melena castaña caía por encima de la bata, a la altura de los hombros. Le gustaba arreglarse y siempre llevaba el pelo bien cuidado, con la raya en medio y sin flequillo. Ahora no recordaba cuándo fue la última vez que se peinó. Cuando comenzó la jornada lo llevaba recogido, pero después de tantas horas seguidas le había empezado a molestar, así que decidió dejarlo suelto. Emily pasó por la facultad evitando pretendientes mientras se dejaba llevar por su pasión, la arqueología. Sus ojos marrones claro y su sonrisa hicieron que no pasara inadvertida para el resto de compañeros de clase. Pero ella solo tenía ojos para los estudios. Desde pequeña, siempre quiso saber qué pasó en otras épocas y cuando tuvo que elegir decidió que se dedicaría a eso. Ahora, a sus recién cumplidos treinta años, era una prestigiosa arqueóloga que había hecho varios descubrimientos importantes hasta la fecha.

Ese día llevaba demasiadas horas sin parar a descansar un instante y su cuerpo comenzaba a quejarse, pero tenía que continuar; por fin su investigación estaba dando frutos. A su alrededor se acumulaban lo que parecían ser restos de huesos humanos. Encima de una mesa se podía distinguir una parte de un cráneo, media pelvis y un sinfín de diminutos huesos. Emily los iba cogiendo y analizando uno a uno tratando de resolver el gran enigma. Las primeras pruebas apuntaban a que iba en la dirección correcta, pero no quería lanzar las campanas al vuelo todavía.

Cogió uno de los huesos más pequeños y lo colocó en un tubo de ensayo que tenía un líquido blanquecino. Usó las piernas para impulsarse con la silla y llegar al otro lado de la habitación, donde había una máquina que le confirmaría sus sospechas. Introdujo el tubo en el hueco para analizar muestras y esperó unos minutos.

Empezó a imaginar lo que pasaría si tenía razón. Medios de todo el mundo querrían entrevistarla, hasta saldría en la portada de alguna revista. Sería una referencia y su nombre quedaría grabado como una de las grandes arqueólogas del siglo veintiuno. De golpe, Thomas entró en la habitación haciéndole salir de su fantasía.

—Emily, ¿te has enterado?

—¿De qué hablas?

—¿Te acuerdas de Oliver Patt?

—¿El arqueólogo que se cree Indiana Jones? —Al oír su nombre, Emily no pudo evitar fastidio. Ese tipo daba una imagen falsa de la profesión. Todo el mundo le adoraba, pero para ella era un fantoche.

—Exacto.

—¿Qué pasa con él?

—Ha descubierto la tumba de Genghis Khan.

Aquello le sentó a Emily como si le echaran un cubo de agua helada encima.

—No puede ser… —sus palabras se fueron apagando mientras salían de su boca.

—Sí. Hace unas pocas horas. Él mismo se ha encargado de darlo a conocer a todo el mundo. Seguramente tú también tendrás un E-mail suyo.

Sintiendo cómo se iba encendiendo por dentro, Emily se acercó al ordenador y abrió su cuenta de correo electrónico. Allí, en correos pendientes, estaba su mensaje. En él no había texto, solo una foto adjuntada. El muy imbécil se había hecho un selfie rodeado de restos de huesos humanos mientras llevaba puesto lo que parecía el casco del emperador Genghis Khan. A Emily le dieron ganas de estamparle un puñetazo en la cara y borrarle esa sonrisa. Odiaba a ese tipo, se tomaba la arqueología como si fuera una carrera en la que él siempre quedaba primero. Su falta de rigor la exasperaba hasta el infinito. Se vieron en persona una vez, pero no necesitó mucho más para saber qué tipo de persona era. Engreído, vanidoso y presumido. Un narcisista que se vanagloriaba de sus éxitos como un cazador que posa con el animal que acaba de abatir de un disparo. No valoraba la historia, solo la usaba para su beneficio personal. Y ahora acababa de hacer un hallazgo histórico.

—Hijo de puta —musitó Emily.

—Algunos le han preguntado cómo la encontró y por lo visto estuvo durante varias semanas caminando por las montañas Khentii hasta llegar a Burkhan Khaldun.

—¡¿Encontró la montaña sagrada?! —Emily no podía reprimir su odio.

—Eso parece. Según ha comentado tuvo que luchar con un darkhat que a punto estuvo de acabar con él.

En su interior, una parte de ella deseó que aquel darkhat hubiera tenido éxito.

—Y que después del ataque, encontró un pequeño túnel que le llevó a la cámara donde estaba Genghis Khan, rodeado de su guardia personal y sus mujeres. En total más de cuarenta cadáveres, contando al emperador.