Desde que el Hombre y la Mujer perdieron el Paraíso por actuar juntos y en complicidad, la unión de los géneros se quebró, se escindió en dos mundos aislados por la competencia, el sometimiento y la incomprensión. Los cuentos de hadas enseñaban a las mujeres a esperar pacientemente al Príncipe Azul, y un niño de pelo amarillo predicaba a los hombres que debían poseer a la rosa más bella del jardín.

Un hombre joven se hunde en la desolación, hasta que aparece El Príncipe Pito para darle la vuelta a su corazón, desnudando a la pareja, la religión, el sexo, la guerra, el amor y la existencia del alma.

Una fábula que, a su vez, cuestiona los dictados filosóficos que plantea El Principito de Saint-Exupéry.

Pablo Perel vino al mundo en Buenos Aires, Argentina, rodeado de circunstancias místicas. Muy temprano, se vio inmerso en la pintura, las letras, la música y la física. Descubrió que de la suma de esas disciplinas resulta el cine, y desde entonces se consagró a todas ellas por igual. Los Beatles, la contracultura, el teatro, la ópera y la TV, impregnan sus creaciones y su trayectoria internacional.

El Príncipe Pito

El Príncipe Pito

Escrito e ilustrado por

PABLO PEREL

BARCELONA 2012

Primera edición: noviembre de 2012

Publicado por:
EDITORIAL ALREVÉS, S.L.
Passeig de Manuel Girona, 52 5è 5a
08034 Barcelona
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www.alreveseditorial.com

© Pablo Perel, 2012
© de la presente edición, 2012, Editorial Alrevés, S.L.
© de las ilustraciones, Pablo Perel, 2012


ISBN: 978-84-15098-83-6
Código IBIC: VS
Depósito legal: B. 27583-2012

Diseño de portada: © Book & Look / EM
Fotografía de la solapa: Gadiel Stryck

Conversión ebook: booqlab

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Me he equivocado al envejecer.

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

Agradecimientos

A mi Mamá, Gilda, que me amamantó el dibujo, la pintura y las letras.

A la memoria de mi Papá, Herman, z”l, que me legó en vida el Amor por los libros.

Mi gratitud a Mirtha Perel Waisberg y a Estela Marchese por haber sido lectoras comprensivas y generosas del texto original, a Lola Gispert del Castillo por su fe incondicional, a Josep Forment por su cálida lucidez, a Gregori Dolz, Roger Clanchet y a Editorial Alrevés por ser el navío en esta travesía.

Prepucio

Antes de iniciar el relato de aquello que recuerdo, apelo aquí a lo que escuché de boca de mis mayores en mis años infantiles. Parece ser que mi nacimiento fue proclamado y celebrado con bulliciosos augurios pregonados por las matronas de la familia; no solo asomé al mundo como el esperado varón sino que además nací circunciso. De acuerdo a la tradición bíblica, nacer circunciso predice que el portador de tal singularidad anatómica congénita será algún día el Rey.

Mis abuelas, mi tía madrina y mis otras tías me pasaban de brazo en brazo frente a la mirada envanecida de mi mamá, que contemplaba lo que para ella era el suceso más natural del mundo: de tan noble y graciosa estirpe no se podía haber parido menos que un auténtico príncipe.

1

Al poco tiempo de haber cumplido ya doce años de edad, una descolorida tarde de invierno, mientras contemplaba con escalofríos mi piel desnuda antes de entrar a la glacial bañera de loza blanca llena hasta la mitad de agua, apenas caliente y vaporosa, descubrí tres pelos bastante largos y sinuosos que asomaban en mi zona púbica. En algún aparato de radio de la casa sonaba la canción «Penny Lane» de los Beatles. En ese instante recordé una foto que había visto esa mañana en la escuela, durante la clase de Naturaleza, en la que una araña peluda se comía a una pobre oruga. La foto era más o menos así:

Debajo de la foto había un epígrafe que explicaba: «La tarántula es una araña depredadora que atrapa a sus presas y las digiere con sus jugos antes de comerlas. La hembra suele comer al macho después de la copulación».

El agua del baño se enfriaba irremediablemente y yo me quedé pensando en la boca peluda de la araña deglutiendo a esa oruga. Estaba ansioso por reproducir la experiencia en las cuevas de arañas que tendían sus telas en los miles de intersticios que bordeaban los ladrillos blanqueados a la cal de la pared del fondo del jardín posterior de mi casa natal. Se veían telarañas de todos los tamaños, profundidades, urdiembres, y hasta colores, formando una especie de malla impenetrable y amenazadora que cubría la nutrida trama de surcos cavados en los muros. Secundado por mi hermano pequeño, arrojaba a las telas hormigas, polillas y otros insectos sacrificados en aras de la Ciencia, aunque algunas veces invertíamos el sentido de la inmolación y depositábamos en la cueva de los arácnidos la ofrenda de un petardo, un triángulo o algún otro explosivo de ese alcance. Este era solo uno de los inagotables dramas y tragedias que ocurrían en ese jardín, donde se jugaban con precisión todos y cada uno de los duelos del Universo en pequeña escala. Una oruga sería el próximo desafío.

Metí los pies en la bañera y me mojé un poco el pelo sin poder dejar de lado esa imagen aterradoramente atractiva. Me envolví en la toalla y salí del baño apresurado por dibujar esa escena retenida en mi cerebro.

El dibujo que resultó es este:

Cuando mi hermana mayor regresó de su clase de piano, le mostré el dibujo. Me pegó un sopapo y me gritó:

—¡Asqueroso! ¡Venís medio desnudo a mostrarme esa inmundicia! ¡Se lo voy a contar a mamá!

Yo no había dibujado ninguna cosa inmunda y, además, estaba envuelto en la toalla. Me ardía la cara del cachetazo y sentía un calor interior que no sabía si era vergüenza o qué. En eso, entró mi mamá gritando:

—¡A ver ese dibujo! ¿Qué le mostraste a tu hermana?

Convencido de mi inocencia, le extendí la hoja y mi mamá abrió los ojos como si se le hubiera aparecido el mismo demonio en persona.

—¡Te vestís ya mismo, y cuando llegue tu padre vamos a hablar muy seriamente!

Mi mamá salió del cuarto como una tromba, llevándose mi dibujo y a mi hermana detrás, que giraba la cabeza hacia mí como señal de triunfo.

Yo no entendía por qué un dibujo de la boca de una araña a punto de comerse a una oruga podía despertar tanta ira y tanta violencia.