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Publicado por:

Nova Casa Editorial

www.novacasaeditorial.com
info@novacasaeditorial.com

© 2015, Valeria Armas Núnnez
© 2017, de esta edición: Nova Casa Editorial

Editor
Joan Adell i Lavé

Coordinación
Tiago Casquinha

Portada
Vasco Lopes

Maquetación
Daniela Alcalá

Revisión
Jesús Espínola

ISBN: 978-84-16942-88-6

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)

Índice

Portadilla

Sinopsis

Semanas antes

Capítulo 1
Bruja franca

Capítulo 2
Salsa de ajo

Capítulo 3
Esto es un desastre

Capítulo 4
No puede ser cierto

Capítulo 5
¿Qué pasa, tienes miedo?

Capítulo 6
¿Qué pasa, tienes miedo? II

Capítulo 7
Annie, estás...

Capítulo 8
¿Lista?

Capítulo 9
¿Tienes diecinueve?

Capítulo 10
Los famosos celos

Capítulo 11
Autocontrol I

Capítulo 12
Autocontrol II

Capítulo 13
No seas cobarde

Capítulo 14
El causante de que pierdas tu autocontrol

Extra

Capítulo 15
Chica difícil

Capítulo 16
¿Qué?

Capítulo 17
No eres capaz

Capítulo 18
Caracolito

Capítulo 19
¿Fallaste?

Capítulo 20
Debo alejarme de ti I

Capítulo 21
Debo alejarme de ti II

Capítulo 22
Carly

Capítulo 23
Te amo

Capítulo 24
Positivo

Capítulo 25
Compañeros de trabajo

Capítulo 26
Orgullo

Capítulo 27
Inconsciente

Capítulo 28
Me amas

Capítulo 29
Verdades I

Capítulo 30
Verdades II

Capítulo 31
No es tu, es nuestro

Capítulo 32
Puente de los suspiros

Capítulo 33
En problemas

Capítulo 34
Hogar, dulce hogar

Extra

Capítulo 35
No volverá

Capítulo 36
Respira profundo, Landon

Capítulo 37
Annie cabezota

Capítulo 38
Mi chico está aquí

Capítulo 39
Conejo bebé I

Capítulo 40
Conejo bebé II

Capítulo 41
Estoy enamorada de Landon

Extra
Un chico jamás nos separará

Capítulo 42
¡Es fin de ciclo!

Capítulo 43
Denle la bienvenida

Capítulo 44
Confío en ti

Capítulo 45
Sebastián

Capítulo 46
No me gusta la nutella

Capítulo 47
Completamente feliz

Capítulo final
No ha sido malo

Epílogo

Capítulos extras

Extra 1
¿Qué podría salir mal?

Extra 2
Nada Romántico

Extra 3
Cosa número uno que odio de la universidad

Extra 4
Labial rojo

Extra 5
Tiempo después...

Valeria Armas Núñez

Sinopsis

La Bruja Franca, Annie Vega, lo tiene todo. Un futuro prometedor, padres que la aman inmensamente, un par de locas, pero estupendas amigas y las mejores calificaciones de su clase. Estudia Derecho y Ciencias Políticas en una de las mejores universidades de la ciudad. No maldice, no fuma y es buena controlando sus emociones (pero no su boca).

Solo le falta algo, el amor.

Y, por otro lado, está Landon. Annie lo detesta porque representa todo lo que no quiere de un chico: mujeriego, despreocupado y sobre todo con una enorme arrogancia. Sin embargo, la llegada de una fiesta universitaria provocará que sus planes cambien radicalmente.

Todos tenemos un talón de Aquiles, y el de Annie se llama: Landon Cooper.

¿Podrá afrontar las consecuencias de aquella noche desenfrenada?

Semanas antes

Abrí los ojos abruptamente para luego volverlos a cerrar cuando una luz cegadora los invadió obstruyéndome la vista. En la oscuridad traté de recordar los sucesos de la noche anterior, pero solo obtuve pequeños fragmentos de lo que había sido una fiesta llena de alcohol y música a todo volumen.

Intuí que me encontraba en mi habitación, pero al tocar con las palmas de mi mano los costados, no reconocía la textura de la sábana, puesto que yo solía dormir con una manta polar por lo friolenta que era. La cama tampoco me resultaba familiar, era demasiado acolchonada para mi gusto. Quizás me había quedado dormida en casa de Diana, una amiga de la universidad, como lo solía hacer algunas veces. Además, ella se había mudado recientemente.

Tuve la necesidad de abrir los ojos, pero la luz solar proveniente de alguna ventana no me lo permitía. Fue entonces que moví las piernas ligeramente para poder sentarme, de repente... sentí un pequeño dolor en mi bajo vientre. Algo estaba mal, mi cuerpo no era el mismo.

Volví a tomar impulso y el pequeño dolor se hizo más agudo pero soportable. Aún con los ojos cerrados, apoyé la columna en el espaldar de la cama y empecé a pestañear de manera paulatina.

Nada de esta habitación era reconocible para mí, ni los muebles, ni las ventanas, ni los retratos en las paredes. Definitivamente, no me encontraba en casa de ninguna de mis amigas. Observé el atuendo que traía puesto y la visión que tuve me alarmó un poco más; tampoco recordaba la camisa celeste que usaba. Retiré las piernas de la cama y las coloqué en el suelo tratando de incorporarme, pero un fuerte dolor en la cabeza me hizo tambalear un poco.

Caminé unos pasos tratando de dirigirme hacia la puerta de la habitación. La cabeza me seguía dando vueltas, y tenía una inmensa sed que juraba acabar con una jarra de agua en un par de minutos. Observé la habitación aún con la vista nublosa; en un escritorio divisé una portátil, algunas hojas dispersas y un tarro lleno de lapiceros. Me acerqué lentamente, tratando de husmear entre las cosas para así reconocer la identidad de la dueña de la habitación, porque obviamente no era un hombre.

No tenía nada en contra de las compañeras que duermen con chicos, pero… no era una de ellas.

En el estante noté libros de la universidad, incluso uno era de mi clase de Investigación Penal. Me tranquilicé, puesto que eso significaba que me encontraba en casa de alguna compañera (como siempre lo creí). Me dirigí hacia la puerta, sintiéndome tonta por las ideas retorcidas que gobernaban mi mente. De repente, sin querer moví un objeto, este hizo un sonido estruendoso al romperse. Me incliné avergonzada esperando que la familia no hubiera notado mi torpeza. Luego, recogí uno a uno los pedazos de lo que era un trofeo de cristal.

Uno de los pedazos llamó mi atención, tenía grabado el logo de la Academia Nacional de Música y en la parte inferior, el nombre de uno de mis compañeros de clase, Landon Cooper. Fruncí el ceño, confundida ante la idea de que una de mis amigas atesorara algo de aquel espécimen raro y poco agradable.

Siempre creí que Diana guardaba cierta atracción hacia él. Recordé que ella hace poco se había mudado de casa. Ahora todo encajaba bien, me encontraba en su habitación y el lunes le pediría una explicación por sus extraños gustos.

Unos pasos detrás, cortaron mis pensamientos en seco. No quise girar porque aún recogía los pedazos rotos.

—Acabo de descubrir que tienes gustos raros —comenté aún de espaldas.

Hubo silencio, intuí que se encontraba avergonzada.

—No te preocupes —volví a decir—. Será nuestro secreto. No lo divulgaré por toda la universidad.

Seguí sin escuchar su respuesta, así que traté de no sonar tan severa.

—No creo que Michi lo tome mal. Somos tus amigas y aceptamos que sientas atracción por ciertas personas indeseables, como Lan...

—¿De qué hablas? —preguntó.

Pero la voz no era de Diana, y definitivamente de ninguna de mis amigas, puesto que era varonil. Me giré atemorizada, para que luego, mi rostro se desencajara completamente.

—¡¿Qué rayos haces aquí?! —grité, tratando de cubrir mi cuerpo.

Landon me miraba como si fuera una tipa que recientemente había salido del manicomio.

—¿Cómo que qué hago aquí? —cuestionó confundido—. Esta es mi habitación.

Mis ojos se abrieron de par en par.

—¿Me desmayé y decidiste llevarme a tu casa? —deduje al borde de la desesperación.

Landon me escudriñó de pies a cabeza, como examinando mi reacción.

—¿No recuerdas nada, verdad?

De repente una oleada de imágenes vino a mi mente disparándose en miles de direcciones, pero sin ilación alguna. La fiesta, Emilio, vodka, más vodka, Landon, su casa y, finalmente, su cama. Lo arruiné todo.

Capítulo 1

Bruja franca

Cabello marrón, enormes ojos color avellana, tatuajes en el brazo derecho y un estilo cantante de reguetón. Así era la descripción física de Landon, el chico al que en un momento de torpeza le entregué mi virginidad.

Había pasado semanas de haber despertado en su habitación. Naturalmente, fingí demencia cuando me soltó descaradamente que había sido «suya». Luego, le lancé una serie de objetos que encontré por mi camino, para después tomar mi ropa y huir como alma atormentada. Debí haberme visto bastante ridícula.

Las vacaciones habían terminado y me encontraba en mi salón escuchando su estúpida exposición sobre «Pena máxima». Generalmente, solía hacer comentarios burlones con mis amigas cada vez que soltaba una palabra. Pero... hoy día temía hacerlo enojar. Y tenía motivos suficientes para estar asustada.

—Creo que no tiene idea de lo que está hablando —susurró Mirian desde su asiento.

Sonreí levemente.

—Es obvio que luciendo él como un criminal, hable de ellos como si fueran personas que merecieran una segunda oportunidad —agregó Diana mientras envolvía uno de sus mechones rubios en su dedo.

Asentí sin decir una palabra.

—¿Annie? —preguntó mi rubia amiga—. ¿Hoy día no tienes algún calificativo denigrante para Landon?

Me acomodé en el asiento un poco nerviosa. Antes de hablar, tragué saliva.

—No.

—¿Y eso? ¿Qué pasa hoy con nuestra Bruja Franca?

Bruja Franca, ese era mi apodo en el salón. Algunas veces solía ser lo bastante cruel y fría cuando me pedían una opinión, estaba en mi sangre tener sinceridad para expresarme.

—Hoy no quiero burlarme del intelecto de un… intento de criminal desadaptado.

Reaccioné tarde, ya había lanzado mis usuales comentarios. Mis amigas se rieron simultáneamente y me encogí en el asiento temiendo que alguien captase el bullicio.

—Me parece que el grupo de atrás quiere hacer una acotación sobre el tema expuesto —habló el profesor Adrianzen, levantando el mentón en nuestra dirección con gesto severo.

Todas se silenciaron.

—Quizás…, la señorita Vega, tenga alguna pregunta.

Típico. Tus amigas hacen bulla y tú, quien se mantuvo silenciosa toda la clase, paga los platos rotos.

—En realidad yo...

—Tengo una pregunta para Vega, maestro Adrianzen —interrumpió Landon.

Volví a tragar en seco, un poco temerosa de que revele nuestro secreto. El profesor le hizo una señal con la mano para que prosiguiera.

—¿Alguna vez has hecho algo ilegal, Vega?

¿Qué clase de pregunta es esa?

—Por supuesto que no —dije fuerte y claro.

—Entonces... ¿alguna vez has roto las reglas? —fruncí el ceño.

—Romper las reglas es hacer algo ilegal, y ya te respondí que no.

Tonto.

—Me refiero a tus propias reglas. Quizás para ti está prohibido hacer ciertas cosas que para otros no.

Sabía el punto de su pregunta.

—Es una pregunta muy personal. No tiene nada que ver con el tema que estás exponiendo —respondí.

—Claro que sí. Hay personas que establecen reglas en su vida para generar modelos de perfección, y producto de eso juzgan a los demás, les niegan la oportunidad de reivindicarse. Los perfectos no se equivocan, ¿cierto, Vega?

Me quedé muda. Landon, a diferencia del ciclo anterior, se mostraba más seguro en sus palabras y tenía una mirada posesiva sobre mí. Como si tuviera derecho de hablarme de esa forma. Idiota.

Le entregué mi virginidad, pero…

¡¿Qué rayos me había pasado?!

—Para mí no existe la perfección humana.

—¡Vaya, me sorprende que venga ese comentario de ti! —habló Megan Reyna, una loca que sin razón alguna me tenía entre ceja y ceja.

El profesor, mis amigas y todo el salón escuchaban atentos la discusión.

—Tengo entendido que el debate es entre Cooper y yo.

—Es cierto. Reyna, tienes que pedir la palabra —intervino el profesor.

Megan levantó la mano y se colocó de pie. Traía una minifalda con la que se le veían las bragas. Nunca entendí por qué algunas chicas pensaban que la universidad era una especie de pasarela de ropa diminuta y encaje provocativo.

—Apoyo a Landon en su propuesta de que el gobierno cree una asociación de segunda oportunidad para criminales juveniles. Nunca sabemos la verdadera historia de ellos.

—No estoy de acuerdo —repuse—. Merecen un castigo justo y firme. Pena máxima para todo aquel que se lo merezca.

—Todos nos equivocamos alguna vez, Annie —chilló Megan.

—Pagar las consecuencias de nuestros actos ayudará a que no volvamos a errar.

Debería considerarse un delito ser tan odiosa, entonces Megan tendría cadena perpetua.

—¿Y si la pena es muy alta para nosotros? ¿Nadie merece para ti una segunda oportunidad? —intervino Landon.

—No existe justicia perfecta. Así es la vida —finalicé.

El profesor aplaudió emocionado por nuestra pequeña riña. Nos indicó que para la próxima clase continuaríamos con el tema y dio por finalizada la sesión.

~~~

Al término de la mañana, Diana, Mirian y yo, nos dirigíamos a nuestras casas mientras hablábamos del último fin de semana del ciclo anterior. Tema del que yo no quería hablar, puesto que aún no recordaba bien cómo pasó todo.

—Casi no nos llamaste en vacaciones, Annie —dijo Michi mientras cubría con una mano su cabeza, tratando de escapar de los intensos rayos solares que esta mañana nos aquejaban.

—Lo siento. Mis padres y la abuela me tuvieron ocupada —hice comillas con los dedos—. Muchos «paseos familiares».

Lo cierto es que, pasé todos mis días tratando de recordar en qué estúpido momento terminé en la habitación de Landon. Pero eso era algo que mis amigas no sabían.

—¿Qué gracia tiene pasar las vacaciones viajando a casa de tu abuela? Yo no lo soportaría, deberías exigir más libertades —comentó Diana.

—A mí me agrada —respondí sincera—. A diferencia de ti, querida Dianita, trato de mantener la paz con mi familia —reí.

—Menuda tontería —emitió un fuerte bufido.

—He querido hacerte esta pregunta desde hace meses —Michi suspiró mientras yo trataba de mantener la calma ante su repentina curiosidad—. ¿Por qué desapareciste de forma tan repentina de la fiesta? —ella trató de detener el paso para iniciar una conversación, sin embargo, apresuré mi andar tratando de evitar a toda costa un interrogatorio—. Siento que has evadido el tema todo este tiempo —preguntó a varios pasos de mí.

—Es verdad, Annie. Jamás lo mencionaste. ¿Dónde te metiste?

Estaba en el cuarto de Landon haciendo sabe Dios qué cosas.

Me detuve.

—Uhmm, yo, bueno...

Aproximadamente un mes para pensarlo, y mi única respuesta es: Uhmm.

Vaya, Annie, estás genial este ciclo.

—¿Pasó algo que quieras contarnos? —el rostro suspicaz de Diana me hizo sentir nerviosa.

—No —aclaré firme antes de que me convencieran de hablar—. En realidad, estaba tan ebria que discutí con Megan a viva voz. Supongo que el alcohol en mi sistema hizo que aflorara aún más mi sinceridad, y bueno, le encaré unas cuantas verdades que no quería oír. Ustedes saben lo mal que me cae esa tipa —mi vista rebotó entre las dos esperando que hayan creído algo de lo que dije, luego, agité una mano para restarle importancia a mis palabras—. Tampoco fue algo del otro mundo, lo de siempre, su odio sin razón —mentí.

—¿Te fuiste por Megan? —cuestionó Diana—. Vaya, eso algo nuevo. Nunca te afectaron sus comentarios.

—¡Exacto!, siempre tienes algo que decir.

—¿Ocurrió algo que quieras contarnos?

—¡Ya basta! —exploté—. ¿Estoy en un algún tipo de interrogatorio?

—Estábamos preocupadas, Anna. No entiendo por qué reaccionas de forma tan intensa. Mujer, necesitas algo de distracción pronto —apretó los dientes mientras le daba unas palmaditas a mi hombro y luego suspiró—. Como sea, es tu vida. No volveremos a preguntarte sobre ese tema.

Ahora la mirada de Michi rebotaba entre las dos, ella sabía que estábamos a punto de iniciar una discusión.

—Recuerdo que Diana fue la más fogosa en la fiesta. Bailó con todos los muchachos que se le atravesaban —el fingido tono casual de mi castaña amiga, me decía que ella trataba de apaciguar el momento.

—Tenía muchas ganas de festejar que ese horrible ciclo había culminado. Espero que este semestre nos vaya mejor, sobre todo a mí. Últimamente mi promedio ha bajado hasta el piso, da asco. Tanto como la enorme barriga del decano —señaló al hombre calvo que subía a su camioneta roja.

Reímos, el momento tenso ya se había disuelto.

Me despedí de ambas cuando subieron al autobús, ellas tenían la suerte de vivir en calles cercanas. Todo lo contrario de mí, ya que vivía en dirección opuesta.

Durante mi estancia en el paradero, distinguí a unos metros a Megan besuqueándose con un hombre. No pude evitar hacer una mueca de desagrado por el espectáculo que estaban dando. Sin embargo, a ellos parecía importarle poco que los peatones les lanzaran miradas de asombro. De repente, los tatuajes del tipo llamaron mi atención. Aclaré la vista tratando de reconocer su identidad, entonces, este se despegó del cuerpo de Megan y luego su mirada se clavó en mí. Era Landon.

Giré mi cuerpo hacia otro lado, esperando que no hayan notado que los estaba observando. Saqué el móvil de mi bolso y empecé a juguetear con este para darle más normalidad a mi actitud. Cuando giré en unos minutos, ya se habían marchado. Seguro para soltar sus bajos instintos en donde nadie los viera.

Puercos.

Instantes después, mi autobús aún no daba señales. Tenía demasiada hambre, tanta que estaba segura de que me devoraría un elefante en salsa golf en pocos minutos. Unas manos sobre mis ojos hicieron que mi corazón saltara y un frío recorriera mi espina dorsal. Era consciente de que no se trataba de ninguna de mis amigas, ya que a pocos minutos las vi partir hacia casa. Rápidamente, como un acto reflejo, le incrusté un codazo en el estómago en defensa.

—¡Auch! —tan pronto oí ese quejido giré para identificar al payaso. Mis ojos se toparon con el rostro adolorido y a la vez burlón de Landon—. ¿Quién te enseñó esa maniobra?

—Me asustaste, idiota. No vuelvas a hacer eso en tu vida, ¿oíste? —mi voz se oyó cargada de furia e indignación.

—Tranquila, solo quería fastidiarte un poco.

—¿De cuándo acá tienes esas confianzas conmigo, Cooper? —me crucé de brazos mientras levantaba una ceja. Claramente estaba trazando una línea de respeto con él.

—¿Es en serio, Vega? ¿Aún seguimos con las formalidades?

Fruncí el ceño y la boca al mismo tiempo.

—Las formalidades siempre serán una barrera entre nosotros —respondí seria y mirando hacia otra dirección.

—Es extraño que sigas llamándome por mi apellido. Desde ahora dejaré de llamarte Vega y te diré Annie.

—No pienso hacer lo mismo.

—Me parece ridículo después de lo que pasó aquella noche.

—¿Qué pasó? —pregunté con un toque de indiferencia.

—Nos acostamos.

No creí que se atreviera a mencionarlo.

—Cierra la boca.

—Y me entregaste tu...

—¡Cierra la boca!

—Tranquilízate —quiso colocar sus manos sobre mis hombros, pero no lo permití.

—No es algo malo lo que hicimos, Annie. Es normal en nuestra edad —habló sin preocupación.

—No vuelvas a mencionar ese tema. ¡Nunca! —chillé sintiendo la ira burbujear de pies a cabeza. Sabía a la perfección que bastaba que dicha emoción llegara a mi boca, para que un comentario hiriente se emitiera sin censura alguna.

—No puedo creer que seas tan prejuiciosa.

—¡Basta! ¡No es eso!

—¿Entonces? Ya te dije que no fue algo malo.

—¡No es lo que hice! ¡Es con quien lo hice! —dicho esto le lancé una mirada despectiva. De esas que destruyen y te hacen sentir de lo peor.

Landon se quedó silencioso por un momento. Pensé que soltaría alguna grosería, como usualmente lo escuchaba decir, pero me sorprendió cuando dio media vuelta y se alejó sin decir nada. Si había herido sus sentimientos, no me importaba. Además, era Landon Cooper y sabía perfectamente que era un desastre de hombre. No sería diferente conmigo.

Capítulo 2

Salsa de ajo

Landon

Estacioné el jeep negro frente a mi casa y me bajé con un humor del infierno. Solo quería ser amable con esa chica y, a cambio, ella me lanzó una mirada de asco como si fuera un perro sarnoso que se acercó a olfatearla.

Nenita, tú no tienes idea lo locas que se vuelven las mujeres por mí.

Annie me consideraba una especie de mierda humana sin cerebro. Lo tenía bastante claro desde que empecé la universidad y la vi llegar con esa pose aristocrática. Pero debería bajar su altanería después de lo que pasó entre nosotros. Cínica.

Entré a la casa con ese estúpido pensamiento persiguiéndome: «Annie te cree una mierda humana». Mis padres como de costumbre no estaban, me sentía un maldito retardado por vivir con ellos. Pero fue la única condición para que me paguen la escuela de música. Yo no tenía madera para leyes y, definitivamente, no me imaginaba dentro de un terno rodeado de tipos obesos y mujeres cincuentonas como secretarias. Tenía la idea de que, si me convertía en abogado, engordaría.

Por ende, alguien tan sexi como yo no merecía ser desperdiciado.

Subí a mi habitación y quise tomar mi guitarra para componer algo de música, a pesar de que estaba lleno de trabajos. Traté de inspirarme, pero mi mente traía a colación: «Annie te cree una mierda humana». Pasé mis dedos por las cuerdas unas cuantas veces buscando alguna melodía, pero hoy estaba seco. Y toda la culpa la tenía esa prejuiciosa chica.

Encendí el estéreo y sintonicé la canción más bulliciosa que encontré. Me desplomé de espaldas en la cama y recordé que hoy había dejado sobrecalentada a Megan Reyna. La mujer era muy evidente y se notaba a kilómetros que quería acostarse conmigo.

Obviamente yo también la deseaba, ella era malditamente deliciosa.

Como un pastel de mocca, mi favorito.

No obstante, la frialdad con la que me ofrecía su cuerpo, me desanimaba un poco. Ella y yo éramos viejos amigos, así que existía mucha confianza entre nosotros, sabía muy bien que Megan solo buscaba diversión, compartíamos las mismas ideas. Pero… últimamente estaba buscando algo más profundo y no tan carnal como lo que me ofrecía la pelirroja.

Y, en el extremo del caso, estaba la Bruja Franca. No la creí una chica de una sola noche y mi concepto no había cambiado en lo absoluto. Por eso me resultó extraño que aquel día...

La canción que escuchaba terminó y empezó una especie de melodía cursi cantada por un engendro de azúcar y miel. Tomé un almohadón y lo lancé al estéreo haciendo que este se apagara al contacto.

Malditas cursilerías.

Radioactive sonó indicándome que tenía una llamada. No quise contestar porque tal vez sería Megan con su chillona voz queriendo tener una cita conmigo.

Recordé que también podía ser Max, mi profesor de música, informándome algo sobre el concurso de canto al que quería entrar. Me dirigí al escritorio y tomé el móvil. En la pantalla táctil leí «Número desconocido». La llamada se cortó.

¿Y si era Annie? Tal vez quería pedirme una disculpa.

No, idiota, no. Vega nunca haría eso.

La llamada volvió a aparecer y esta vez contesté al primer timbrazo.

—Hola, Guapo.

Me jodí, era Megan.

—Hola, preciosa —fingí sorpresa y felicidad.

Lo sé era un Puto.

—Creí que podíamos vernos esta tarde y salir a pasear un rato. ¿Qué dices?

¿Pasear? Sí, claro.

—Créeme que me encantaría —la escuché soltar un gemido de felicidad—, pero tengo muchas lecturas para mañana. Demasiadas.

Tardó en responder.

—No me imagino a Landon Cooper en su habitación solo y leyendo textos de la universidad. ¿Cuándo te volviste tan aplicado?

Genial, ahora me sentía un poco bruto.

—A pesar del tiempo todavía hay muchas cosas que no sabes de mí, Megan. Digamos que quiero aumentar mi ponderado y postularme a un buen trabajo. Entonces, necesito aprobar ese estúpido curso. Conclusión, debo leer mucho hoy.

—Eso suena tentador. ¿Qué tal si te acompaño a «leer» y me enseñas esas cositas que aún no conozco de ti?

Sería idiota si no captaba su propuesta.

—Te las enseñaría gustoso, pero como te dije tengo deberes que cumplir. No todo el tiempo soy un playboy. Algunas veces estudio.

«Deberes que cumplir». Tal vez y no deseaba mucho a esta chica para decirle eso.

—Está bien —bufó—. Me gusta esa parte intelectual de ti. Te hace lucir más sexi. Algo así como un nerd candente —soltó una risita aguda.

¿Perdón? Yo estaba a kilómetros de lucir como un nerd.

—Claro —estiré la palabra lo más que pude—. Nos vemos mañana. Sueña conmigo, nena.

No la dejé contestar porque colgué al instante.

Acababa de rechazar a una de las mujeres más deseadas de mi facultad. Para muchos, Megan era como la Diosa de la facultad —ella lo sabía y le gustaba sentirse así—. Para mí, otra más que se sometía a mis encantos. Y aunque suene asquerosamente mal, era de esos clásicos patanes que solo buscan una cosa, sexo. Dentro de mi larga lista de conquistas nunca tuve una en especial. Todas significaban para mí mujeres a quienes les cumplía lo que, a gritos o en ocasiones de manera insinuante, me pedían.

No veo nada malo en eso. Cumplo deseos, soy inocente.

Siendo sincero no me importaba si se enamoraban de mí y era consciente de que actuaba como un maldito idiota. Es por eso por lo que me causó sorpresa e intriga que Vega se haya acostado conmigo sabiendo mi historial. Después de todo, ella merecía una primera vez con alguien mejor.

~~~

Annie

Los espaguetis de mi madre eran mi plato favorito de entre todas las comidas del universo.

Pero hoy me sabían a calcetín viejo. Asco.

Revolví con el tenedor los fideos tratando de descifrar cuál era el ingrediente que los hacían saber tan mal. Le eché una ojeada a la cacerola en medio de la mesa y luego a los platos alrededor de esta. Mamá comía como si no existiera el mañana, incluso mi padre los sazonaba con una especie de salsa y se los engullía de una manera apetitosa.

¿Qué le pasaba a mi paladar hoy día?

Si pudiera escoger entre la vida de Megan y los tallarines. Escogería tallarines como aperitivo mientras veo su muerte.

Eso sería terriblemente malo. Solo bromeaba.

—¿No te agrada la comida, Ann? —preguntó mi madre al ver el plato todavía lleno.

—Sí, están deliciosos —mentí.

Bueno, bueno. Yo era la Bruja Franca. Pero eso no se aplicaba con mi madre. Ella no merecía que dañara sus sentimientos.

—Entonces... ¿por qué tienes más de la mitad del plato vacío?

—Pasa que... comí algunos bocadillos con Diana y Mirian antes de venir a casa. Creo que se me ha quitado un poco el apetito.

—¿Qué tal si los pruebas con esta salsa que compré hoy?

Me tendió la salsa de ajo que degustaba mi padre. Ni siquiera le eché una cucharada a mis tallarines, ya que bastó que acercara mi nariz al contenido para sentir que el olor penetraba mis fosas nasales y se dirigía a la zona del asco.

—¿Revisaste si no estaba fuera de vencimiento?

Mi madre subió una ceja. Por otro lado, mi padre se quedó con un bocado de tallarín en el aire.

—Claro que sí, Ann. Soy muy cuidadosa con los alimentos —mamá levantó con una mano el tenedor y lo agitó en el aire, claramente, ella estaba un poco ofendida por mi desconfianza.

—Eso huele terrible —alejé mi cuerpo de la mesa.

Intercambiaron miradas llenas de interrogación. Era muy extraño que la pequeña Annie no viera provocativo un gran plato de tallarines. Casi tan extraño como el rechazar una pizza con doble queso.

—Es salsa de ajo. Siempre te gustó —comentó papá.

Pues ahora la odiaba con la intensidad de mil soles.

—Subiré a mi habitación, tal vez coma algo después. No me siento muy dispuesta, lo siento —dije levantándome del asiento con rapidez.

Mis padres solo asintieron.

~~~

«¡Me quedé dormida!», grité.

Había planeado descansar una hora, como siempre lo hacía, y dormí toda la tarde.

¿Qué clase de brujería me habían hecho?

Ese pensamiento me llevó a uno y luego a otro, y a otro, y así sucesivamente hasta que llegué a aquel fatídico viernes. De alguna manera, mi subconsciente no quería pensar en lo que hice. Me negaba a recordarlo.

Salí de la cama, me dirigí al escritorio y tomé nota de lo que tenía que leer en la noche. Definitivamente no me alcanzaría el tiempo para terminar todo, y eso me provocaba un agudo dolor en la cabeza. Tomé mis audífonos, encendí mi iPod y me acomodé en el asiento para empezar a leer los documentos de mañana.

Sí, una de las cosas más raras que tengo, es que no puedo concentrarme al leer sin música.

—¡Annie!

Di un pequeño salto en el asiento giratorio. El chillido de Diana hizo que mi corazón se paralizara por un momento.

—Engendro del mal, ¿en qué momento llegaste? No te oí.

—Soy silenciosa como un gato —dijo acomodándose en mi cama. Giré mi asiento para poder verla.

—Me pudiste haber matado de un susto —llevé una mano a mi pecho.

Una sonrisa traviesa se esbozó en su rostro.

—Hoy olvidé contarte que el decano me dejó un recado para ti.

Abrí los ojos como platos y puse toda mi atención en ella.

—¿Qué dijo?

—Me habló sobre un viaje, una beca y la mejor universidad de Nueva York.

¡Por todos los Santos! No es lo que pensaba.

—¡¿Quieres decir que gané el concurso?! —cubrí mis labios, temerosa de que un grito se escapara de mis labios. Aunque, sabía que en cuanto escuchara lo que imaginaba, la casa se iba a volver un loquerío.

—O… ¡tal vez un pasaje a una aventura lejos de esta ciudad, y con un futuro exitoso! —gritó emocionada—. ¡Lo lograste, Ann! ¡Ganaste la beca!

¡Dios, Dios, Dios! De repente mi terrible día había cambiado a la hermosura de un nuevo amanecer.

Me abalancé sobre mi amiga y nos abrazamos fuertemente. Nuestros chillidos se oyeron por toda la casa.

—Y obviamente tenemos que celebrarlo con todos nuestros amigos. Hagamos una fiesta. ¿Qué dices?

Fiesta, la última vez que oí eso era virgen, y ahora no lo soy. Definitivamente, no.

—Planearemos eso luego.

La ilusión de Diana se desinfló como un globo.

—Bruja aburrida. Acabas de romper mis ilusiones, jamás encontraré al chico que robó mi corazón, entre otras cosas... —soltó una risita pícara.

—¿Qué dices Diana? ¿Acaso ya no eres... —me acerqué más a ella— virgen?

Shhh –pegó un dedo a sus labios para que me callara—. No quiero que tu madre crea que soy mala influencia para su puro y casto angelito.

Le puse cara de pocos amigos.

No era la única que había tenido una noche «diferente».

—Luego te contaré todo con lujo de detalles, no creas que no lo haré —hincó mi estómago con un dedo—. Por ahora, esperemos que venga la pizza que pedí.

¡Si pudiera casarme con la pizza lo haría!

—Por eso te amo, acabas de mejorar mi día. ¿Qué haría sin ti y sin la pizza? Probablemente muy miserable —me senté junto a Diana y le di un fuerte apretón; ella alardeó por unos segundos diciendo que era encantadora.

—Hoy compré esta salsa que vi en un comercial de televisión. Dicen que es diurética —comentó sacando el recipiente de su bolso.

—Estás esquelética, mujer. Un día de estos podrías desaparecer.

—No es cierto, ayer quise comprar un enterizo de jean y… ¿sabes lo que ocurrió? Pues, lucía como una morsa embarazada.

Solté una carcajada. Diana destapó el contenido y al instante sentí el olor hediondo penetrar mi nariz. Mi sentido del olfato estaba más sensible que de costumbre.

—¿Qué clase de porquería tienes ahí? —gruñí alejándome de ella.

Me dio una mirada en la que pude descifrar un: «¿Qué rayos tiene esta loca?».

—Es salsa de ajo, Ann.

Sentí mi estómago como si fuera una licuadora en mal estado. Percibí la comida de esta mañana subirse por mi esófago dejando un asqueroso sabor en mi boca. Me tapé los labios con una mano mientras mi pecho se contraía abruptamente.

—¿Acaso quieres vomitar?

La voz de Diana se oyó a mis espaldas mientras corría hacia el baño.

Indigestión, solo eso.

Capítulo 3

Esto es un desastre

—Te ves como Bart Simpson.

—¿Qué?

—Por lo amarilla.

Rodé los ojos, no estaba de humor para los malos chistes de Diana. Y menos ahora que tenía un asqueroso sabor de boca y ganas de arroparme en la cama para dormir como si estuviera en estado de coma.

Diana probablemente moriría de hambre trabajando de payasa.

—¿Qué comiste, mujer? Dímelo ahora mismo. No iré a ese repugnante lugar y me evitaré lucir como tú.

La miré con mala cara desde mi cómodo lugar y me cubrí con las sábanas hasta el cuello.

—No tengo ni idea de lo que comí. Quizás las papas de la cafetería estaban rancias.

La mujer de la cafetería era una tipa grosera que atendía de manera hostil y agria. Podría decirse que llevaba un cartel implícito en la frente que decía: «Mi vida vale poco y para colmo tengo que atender a estos estúpidos universitarios hambrientos de grasa».

—Dime algo... ¿sientes mareos? —preguntó Diana sentándose al filo de la cama. Lo pensé por un momento.

—No.

—¿Tienes cansancio?

—Sí.

Estupendo, ahora Diana tenía su momento Dr. House.

—¿Sientes asco? —blanqueé los ojos.

—Por la asquerosa salsa de ajo. ¿A qué se vienen tantas preguntas?

—Te diré la última, ¿sientes pataditas en el estómago?

—¿Qué diantres significa eso?

¿Pataditas? Las neuronas de mi amiga han desaparecido.

—Solo responde, Annie Vega.

Diana esperaba mi respuesta como si de ello dependiera su vida. Sus ojos estaban clavados en mi vientre y observaba esa zona con ansiedad.

Sentí un fuerte retorcijón en mi estómago, probablemente a eso se refería con «pataditas».

—Sí.

Ella abrió los ojos de par en par y luego caminó enfrente de mi cama por varios segundos. Todo ese tiempo se frotó lentamente la barbilla como si estuviera tratando de descubrir la cura para una enfermedad no conocida. Finalmente, se detuvo con ambas manos en la cintura y aclaró la garganta. Parecía que temía pronunciar las palabras.

Bueno, con esa actitud asustaba a cualquiera.

—Annie Vega...

—Dilo.

—Temo decirte que... —frotó su barbilla, tenía un gesto serio y muy profesional. No obstante, detecté una pizca de burla en sus labios— tienes gases —soltó una carcajada.

Genial, mi amiga también moriría de hambre siendo doctora.

~~~

A la mañana siguiente, tenía que ir a la oficina del decano Grey para pedir información acerca de mi beca. Era de esperarse que me encontrara locamente feliz. Mi corazón estaba deseoso de escuchar las palabras ganaste el viaje por los labios del mismo decano.

Lo sé, cuando oí el apellido Grey me imaginé a un guapo millonario de veintisiete años sentado enfrente de un escritorio mirándome de manera insinuante. Pero la realidad, es que el tipo era un hombre de unos cincuenta años, con barba blanca y una enorme barriga producto de la comida grasosa con la que se indigestaba. Jodida realidad.

Caminé hacia el Departamento de Humanidades, en donde una mujer alta y rubia me dio una sonrisa amable. Segundos después, me indicó que esperara por unos minutos.

Me senté en uno de los muebles de cuero y luego me dispuse a observar cómo mis tenis negros se movían de lado a lado. Cuando me percaté que esta no era una posición de una futura abogada, me erguí.

En la mesa de centro distinguí una revista color rosa. La tomé para leerla notando que en uno de los segmentos entrevistaban a una adolescente embarazada, la cual afirmaba en una de las preguntas que ser madre había arruinado su futuro.

¿Qué clase de estupidez es esta? Un bebé no arruina tu vida, creo que la mejora. Aunque... afortunadamente yo no tendré un hijo. Digo, eso sería... Ni pensarlo.

Pasaron cinco minutos y la misma mujer de hace un momento me permitió pasar a la oficina. El decano se encontraba en su escritorio mientras redactaba algún tipo de documento. Me senté frente a él y aclaré la garganta, pues no había notado mi presencia.

—Señorita Vega, me es muy gratificante verla. Le di el recado ayer a su amiga. Tengo una maravillosa noticia que deseo comunicarle.

Sí, sí. Había ganado un viaje.

—Estoy aquí por ese motivo —dije conteniendo mi alegría.

—Usted es acreedora de un curso de extensión en Nueva York con todo pagado. Incluyendo los materiales a utilizar durante su aprendizaje. Solo tiene que cubrir el gasto de los pasajes, puesto que no lo incluimos en el presupuesto. Pero su estadía también irá por nuestra cuenta.

Necesito un pellizco, esto es lo que siempre soñé.

—No se preocupe por eso. Mis padres van a apoyarme con ese gasto, y tenga por seguro que aprovecharé esta oportunidad.

—Esa es la actitud, señorita Vega —dijo señalándome con un dedo, a lo que reaccioné dando un pequeño salto en mi asiento.

—Ahora dígame —comentó—. ¿Cuál es el tema que quisiera aprovechar de este curso?

Estaba a punto de emitir un largo monólogo acerca de todos mis planes académicos, cuando de repente percibí el mismo olor hediondo de anoche.

¿Por qué diantres odiaba tanto el ajo? ¿Y por qué diantres olía a ajo aquí?

La secretaria entró con una bandeja a la habitación, en esta pude notar un vaso de jugo y un plato hondo con aros de cebolla. Pero lo que más llamó mi atención, fue la bendita salsa de ajo.

Rayos. Mi olfato está más sensible que de costumbre.

—Lo siento, señorita Vega —habló el decano—. No desayuné esta mañana y necesito algo de alimento —soltó una risita, notándose avergonzado.

Me acomodé en el asiento y asentí ligeramente.

Dios, ese asqueroso olor iba a matarme.

—Por favor, continúe con su respuesta.

—En realidad yo... —Dios mío esto es mucho para mí quiero especializarme en los temas de libertad de expresión, derechos humanos y medioambiente, porque... —había pensado en esta respuesta meses, y ahora ese asqueroso olor me estaba arruinando todo.

—Porque es interesante y...

¿Es en serio? Merecen quitarme la beca.

—¿Y por interesante a qué se refiere? —preguntó el decano.

No podía hablar, ya que solo podía ver cómo el decano ingería sus aros de cebolla. La imagen era desastrosa.

¿Se puede morir del asco? Porque estaba comprobando esa teoría.

Nuevamente sentí la comida dirigirse a mi esófago, la sensación de vómito se apoderó de mí. Me cubrí los labios con las manos y los apreté fuertemente evitando que el flujo se escapase, pero era inútil. El decano me observaba curioso y sin comprender mi actitud, entonces decidió inclinar su torso hacia el mío para, supuse, examinarme mejor.

Oh,no.

Me levanté como alma atormentada de mi asiento, sin siquiera pedir disculpas porque no tendría el tiempo necesario para ir al sanitario. Corrí por todos los pasillos buscando el baño más cercano; estaba segura de que me estaba ganando muchas miradas que decían: «¿Y a esta, qué rayos le picó?».

Prácticamente derribé la puerta cuando llegué a mi destino. Gracias al cielo se encontraba vacío, me hubiera resultado incómodo hacer ruido con tantas orejas chismosas indagando sobre mi estado. Incliné mi cuerpo sobre el inodoro, pero las ganas de vomitar se habían ido, al parecer solo eran repentinos ascos por algunos olores.

Me acerqué al lavabo mientras tallaba mis ojos con los puños. No tuve que verme al espejo para saber lo asquerosa que me veía, ya que a mis espaldas escuché la voz de Megan Reyna.

Díganme dónde venden suerte. Yo me compraría una tonelada. Lo juro.

—Ulala. Bruja Franca, hoy estás en el mejor de tus días —dijo con ironía.

No respondí.

—Tal vez te deba recomendar a mi estilista profesional para que te ayude con el maquillaje —continuó.

Megan se miraba al espejo con admiración; como si fuera una obra de arte tener unos pechos del tamaño de una toronja, y un trasero del tamaño de una sandía.

Y un cerebro del tamaño de una nuez.

—No, gracias. No es mi prioridad modelar en la universidad.

—Bueno... te entiendo, después de todo no tienes con quién lucirte. Me das mucha lástima, quizás algún día te ayude a conseguir una cita —hizo un puchero.

—No necesito a un idiota para querer verme más linda, Megan. Yo soy un espíritu libre.

—Esa es la frase de una típica solterona.

Me lavé el rostro antes de responderle.

—Y tus frases son las típicas de una mujerzuela.

Tenía que decirlo. Si no digo lo que siento, es como si estuviera atorada de verdades.

—Voy a ignorar ese comentario porque viene de ti —se colocó detrás de mí y la miré a través del espejo—. Es normal que sientas envidia de mí, Annie. Créeme, yo tendría el mismo sentimiento si fuera alguien como tú.

—¿Qué estupideces dices? No tengo nada que envidiarte.

—Viniendo de una chica que apesta a una virginal mojigata. Es decir, todo tu cuerpo grita a viva voz que eres una fracasada para temas del amor. Nadie se fija en ti, ni se fijará por lo niñata que eres. Te falta mucho para convertirte en una mujer.

Joder, eso me dolió.

Dicho esto, caminó con sus sonoros tacones fuera del baño y se dirigió a los pasillos. Me quedé como una estúpida frente al lavabo; entonces, unas repentinas ganas de contradecirla se apoderaron de mí. Tomé fuerza y me fui tras de ella, pero en cada paso mi conciencia gritaba que estaba a punto de cometer una estupidez.

—Óyeme bien, Megan. El hecho de que te acuestes con toda la universidad no te hace más, ni menos mujer, solo una chica con alto nivel de disponibilidad. No vuelvas a decir que soy una fracasada porque sé perfectamente que no es así.

—Te ganaste una beca —se burló—. Eso te hace una nerd. Tienes inteligencia, mas no madurez, solo eso.

Me dio la espalda y siguió caminando mientras contorneaba sus caderas.

Annie, no. No caigas en su estúpido juego. Tú sabes que eso no mide tu juicio.

—Sé que eres amiga de Landon Cooper.

Se detuvo y giró para verme.

—Corrección, somos más que amigos —sonrió orgullosa—. Él y yo pronto seremos novios.

—¿Segura de que un tipo como él solo tiene ojos para ti?

—A Landon le gustan las mujeres maduras. Dudo que alguna niñita de esta facultad le atraiga más que yo.

Era mi momento.

Me crucé de brazos.

—Pues él y yo...

—¿Tú y él?

No, tonta, no lo digas. Annie, cierra la boca.

—En la fiesta tuvimos... —no pude decir nada porque al instante sentí una mano sobre mi boca impidiéndome que hablara. Luego, sentí otra en mi hombro que me giró abruptamente. Finalmente, me choqué con los ojos avellana de Landon.

—No seas tonta, Vega —me susurró en el oído. Luego miró a Megan—. Tengo que hablar con ella sobre mi exposición. Ya sabes, los nerds nunca se cansan de los debates y esta niña no lo hará hasta que le demuestre lo contrario. Nos vemos en el almuerzo —le guiñó un ojo y me llevó de un brazo hacia el siguiente pasillo.

¿Qué? ¿Cómo se atreve?

—¿Por qué ibas a revelar nuestro secreto? —preguntó.

—No me digas que no le contaste a tus amigotes lo que pasó entre nosotros —dije dándole mi clásica mirada de desprecio y quitando su mano de mi cuerpo.

—No, no lo hice.

Sí claro, y yo vivía en Narnia.

—¡Mentiroso! —chillé, luego le di la espalda para seguir mi camino.

Landon se colocó frente a mí. Lo miré con indignación y esperando que se retirara.

—No es conveniente que le digas a todos que nos acostamos.

—Nadie lo sabe. Te dije que no siento orgullo de con quien lo hice.

Y ahí va la Bruja Franca.

Él me miró frustrado y apretó la mandíbula fuertemente. Llevaba una camiseta con las mangas remangadas, la cual hacía lucir uno de sus tatuajes. Pude notar cómo los músculos de sus brazos se tensaban a medida que apretaba sus puños. Realmente Landon daba miedo.

—¿Por quién me tomas, Vega? Tampoco soy una mierda humana.

«Mierda humana» era algo demasiado fuerte para él. Quizás «intento de desadaptado» le quedaba mejor.

—No trates de fingir conmigo. Te he visto dejar a las mujeres como trapos viejos después de que conseguiste lo que querías. ¿Por qué ahora pretendes que tenga un buen concepto de ti?

Qué rayos le pasaba. El viernes era un día que deseaba borrar de mi memoria y él se empeñaba en recordármelo. Ni siquiera le reclamaba nada. Idiota.

Se tomó el puente de la nariz y pude notar cómo contenía su rabia.

—Maldita sea, Vega. Trato de ser amable contigo.

—No maldigas. ¿Acaso no sabes que cuando dices esa jodida palabra la maldición recae en ti?

—Es que me haces sentir que acostarse conmigo es una maldición, y no me gusta eso —dijo frustrado.

—¿Y no lo es?

—No.

—Pues para mí sí.

—Entonces… ¿te arrepientes de haber tenido sexo conmigo? —preguntó, esperando mi respuesta con ansiedad.

Maldi... Ugh. ¿Por qué no se comportaba como un patán normal?

—Quisiera inventar una máquina del tiempo, pero no puedo.

Ojalá haya entendido mi mensaje.

Dicho esto, me alejé de él a paso rápido y con la vista clavada en el largo pasillo que conducía a mi siguiente clase. Mi cara ardía al rojo vivo, y no tenía idea si era por la vergüenza de recordar aquella noche, o por la idea de que él estaba intentado ser gentil conmigo.

Todo estaba consumado, ¿qué más quería de mí?

—¡Quiero una cita contigo, Vega! —gritó a mis espaldas.

Detuve el paso.

No entendía su actitud. Sabía de su fama, sabía de su larga lista de mujeres y de que tenía más hue... sos que cerebro. Su físico irritablemente sexi tampoco llamaba mi atención, solo lo hacía más peligroso. Más destructor del poco control que me quedaba.