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© 2018, Eberth Solano

© 2018, de esta edición: Nova Casa Editorial

 

Editor

Joan Adell i Lavé

Coordinación

Daniel García P.

Portada
Daniela Alcalá

Maquetación

Daniela Alcalá

Revisión

Flor Cortez

 

 

Primera edición: abril de 2018

ISBN: 978-84-17142-99-5

 

 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

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AGRADECIMIENTOS

Escribir esta historia fue para mí más que una aventura, fue el descubrimiento de muchas partes ocultas de mí; fue conocer mis sentimientos y pensamientos más profundos, porque puse mucho de mí en este libro. Cuando comencé a escribir esta historia ni siquiera sabía si tendría fin. Fue como ir escalando una gran montaña. No sabía con qué obstáculo podría encontrarme en el siguiente capítulo.

La novela creció de acuerdo con mis impulsos, mis locuras y también mi propia paciencia. Sin embargo, tengo que agradecer principalmente a mis lectores de Wattpad, ya que me dieron el ánimo, el apoyo y las ganas de seguir hasta el fin, y poder terminarla. Ellos le dieron vida a los personajes, a la historia, a mis letras. Y siempre les estaré agradecida por formar parte de este sueño.

Familiares y amigos cercanos también han formado parte de esto, han contribuido e influido en mí para que este libro haya visto la luz. Quiero agradecer a mi abuela Eberth Cazares, por estar desde el comienzo interesada y pendiente de mí, por ser la persona que creyó en mis sueños y la que disfruta regalarme su tiempo. Gracias por sentirte siempre orgullosa de mí.

A mi madre, Rosenda Solano, por la energía y la emoción que siempre ha puesto al leer mis letras y amarme incondicionalmente. A mi padre, Rigoberto Rodríguez, por la paciencia que me ha tenido, por apoyarme e impulsarme. A mi hermano, Alejandro Rodríguez, porque sé que siempre ha pedido por mí y por mis sueños. A mi herman,a Gabriela Rodríguez, por la compañía que siempre me ha otorgado para que me sienta tranquila y pueda dar rienda suelta a mi imaginación. A Gabriel Aparicio, mi primo pequeño. A mi abuelo Roberto Solano y mis tías Blanca Cazares y Trini Solano, por quererme desde el cielo. Me hubiera gustado que vieran que logré cumplir mi sueño, aunque sé que donde quiera que estén les da alegría verlo. A mis tías, Claudia Solano y Verónica Solano, por cuidarme y quererme como a una hija.

Quiero agradecer a mis amigos más especiales, cada uno ha estado en momentos importantes de mi vida: Selena Ramos, Isabel Medina, Paulina Corona, Guadalupe Sánchez y Edgar Cuadros. También quiero reconocer a un amigo muy especial, que me ha dado muy sabios consejos y que quiero bastante: Doc. Armando Vidals.

Por supuesto que la música y la poesía han influido bastante en mi inspiración para que yo pueda lograr un capítulo más, y mis letras puedan fluir de una manera mágica. Por eso agradezco a la música de José José y Camilo Sesto, que me han dado la motivación exacta para insuflar sentimiento a la historia. Y no podría olvidarme de mi cantante favorito, Manuel José, que ha formado parte del mar de sentimientos que me inundan cuando me dispongo a escribir.

A la música de Kevin MacLeod y Jorge Méndez, sin sus obras de arte mis letras no serían lo mismo. Quiero agradecer a la poesía de Neruda, Becker, Acuña y Pizarnik, por inspirarme y ayudarme a sumergirme en mundos inimaginables.

A Nova Casa Editorial, por creer y confiar en mí y hacer que este sueño ahora sea una realidad palpable. Y, por último, a ti, lector, por permitirme mostrarte lo que hay en mi interior.

 

 

 

 

 

 

A mi abuela Eberth y a mi madre, Rosenda, por tanto.

 

 

 

 

 

 

Tú eres esa piedra fría, dura y tan difícil de roer. Pero que en un segundo es capaz de derretirse a causa de mis caricias. Descúbrete, desnúdate y déjame amarte. Sin más.

 

 

PRÓLOGO

Café helado

Annabelle Jones disfrutaba el aroma de su café capuchino mientras su mirada se perdía en la ventana que estaba a su costado y que revelaba el día gris que caía sobre Illinois, Chicago. El cuerpo de la joven tiritó de frío, sacó las manos de los bolsillos de su chaqueta y se las llevó a la boca para proporcionar con exhalaciones un poco de calor.

El clima era helado allá afuera, incluso, ráfagas gélidas se colaban por las rendijas de la ventana, aunque esta estuviera cerrada. Annabelle pensó que debió haber salido otro día debido al mal tiempo, pero su prima Marie le había insistido tanto en verse en aquella cafetería que no pudo negarse ni por asomo.

Y, por supuesto, ella quería salir de casa. Había pasado las últimas vacaciones —después de graduarse con honores en la Universidad de Colorado— encerrada entre las paredes de su habitación, leyendo libros, viendo películas o preparando recetas fallidas con su madre. Los pocos amigos que había forjado estaban lejos o en otras ciudades, aunque en realidad no pudo lograr una amistad de verdad. Tal vez su seriedad, lo reservada y un poco antipática que era habían sido el problema. Sin embargo, ahora mismo deseaba haber actuado de otra forma durante esos años. Incluso, no había tenido novio por lo mismo.

¡Tendría que cambiar! Transformarse en una nueva Annabelle, como era antes, más alegre, más abierta, mucho más aventurada y despreocupada, que tomaba las decisiones impulsivamente y solo quería hacer lo que gozaba y, a pesar de todo, ser feliz. Desde la muerte de su padre ella había cambiado tanto... Consideraba todo, tenía miedo de sus propias decisiones, se había vuelto más evasiva. Imaginaba que si su padre estuviera vivo todavía, no la reconocería.

En la mano recargó su mentón y con un poco de esfuerzo —debido a la lluvia chispeante que nublaba el exterior— admiró el gran edificio que se alzaba sobre el otro lado de la acera. Se trataba de una prestigiosa empresa de construcción, Brown Infrastructure Operator. Annabelle suspiró tendido, lo que provocó sutiles movimientos en el humo que emanaba de la bebida caliente. Sería un gran sueño trabajar allí.

Por un segundo se imaginó dentro de esa empresa como administradora y sonrió. Definitivamente, le encantaría. Por el rabillo del ojo se percató de la presencia del mesero e interrumpió su ensoñación.

—¿Desea algo más que pueda ofrecerle? —preguntó el joven moreno que se identificaba como Brandon, según las letras bordadas en su uniforme azul marino. Annabelle miró la taza llena de café y negó con un movimiento de cabeza. El muchacho asintió y, sin insistir, se retiró.

La lluvia se había hecho todavía más incesante afuera, por lo que Annabelle podía comprender la tardanza de su prima Marie. Tomó con sumo cuidado la oreja de la caliente taza y bebió un sorbo, el líquido pasó calentando su garganta hasta llegar a su pecho y una sensación de calidez la estremeció.

Pasaron los minutos —silenciosos y gélidos— y Marie seguía sin aparecer. Annabelle comenzaba a preocuparse; ya le hubiera llamado al celular si es que no se le hubiera olvidado en el buró al salir de casa. Sin embargo, siguió tomando pequeños sorbos sin inmutarse. Ya casi terminaba la taza de café.

Estaba ensimismada en sus pensamientos, con la vista clavada en el borde de la taza, cuando un movimiento llamó su atención.

Levantó la mirada hacia la entrada de la cafetería y se quedó inmóvil, sorprendida y al mismo tiempo confundida por la sensación que se produjo en su interior en solo un instante.

Un hombre joven, bastante imponente y llamativo, entró a la cafetería con pasos cautelosos. Llevaba pantalones de mezclilla, una camisa azul y una chaqueta de piel negra. No entendía por qué sus ojos estaban estudiando a ese desconocido detalladamente, sin poder despegarse de él. No supo si alguien más se había percatado de la presencia de ese hombre, pero eso no le importaba.

Con la mano derecha un poco temblorosa —con la que sostenía la taza de café— siguió contemplando al hombre. Su andar era sigiloso y suave. Tal vez era el hombre más hermoso que había visto en su vida. Tenía el cabello un poco húmedo y le caía en varios mechones sobre la frente, intensificando su mirada. Su perfil era perfecto. El cabello lucía brillante y reluciente, tan negro como el azabache. Estaba recargado sobre la barra del mostrador, tan solo veía su espalda, pero esperaba que se volteara para poder contemplarlo de frente.

Como pudo, dejó la taza de café en la mesa y fijó la mirada en aquel hombre. Una bruma de sensaciones le recorrió las venas de todo su cuerpo; una especie de atracción totalmente desconocida en toda su vida. ¿Qué era aquello? Jamás había sentido algo tan indescriptible, mucho menos mientras tomaba una taza de café. Tal vez las mejores cosas llegan en los instantes más inesperados.

Tenía ganas de levantarse, de pararse de la silla y acercarse a él. Estaba utilizando todo su autocontrol para no hacerlo.

Mírame.

Mírame.

Lo pensó con todas sus fuerzas.

De un momento a otro, mientras el desconocido esperaba su orden en el mostrador, giró un poco su cuerpo y entonces miró sobre su hombro en la dirección de Annabelle.

La miró.

Annabelle casi olvidó cómo seguir respirando. ¿Alguna vez una mirada había provocado un terremoto en su interior? La miraba a ella, primero vacilante y luego fijamente, era casi grosero. Podía ver en su rostro perfecto consternación, incredulidad. Sus ojos azules —intensos como el mar en un atardecer— la penetraron hasta la última célula. Reconoció algo en ellos. Una conexión, una afinidad que indudablemente la atraía. Pero no mostraban ningún estímulo de atracción, todo lo contrario, parecía que estaban viendo su peor pesadilla. También pudo darse cuenta de la frialdad en la mirada de ese hombre; a pesar de ello, ese hielo logró derretirla.

El desconocido parpadeó y se dio la vuelta bruscamente. Le dieron la orden en una bolsa y terminó de pagar. Salió tan rápido que Annabelle casi pensó que lo había soñado todo. Su corazón retumbaba velozmente en su pecho, como gritándole lo que su alma quería decirle.

¿Qué había sido eso?

¿Quién era él?

Necesitaba saberlo. Saber quién era el responsable de semejante reacción en su cuerpo y en su mente. Lo estaba considerando como un ladrón. Un segundo después de que se marchó no se sentía tranquila. Era como... como si con una mirada le hubiera robado la vida.

Todos sus pensamientos eran redes apretujadas en un solo rostro: él. Se preguntó cuál café habría pedido. Seguramente un café helado, como lo delataba su expresión y la chispa apagada de sus ojos. Ese hombre era calor y frío. Revelación y misterio. Atracción y locura.

Sin verla venir, Marie apareció delante de ella con una mueca de disculpa. Su prima arrastró una silla y se sentó frente a ella.

—¡Ann! Disculpa la tardanza, no sabes —se excusó colocando su bolsa en un brazo del perchero—. El tráfico allí afuera está agobiante y... ¿Ann? —interrumpió al ver que Annabelle estaba en otra galaxia.

Annabelle reaccionó y sacudió la cabeza. Normalizó la respiración y le dedicó una sonrisa temblorosa a su prima favorita. Alejó la atención del desconocido y se concentró en los ojos cafés de Marie.

—Perdón —se disculpó—. Estaba tratando de recordar dónde dejé mi celular, lo olvidé.

Marie alzó las cejas dudando de esa respuesta, pero no insistió. Por supuesto. La vida de Annabelle era tan plana y poco emocionante que su prima Marie no podría considerar que se tratara de suspiros por algún chico. Annabelle sintió un apretón en el pecho. Todos decían lo mismo de ella. Y estaba cansada. Quería vivir, vivir de verdad.

—Bueno —aceptó su prima—. ¡Tengo una excelente noticia!

Annabelle abrió la boca con sorpresa. ¿Ahora qué se le había ocurrido a su prima? La castaña levantó la mano para ordenar su pedido, y uno de los meseros lo anotó rápidamente para después retirarse con sigilo.

—Tú sabes lo difícil que es conseguir trabajo en una empresa prestigiosa, sobre todo, después de graduarte —Annabelle asintió—. Bueno, Jeremy y yo tenemos algo preparado para ti.

Annabelle abrió los ojos como platos.

—¿Qué? ¿De qué se trata? —preguntó con curiosidad.

Marie esbozó una sonrisa de suficiencia.

—Gracias a algunos contactos... —sonrió aún más—. Estás recomendada para trabajar en Brown Infrastructure Operator. Mañana mismo tienes la entrevista de trabajo.

Annabelle casi tiró las tazas de café de la mesa al saltar de la silla y correr a abrazar a su prima. ¡No podía creer tan gran oportunidad!

—¿De verdad? No puedo creerlo... ¡Gracias! ¡Gracias!

Marie le devolvió la sonrisa y asintió con satisfacción. Annabelle chillaba de emoción. Con esa oportunidad cambiaría mucho su vida. Tal vez era la señal que estaba esperando para hacer un cambio interior y, de una vez por todas, vivir de verdad.

 

 

CAPÍTULO 1

Distinta

La entrevista en la empresa Brown había sido todo un éxito. Annabelle estaba viviendo un total sueño, jamás hubiera pensado que trabajaría en aquella constructora apenas después de terminar sus estudios. El logro era para alegrarse.

Por otro lado, todavía no superaba lo que había experimentado en la cafetería en la tarde anterior, ni consideraba superarlo. Lo recordaba y podía sentir su piel estremecerse. Era jodidamente indescriptible lo que había sentido por un total desconocido. Y, sin embargo, quería verlo. Ansiaba verlo de nuevo. ¿Sería de Illinois o un extranjero? Había infinidad de respuestas.

Probablemente ese fuera el amor de su vida, su alma gemela, y el momento se lo había revelado. Ahora ella tenía que buscarlo. Lo que había experimentado se parecía mucho a un relato que había escrito hacía tiempo.

Un segundo en que te miré y me miraste bastó para que te amara, y estoy segura de que mil siglos no serán suficientes para olvidarte.

Te reconocí cuando nos miramos; cuando te toqué, vinieron a mi mente recuerdos sentimientos, sensacionesolvidados, como fulgores y chispazos de otras vidas.

En su tiempo libre disfrutaba de los versos; leer y escribir poesía era una de sus aficiones favoritas. Pero tal vez estaba exagerando. Lo que había sentido con aquel desconocido no podía ser comparado con lo que escribía, tal vez era una atracción, la atracción más potente de todas. Siempre le había gustado sentirse dueña de sí misma, de sus sentimientos, de su destino; por ello en muy raras ocasiones aceptaba que estaba enamorada, porque, al estar enamorada, ya no era tan dueña de sí misma, mucho menos, de sus sentimientos. Y eso era algo que no pensaba cambiar. Sus sueños más reveladores solo se plasmaban en sus poemas, y ahí los encerraba.

Ann soltó un suspiro y decidió concentrarse en la realidad, si es que quería actuar con coherencia y sentirse todavía dueña de sus pensamientos.

Su tía Amanda y su prima Marie estaban reunidas en su casa, como regularmente lo hacían, aunque en ese momento su nuevo trabajo era el motivo de su visita.

Ann se sentía muy orgullosa por lo conseguido y, por supuesto, muy agradecida con su prima y con su hermano. Aunque tenía que admitir que estaba bastante nerviosa al respecto; sin embargo, se sentía capaz de cualquier cosa. Una de sus cualidades era la confianza que tenía en sí misma en el ámbito laboral.

—Muchas felicidades, Ann, esta es una gran oportunidad en tu vida, debes aprovecharla al máximo —dijo su tía Amanda, la hermana mayor de las Jones. Su madre, Alejandra, era la menor.

—Gracias, tía, así será; no defraudaré a nadie —respondió Ann. Y en verdad que haría que se sintieran orgullosos. Ese nuevo empleo constituía mucho más de lo que su familia pensaba. Estaba dispuesta a ser distinta. Como antes, antes de que la muerte de su padre cambiara drásticamente su vida y su entorno. Ya había pasado así muchos años, era hora de cambiar. Tenía ganas de vivir con intensidad. Y ese nuevo trabajo le daba el impulso necesario. A las personas les costaba hacer un cambio drásticamente, pero ella ya lo había hecho, y ahora lo haría de nuevo. Pensaba que cuando se tiene el suficiente coraje y la ambición de hacer algo, todo es posible.

En su familia todos trabajaban. Alejandra, su madre, laboraba como doctora en un hospital, y Jeremy, su hermano, como abogado en su despacho personal. Tenían un estilo de vida de calidad, no les faltaba nada, al contrario, su vida era acomodada, pero ella jamás lo aparentaba. Con sus ahorros había comprado una vieja camioneta, a pesar de la insistencia de su madre y su hermano en comprarle un auto moderno. Nunca lo aceptaba. Le gustaba ser autosuficiente, ganarse las cosas por ella misma y gracias a su esfuerzo.

Annabelle no conocía al dueño de la empresa, había escuchado que el empresario era hostil y frío con todos sus empleados —un amigo cercano de Jeremy había trabajado en aquella empresa por algún tiempo—. Si su jefe resultaba ser como le habían contado, tendría que controlar su temperamento, si es que quería permanecer dentro de la compañía.

—Me pregunto si el dueño estará tan bueno como dicen... —murmuró Marie lamiéndose los labios. Ann escondió una sonrisa. Ella no era cotilla, y por ello no veía en revistas, foros o periódicos a las personas más importantes de la ciudad. Ella vivía en su propio mundo. Además, apenas había regresado de Colorado y casi sentía todo como nuevo.

—¿Lo has visto? —preguntó. Su prima sonrió de lado y asintió levemente con la cabeza.

—Por lo que he visto en revistas podría decir que sí, efectivamente, aunque… bueno… Ya lo conocerás tú misma —musitó Marie antes de tomar un trago de agua.

—Cierto —aseguró Ann.

—¿Saben cuál es su nombre? —intervino Amanda con interés en la conversación de las muchachas.

—Peter Brown —respondió Annabelle con recelo. Se lo había dicho su prima. Su tía asintió y siguió comiendo. Durante los siguientes segundos, Ann miró de soslayo a su hermano Jeremy, que parecía el único que no estaba disfrutando de la reunión. De hecho, mantenía una mueca desagradable en el rostro.

—¿Por qué tan serio, Jeremy? —preguntó Amanda frunciendo el ceño. El aludido se revolvió en su asiento incómodo. Se sabía que a él no le gustaban las reuniones familiares, aunque su hermana dudaba que ese fuera el motivo de su actitud.

—Por nada —refunfuñó Jeremy desviando la vista.

Annabelle insinuó por qué estaba así, al recordar que ese mismo día él tendría una cita. Su hermano mayor era todo un rompecorazones que podía conquistar a cualquier chica que se propusiera. Y el muy idiota —según el parecer de su hermana— prefería estar saliendo con chicas al por mayor que convivir con su familia.

—¿No te alegra, hermanito? —preguntó Ann inocentemente. La joven se rio entre dientes al ver la expresión malhumorada de su hermano. Ellos tenían una relación bastante cercana, a decir verdad, por lo que se hacían bromas la mayor parte del tiempo.

—Claro que sí, enana —Jeremy se encogió de hombros—. Pero ya sabes por qué estoy así —se quejó esbozando una mueca. No es que sorprendiera que Jeremy estuviera más preocupado por las chicas que por cualquier otra cosa, ya que tenía veintisiete años, pero su hermana pensaba que iba siendo hora de que sentara cabeza, al menos un poco.

Su familia era bastante tradicional, sus abuelos —ya fallecidos— habían educado a sus hijas con un pensamiento bastante común en su época. Y las hijas, a su vez, hacían igual con sus hijos. Ann no compartía aquello, pero prefería no discutir, además de que nunca daba motivos, como su hermano.

—Ya tienes veintisiete años, Jeremy, deberías pensar en otras cosas y no solo en qué chica tirarte mañana —dijo Ann en una broma bastante pesada. Su madre la reprendió un poco con los ojos, pero no dijo nada.

Jeremy fulminó con la mirada a su hermana.

—Lo que haga con mi vida es mi problema. ¿De acuerdo? —replicó enojado. Por muy molesto que pareciera, en realidad no daba temor alguno, más bien parecía un niño regañado. Todos soltaron una risita entre dientes.

—Dejen de verme con esos ojos —protestó el muchacho aun con enfado. Annabelle sonrió una vez más negando con la cabeza. Era muy fácil sacar de quicio a su hermano.

Nadie más hizo un comentario al respecto y cada quien prosiguió con su comida. Las hermanas continuaron su plática y pasaron completamente de los chicos.

—Annabelle, creo que te tengo un poco de celos..., tendrás buen sueldo y un taco de ojo todos los días con tu jefe —sonrió Marie jugando con su cabello. La chica volteó los ojos. Su prima seguía insistiendo en lo atractivo que era el empresario, sin embargo, para ella eso no era de gran relevancia.

—Supongo que sí, aunque solo espero que todo salga bien. También estoy considerando llevar mi camioneta al taller —masculló refiriéndose al vehículo que con sus ahorros había comprado. La Suburban, que casi nunca había tenido problemas, últimamente parecía estar queriendo dar su último suspiro.

—Creo que le falta bastante ayuda a esa camioneta —indicó Jeremy, y ocultó una risotada tosiendo un poco. En realidad, la muchacha le había tomado bastante aprecio al auto, por el hecho de que ella misma lo había comprado.

—No es por ofender, pero tu Suburban pasa como el abuelito de mi coche —musitó su prima siguiéndole el juego a Jeremy. Ann soltó un bufido.

—Dejen de criticar mi camioneta, que bastante ha hecho transportándome por cuatro años —refunfuñó Annabelle cruzándose de brazos.

De repente, un flash le cegó la vista por unos segundos. Parpadeó enfocando su vista de nuevo y encontró al culpable. Su hermano tenía una sonrisa malévola en los labios.

—Qué linda te ves haciendo pucheros —se carcajeó Jeremy.

Su hermana lo fulminó con la mirada. Luchaba por contenerse y no quitarle el celular o, peor, confesar su mayor secreto, uno muy desagradable.

—¡Bórrala! —exigió Ann a punto de salirse de sus casillas. Su hermano le dedicó una sonrisa burlona.

—Claro que no, la subiré a Facebook para que todos puedan ver cómo...

—¡Oye, Marie!, te diré el secreto más grande de mi hermano, fíjate que hace...

—¡Espera! Está bien, voy a borrarla, ¿vale? —suplicó el joven con el nerviosismo planchado en la voz. Al parecer tenía bastantes ventajas saber el secreto más oscuro de una persona.

—Está bien, pero en otra ocasión no me contengo —le advirtió su hermana con una sonrisa de oreja a oreja. Jeremy le sacó la lengua en un acto propio de un niño de cinco años, aunque, si se ponía a pensar, en realidad su hermano no tenía la madurez de un adulto. Empezando por sus citas nocturnas.

—Me vengaré —dijo Jeremy mirándola seriamente. Su hermana sonrió con suficiencia. Como si supiera de ella todo lo que ella sabía de él. Y lo sabía todo por culpa de los descuidos del joven, por ser un despistado y dejar su celular en cualquier parte o soltar las cosas muy fácilmente.

—Hijo, deja de comportarte de esa manera no propia de tu edad —intervino su madre de repente. Jeremy se levantó de la mesa echando humo. Para nada le gustaba quedar mal frente a nadie.

—Ya vas a empezar —gruñó el aludido antes de subir las escaleras con las orejas coloradas por lo irritado que estaba. Cuando se enojaba las orejas se le ponían realmente rojas, característica heredada de su padre.

—Es mejor así —dijo Amanda a su hermana menor, que luchaba por no levantarse e ir detrás de su hijo.

—Lo hago por su bien. Un joven de su edad debería estar ya más centrado o, por lo menos, pensar en su futuro —siguió protestando Alejandra con enojo.

Ann entendía el pensamiento de su madre, ella siempre les había dicho que quería que fueran unas personas maduras y que ejercieran su trabajo adecuadamente. Su hermano era abogado, aunque en realidad no le ponía mucho empeño, como sí a las chicas. Podría llegar a tener un buen sueldo, pero parecía que no había superado la etapa de la adolescencia todavía.

—Bueno, nos tenemos que ir —anunció Amanda levantándose de la silla—. Que tengas buena suerte mañana en tu primer día de trabajo, y muchas felicidades, hija —animó Amanda a su sobrina.

—Gracias tía, yo también lo espero —ratificó Ann pasándose la mano por el cabello. Comenzaba a sentirse una nueva persona. Viviría su juventud con intensidad, sería feliz, y haría lo que le diera en gana; claro, sin perder su responsabilidad, pero ella anhelaba eso, sentir la vida.

Su madre ese día trabajaba por la tarde en el hospital. Realmente, Alejandra se la vivía en el hospital, amaba su profesión, y, como sus hijos ahora eran mayores, ya no tenía tantas atenciones con ellos. Amanda era contadora. Ellas salieron de la casa y dejaron a las primas solas. Marie se quedaría unos minutos, ya que su novio pasaría a recogerla.

—Hay que ver la tele —sugirió Marie dirigiéndose al sofá, donde se echó cómodamente. Ann se recostó en el otro sillón que estaba al lado y encendió el televisor. Pasó todos los canales con el control remoto, pero ninguno llamaba de verdad su atención. Después de unos minutos que aprovecharon para platicar, escucharon un claxon desde afuera. Seguramente, era el novio de su prima.

—Ya llegó mi novio —se excusó Marie; se levantó y tomó su bolso. La joven se despidió de ella y le deseó buena suerte. Sin embargo, muy dentro de ella, aunque no lo admitiera, sentía envidia de la relación que llevaba su prima con su novio. Ya tenía veintidós años y su vida amorosa era tremendamente aburrida, como todo lo demás. Aunque, claro, eso pronto cambiaría.

Hacía más de tres años que había tenido su último novio —el segundo en toda su vida— y, la verdad, ya empezaba a sentirse más amargada que una señora de la tercera edad. Sentía que le faltaba algo a su vida, más emoción, más cosas por conocer y experimentar; se estaba volviendo ridículamente plana.

Por eso mismo, desde ese justo momento se propondría ser una persona distinta. Ya no quería seguir siendo la misma chica buena en todo, pero temerosa ante cualquier chico que la invitara a salir; quería al menos tener algo qué contar en una plática de chicas, ya que siempre era ella la que menos experiencias exhibía. Tenía anhelos de vivir sin pensar en lo que dijeran los demás. Se arriesgaría, pues era la única forma de tratar de ser feliz. Si seguía así, se arrepentiría más tarde por lo que no hizo cuando tuvo la oportunidad. Y ese no sería su caso.

Cuando Marie se fue, siguió pasando los canales hasta que encontró una película que llamó un poco su atención. Entonces escuchó pasos que provenían de la escalera. Esperaba que ya se le hubiera pasado el enfado a su hermano, ya que, si no, era insoportable. Jeremy cambiaba muy rápido de emociones, por ello no podía ser estable con ninguna chica.

El muchacho, sin decir nada, se recostó en el otro sofá. Ann no le prestó demasiada atención y siguió con la vista fija en la pantalla, hasta que de pronto una escena de auténtico erotismo comenzó a reproducirse. Era una de esas películas. La chica abrió los ojos como platos y su hermano empezó a carcajearse al ver su expresión, convertida en un poema.

—¡No puedo creerlo! No sabía que te gustaba eso, hermanita —se burló Jeremy alzando una ceja. La sangre subió a las mejillas de la joven y buscó con desesperación el control. Cuando al fin lo encontró, apagó la pantalla ignorando la cara de decepción de su hermano. Era un cerdo.

—¡Ay, por Dios, Jeremy! No soy una pervertida como tú —reprochó con cierto enfado. En realidad, no le asustaba ver ese tipo de películas, ya que era completamente normal, pero verlas con su hermano era demasiado repugnante.

—Tienes veintidós años, Annabelle. Deberían gustarte esas películas —se burló Jeremy luciendo su perfecto juego de dientes. Su hermana apretó los suyos irritada.

—No todos tienen tu mente pervertida, hermano —sonrió Annabelle con burla. Jeremy se encogió de hombros y estiró su cuerpo musculoso. El ejercicio manifiesto en su cuerpo y el rostro bonito que poseía le daban bastante ventaja con las chicas. Su hermano era todo un don Juan. Cómo le encantaría que su hermano encontrara el amor, por lo menos una vez.

—En realidad, todos la tienen, tal vez tú más que yo; ya sabes qué se dice de las...

—Deja de decir tonterías, Jeremy —lo interrumpió su hermana sacudiendo la cabeza con desaprobación.

—¡Venga ya!, admite que también tienes locos pensamientos —dijo el muchacho robándole el control de la tele en un abrir y cerrar de ojos. Aunque ella intentó quitárselo, era inútil, así que regresó nuevamente al cómodo sofá, y tuvo que soportar las escenas explícitas y subidas de tono.

—Ya te dije que no soy como tú, Jeremy —se defendió Annabelle exasperada. Y, sin más remedio, trató de ponerle atención a la película que, más bien, parecía una película sobre puro sexo, sexo y más sexo.

De pronto, algo que ya no había sentido últimamente empezó a ocurrir en su cuerpo. Sus mejillas se iban calentando más conforme las escenas iban subiendo aún más de tono. Y, aunque no quería admitirlo, comenzaba a gustarle. Era una auténtica vergüenza.

Un torrente de emociones invadía su cuerpo, solo rogaba que su hermano no se diera cuenta de su estado ridículo. Trató de respirar profundo y pensar en otra cosa, mas su mente no dejaba de divagar por escenarios poco agradables. Lo peor era que un desconocido era el protagonista. ¡Maldición! Eso pasaba cuando reprimía sus pensamientos más oscuros todo el tiempo.

—¿Ann, eres virgen? —preguntó de repente Jeremy.

Su hermana entrecerró los ojos sorprendida. Si ya estaba totalmente roja, ahora debía parecer un tomate. Su hermano era un experto en hacerle preguntas incómodas.

Ya no era virgen, pero no pensaba decírselo a su hermano. No tenía por qué enterarse de qué era lo que pasaba en su vida privada. Le gustaba guardar sus propios secretos. Ella era dueña de sí misma, de sus secretos, de sus pensamientos, incluso de sus sentimientos. Aunque no quería reflexionar sobre ello, sabía que temía amar de nuevo por la posibilidad de perder después a una persona querida, justo como su padre. Sin embargo, el deseo sexual era muy diferente, y con ese no podía hacer nada.

—¿A ti qué te importa? —preguntó Ann enojada. Jeremy se encogió de hombros, pero sin dejar de esbozar aquella sonrisa burlona. Se quitó los zapatos y se recostó de lado en el sofá.

—¿Ni siquiera a tu hermano le dirás? —insistió fingiendo un puchero. Si seguía así, faltaba muy poco para sacar de sus casillas a su hermana.

—Eso no te incumbe —Annabelle se cruzó de brazos resoplando con enojo.

—¿Por qué no me lo dices? ¿Hay algo malo con ello? —insistió Jeremy con diversión.

—¡Sí! ¡Hay mucho de malo en ello! ¡Deja de hacer ese tipo de preguntas! —gritó su hermana levantándose del sofá. Subió a su cuarto y cerró de un portazo.

Annabelle terminó de hacer todas sus necesidades antes de irse a dormir, y minutos después ya estaba acurrucada en la cama sin poder pegar un ojo.

Al día siguiente empezaría oficialmente su trabajo y se sentía muy nerviosa, tal vez, demasiado. Recordó los viejos tiempos del instituto, los primeros días de clase. Esa misma emoción la estaba experimentando ahora. Y después de tanto divagar, finalmente, en medio de las penumbras y unos ojos azules nebulosos, se quedó dormida.

Soy una Annabelle distinta. Social, divertida y atrevida. La chica escondida quedará enterrada para siempre. Ese sería su lema. Vivir o no vivir. Y ella quería gozar.

A la mañana siguiente despertó con el corazón desbocado en su pecho, y es que había tenido un sueño bastante malo. Se levantó de la cama bostezando un poco, para comenzar a arreglarse lo más rápido posible. No quería llegar tarde a su primera jornada de trabajo.

Para ese día había escogido una falda negra, una camisa blanca de manga larga y unas zapatillas negras que no eran tan altas. Se contempló en el espejo. Sus ojos avellana y su cabello castaño contrastaban con su piel blanca. Se recogió el largo cabello en una coleta alta que le hacía sentir un poco sexi.

Sin perder más tiempo, bajó rápidamente las escaleras; su hermano ya estaba desde temprano pegado a la computadora que se encontraba en la sala. Lo miró con desaprobación cuando volvió la vista hacia ella.

—Te ves bien, Ann —la elogió Jeremy con una sonrisa torcida. No pudo evitar sentirse satisfecha con su comentario. Le estaban asustando sus pensamientos, pero realmente ella quería algo diferente, estaba cansada de pasarse las tardes dentro de casa mientras Jeremy era un loco en la calle. Y lo peor era que su madre no veía de igual forma las actitudes de sus hijos, tal vez solo porque él era hombre y ella mujer. Odiaba eso. Le repugnaban esas diferencias.

No era que quisiera volverse una cualquiera, solo quería experimentar más emoción y adrenalina en su vida. Y eso incluiría hacer algo que nunca había hecho antes, si tenía la oportunidad.

Ann se dirigió a la cocina por un vaso de leche antes de irse.

—¡Ya me voy, Jeremy!, y, por favor, vete a trabajar —le sugirió su hermana antes de salir de la casa.

—¡Lo que tú digas! —alcanzó a oír su voz. Con una sonrisa de emoción, Ann se apresuró hacia su camioneta, que esperaba que no le diera problemas en el camino. El tiempo no podría estar mejor, el viento fresco le cortaba las mejillas y el sol comenzaba a alzarse sobre la ciudad.

Annabelle iba manejando por las calles de Illinois, Chicago, apretando demasiado fuerte el volante; incluso sus nudillos se habían tensado hasta el punto de volverse blanquecinos. No tenía nada qué temer, trataba de convencerse mientras respiraba con inhalaciones prolongadas. Había sido una de las mejores en su universidad, debía estar bien preparada. ¿Por qué se ponía nerviosa? Bueno, no intentaría ser tan dura consigo misma. Después de todo, era su primer día de trabajo. Consideró que era lo suficientemente normal, como para cualquier novato. Y más en su caso, al comenzar su experiencia laboral en una empresa de importancia, una de las mejores del ramo de la construcción en la ciudad. Marie le había contado que se había enterado de una vacante en la asistencia del director general, por lo que no dudó, con la ayuda de Jeremy, en solicitar los requisitos para que ella tuviera posibilidad de presentarse. Ann intuía que seguramente algún tercero tuvo que intervenir en aquello para que le dieran la oportunidad, pero era algo que su prima y su hermano, estaba segura, no iban a decirle.

En el trayecto se preguntó cómo sería el empresario, pero decidió no darle muchas vueltas al asunto. Pudo buscar la noche anterior fotos del director, pero no lo hizo, no le dio gran importancia. Fuera quien fuera, ella pondría su mejor empeño. Llegó al aparcamiento de la empresa y estacionó la Suburban que contrastaba con los lujosos coches que había allí. Podría tener fácilmente un coche mejor, pero, como siempre, todo lo que tenía era con base en su esfuerzo. Le gustaba controlar su vida.

Sin detenerse demasiado tiempo dentro de la camioneta, salió del vehículo con paso firme y se dirigió a la entrada del edificio, donde el nombre de la empresa resaltaba.

Tomó el elevador, y la puerta se abrió en el décimo piso, como estaba indicado en la ficha que en la entrevista le habían proporcionado. Caminó por un largo pasillo y llegó a la recepción donde había dos jóvenes que atendían. Una era rubia de ojos azules, y la otra, morena de ojos acaramelados con grandes anteojos. Caminó hacia ellas con toda la seguridad que pudo reunir. La morena era la que le había hecho la entrevista.

—Buenos días, soy Annabelle Jones —se presentó alzando los hombros.

La muchacha morena asintió y cogió el teléfono rápidamente. Habló con alguien menos de diez segundos.

—Encantada, señorita Annabelle, el señor Brown la espera en su oficina; conversará un poco con usted, ya que será, como le dije ayer, su asistente personal. Buena suerte —comentó la joven con una sonrisa y le señaló el pasillo por donde debía caminar. La muchacha asintió y tragó saliva. Ahora era el momento cuando los nervios le empezaban a traicionar un poco. Por ello, irguió los hombros y mostró seguridad en su caminar. No era ninguna niña novata.

Avanzó despacio hacia la puerta donde le esperaba el director Brown. Tomó una gran bocanada de aire antes de abrir la puerta y encontrarse con un par de ojos azules totalmente hipnotizadores. E increíblemente parecidos a los de aquel desconocido.

El aire se quedó atorado en su pecho y soltó un jadeo entre los labios carnosos.

Ante ella estaba el hombre impresionante y atractivo que había visto en la cafetería. Y, al igual que aquel día, la atracción surgió como un volcán en erupción en las venas. Esos ojos la recorrieron, reconociéndola, estudiándola seriamente. Como sus capacidades de controlarse y permanecer serena se lo permitieron, se removió un poco y caminó hasta quedar enfrente de él, aunque separados por su escritorio, donde reposaban libros, hojas sueltas, un ordenador y un bolígrafo.

Trató de que al hablar su voz sonara fuerte y segura, y no revelara lo que en su interior se producía absurdamente. La rarísima atracción que no podía controlar.

—Soy Annabelle Jones, señor Brown.

Sus ojos azules le penetraron a través de sus largas y espesas pestañas. Algo en ellos brilló mientras la miraba, con una mirada especial, como si en ella estuviera viendo algo más que solo una muchacha. No podía describirlo con exactitud.

Las piernas le temblaban ligeramente, no lograba comprender por qué ese tío estaba teniendo en ella ese efecto tan desesperado, tan arrebatador y alucinante. El hombre desvió la vista de ella como si mirarla lo afectara de algún modo, y una sonrisa temblorosa apareció en sus labios haciéndola derretir ahí mismo.

—Peter Brown, encantado de conocerle, señorita Jones.

 

 

CAPÍTULO 2

Jodidamente bien

Después de decirle al jefe su edad, veintidós años, y él al mismo tiempo decir la suya, veintisiete años, sentada en esa silla, Annabelle no podía estar más nerviosa. Ese hombre que tenía delante era impresionante, algo tenía que desde la primera vez que lo vio no podía quitarle la vista de encima. Y es que la atracción seguía ahí, flotando en el aire que respiraba. Cada vez que él la sorprendía mirándolo, el aludido sonreía levemente y ella desviaba la mirada. Annabelle se aseguraba que él ya estaría acostumbrado y le estaría divirtiendo sobremanera que ella estuviera actuando de esa forma.

—¿Está de acuerdo con el sueldo ofrecido? —preguntó el hombre de exquisitos ojos azules. Bien, la muchacha se rendía con sus pensamientos. La jodida atracción estaba arruinando su presentación. ¿Por qué sentía eso? Había visto en su vida muchos hombres demasiado atractivos e imponentes, y con ninguno se había sentido tan ensimismada, tan perdida y, mucho menos, atraída. Ni siquiera sus antiguos novios alcanzaban ese nivel de atracción que hervía en ella. Estaba tan preocupada que olvidó lo que le había preguntado. ¡Dios! No estaba actuando con normalidad. No era ella. Ese vértigo de emociones nublaba su atención.

—Disculpe, no volverá a pasar. ¿Qué fue lo que me preguntó? —reaccionó Annabelle sin dejar entrever ninguna emoción, hasta donde fue capaz. Esperaba que el hombre no se molestara y ella le diera una mala impresión y, así, acabara rechazándola. La chica apretó los labios en una fina línea, y él alzó una ceja. De nuevo, el hombre posó su mirada en ella, y Ann pudo captar otra vez el brillo que había en sus ojos al mirarla. Pero no era un brillo como de una atracción emergente. Era más especial, como si no la estuviera mirando a ella solamente.

—¿Se encuentra bien, señorita? No la veo muy concentrada —musitó él con la voz aterciopelada.

—Eh, nada, solo que usted no es lo que esperaba, bueno yo... Lo vi en la cafetería hace algunos días, por eso estoy un poco sorprendida —comentó ella... ¡Cállate de una buena vez, Annabelle! ¡Vas a echar a perder la oportunidad de trabajar aquí como su asistente!, le gritó su fuero interno. Peter Brown no quitaba su mirada azul de ella y, en realidad, eso no le estaba ayudando demasiado.

—Entiendo. Tampoco usted es precisamente lo que esperaba... —musitó desviando la mirada. Ella no quería seguir con el tema ya que lo más seguro era que le terminaría diciendo todo lo que pensaba sobre él y sus ojos y la atracción que sentía cerca de él. Annabelle ladeó la cabeza, intentando recordar lo que él le había preguntado al principio, lo tenía en la punta de la lengua.

—Bueno, yo... —de repente lo recordó—. ¿Me había preguntado sobre el sueldo? —preguntó cambiando drásticamente el tema. Él abrió un poco más los ojos y sacudió la cabeza ligeramente. Parecía de pronto un tanto distraído. Se había perdido unos instantes en sus pensamientos.

—Sí, sobre eso, Annabelle —aclaró el señor Brown acariciando el nombre de ella con la lengua. Ann se reprendió a sí misma, ya hasta se estaba creando alucinaciones con ese hombre.

—Estoy de acuerdo, señor Brown.

De nuevo, pudo reconocer en los ojos azules del hombre lo especial que parecía mirarla. Se levantó de la silla. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero sin duda sentía que la estaba viendo de una forma intensa y nostálgica, sí. Se sentía expuesta.

—Su oficina es la primera puerta a la derecha. Si necesita algo, llámeme desde el teléfono que está en el escritorio, y cuando yo la necesite, igualmente coja el teléfono con rapidez. Por ahora, tiene pequeños trabajos indicados en su ordenador, trate de hacerlos bien —le explicó con cordialidad. El hombre se levantó también y de nuevo ella se contuvo para no soltar un suspiro delatador. ¿Pero qué tiene ese hombre? ¿Qué come para ser tan jodidamente sexi? Intentó detener sus pensamientos ante la incoherencia de estos. ¿Acaso la comida te hace sexi?

Haciendo caso omiso de esas ideas, Ann se dio la vuelta mirándolo por última vez y, antes de que abriera la puerta para salir de aquella oficina, él habló.

—Le deseo suerte, señorita Jones —dijo con una sonrisa en los labios y con las manos metidas en los bolsillos.

—Gracias —murmuró ella sin aliento antes de salir.

Llegó a la pequeña oficina con el corazón desbocado. Abrió la puerta y la cerró tras de sí rápidamente. Annabelle recostó su espalda contra la puerta y se llevó las manos a la cabeza. ¿En verdad estaba sintiendo todo eso? Parecía irreal la atracción que surgía en ella, pero era real. Desde aquel segundo en la cafetería ya estaba perdida. Seguramente era un sueño de ella, ese hombre no podía ser real. Intentó pellizcarse, pero nada. Todo era real.

Con sus palpitaciones más tranquilas, se sentó en la silla y contempló por primera vez su nueva oficina. Era elegante y muy bonita. Las paredes eran de un blanco cremoso, además tenía una enorme vista a la ciudad gracias al ventanal que había en una esquina.

La computadora que utilizaría estaba encendida y ya tenía todas las instrucciones de lo que debía hacer. Recordó que ese era su día de prueba, por lo cual no podía permitirse ningún fallo. Intentó quitarse del pensamiento a ese hombre y concentrarse en el trabajo, pero no resultó tan fácil como hubiera querido.

La joven estaba tan concentrada tratando con un texto que no escuchó la puerta abrirse. Cuando sintió la presencia de alguien levantó la vista y volvió a encontrarse con esos irresistibles ojos azules que, otra vez, parecían estar viendo en ella algo más. Era una sensación bastante extraña.

—Señorita Jones, necesito que envíe este archivo a esta cuenta con estos datos —dijo su jefe extendiéndole un sobre que ella recibió; después apoyó su peso con los brazos en el escritorio.

—Por supuesto, señor Brown, solo hubiera llamado, no se moleste en levantarse —ella trató de ser amable y profesional. No seguía mirándole a los ojos, así podía ser mucho más coherente.

—Podría ser, pero gano mucho con venir —contestó él sin ninguna gracia. Casi se le ocurre abrir la boca para preguntar a qué venía aquel comentario, mas se mordió la lengua.

Sin decir nada, su jefe salió de la oficina. Annabelle se quedó viéndole de espaldas, hasta para caminar ese hombre era sexi. ¿Pero qué carajos le sucedía con él? ¿Por qué su cuerpo lo había elegido como potente pareja sexual? Ella no era de esas personas que sentían afecto al instante por alguien, y ese hombre le estaba provocando otras cosas. Sacudió la cabeza para dispersar sus atontados pensamientos.

Pasó el día en la empresa y tan rápido ya estaba a punto de terminar la jornada. Dejó todo en orden y salió de la oficina. No sabía si debía avisar a su jefe que ya se retiraba, pero por cobardía, o más bien por nerviosismo, prefirió no hacerlo. De cualquier manera, al día siguiente le informarían si quedaba fija en el puesto. Además, reflexionando sobre la situación inexplicable con sus deseos, no estaba segura de si soportaría verlo todos los días y no sentir ganas de nada indecente.

Annabelle tomó el elevador y, cuando estaba a punto de retomar su camino por el pasillo, se encontró a su jefe caminando frente a ella. Ahora que estaba muy cerca de él, se daba cuenta de que, en realidad, era muy alto.

—Yo... ya me retiraba —comentó la joven con nerviosismo. Él sonrió de lado totalmente relajado, con las manos en los bolsillos.

—Espere, ¿le gustaría ir a cenar conmigo ahora mismo? Para conocernos mejor, nos estaremos viendo todos los días, al parecer —dijo su jefe con amabilidad. Ann abrió los ojos sorprendida. ¿Había escuchado bien? Su corazón no podía estar más desbocado que en ese instante. No entendía el interés de parte de su jefe. Tampoco entendía por qué la miraba de aquella manera tan especial, como si fuera otra persona mucho más cercana.

Lo mejor era aceptar. Estaba por conseguir el puesto y, al parecer, por lo que había dicho su jefe, ya lo tenía en el bolsillo; además, tenía bastante hambre. Asintió con la cabeza esbozando una sonrisa. Su jefe le devolvió el gesto con satisfacción.