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© 2019, Araceli Samudio

© 2019, de esta edición: Nova Casa Editorial

 

Editor

Joan Adell i Lavé

Coordinación

Abel Carretero Ernesto

Portada

Ada Reyes

Maquetación

María Alejandra Domínguez

Corrección

Nathalia Tórtora

Primera edición: mayo de 2019

ISBN: 978-84-17589-85-1

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917021970/932720447).

 

 

 

 

 

 

Prefacio

Tais

A veces el tiempo transcurre lento y pareciera que la vida no avanza, otras veces solo hacen falta segundos para que todo dé un brinco, para que las cosas pasen de estar de una manera a otra por completo distinta. Hoy hace ocho meses desde que Carolina volvió a Alemania y, en estos ocho meses, todo ha cambiado.

Estoy aquí, sentada en mi cama, sintiendo la horrible incertidumbre que genera el cambio. Aún recuerdo el día en que me enteré que mis padres habían fallecido. No me lo dijeron enseguida, pero vi a mi abuela desmoronarse al teléfono y luego caer al suelo desmayada, vi a mi abuelo tornarse pálido al sujetar el aparato que mi abuela había soltado, lo vi llorar por primera vez. Sin más, lo supe.

Era una tarde como hoy, muchos años atrás, en la que me pregunté: ¿por qué? ¿Por qué me ocurren estas cosas a mí? ¿Qué he hecho mal?

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y, sin embargo, hoy me encuentro con la misma pregunta, pero no solo referente a mí, sino a la gente que quiero: ¿por qué? ¿Por qué mi tío no puede ser feliz? Él solo ha hecho cosas buenas a lo largo de su vida. ¿Por qué Carolina se tuvo que ir así? ¿Por qué, a pesar de que se han perdonado, a pesar de que han estado juntos y de que dijeron haberlo arreglado todo, no han podido hablar en realidad? Ella se fue una vez más sin despedirse de él, y él no dijo nada, solo lo aceptó. Desde ese día es otra persona.

No lo entiendo, no digo que tengan que estar juntos, quizás en algún punto los errores los han alejado demasiado, a lo mejor, como me dijo Lina: «No todo aquel que entra en tu vida viene para quedarse». Quizá, como cree papi, sus tiempos nunca están coordinados. Pero ¿acaso no es el amor suficiente para vencer los obstáculos? ¿No es eso lo que nos repiten las películas, las novelas, las historias de cualquier tipo?

El caso es que el amor se les escapó de las manos, la esperanza se les escabulló entre los dedos y pareciera que el corazón de papi se ha secado. Creo que no me gusta el hombre en el que se ha convertido; es más, estoy segura de que no me gusta para nada.

Es casi medianoche y el vacío se siente en la casa, el frío de la soledad ha inundado nuestro hogar. Me gustaría ver a mi tío encontrar una salida, pero siento que se ha rendido. Y no hay peor fin para una persona que ese: agotar sus fuerzas y abandonar su lucha.

Hay demasiadas cosas que no entiendo, ellos tienen aún mucho para darse. ¿Por qué es tan difícil para dos personas que se aman encontrar una salida? Solo sé que me siento sola y que crecer es menos divertido de lo que pensaba.

 

Distancia

Ocho meses pueden parecer mucho tiempo, y lo es, dependiendo del punto de vista con que uno lo vea. Para Carolina, esos ocho meses habían sido incluso más difíciles que los tantos años que había pasado separada de Rafael. Pensaba que la vida —el karma, el destino o como lo quieran llamar— se había cobrado su venganza.

Llevaba ocho meses en Alemania y no había vuelto a hablar con Rafael; ella no le había escrito, pues no quería saber de él y de su relación con Lina o con cualquier otra mujer y, por algún motivo —que ella desconocía—, Rafael tampoco la había buscado.

Aquello le dolía, no esperaba que las cosas resultaran de ese modo. En realidad, cuando viajó con la idea de buscarlo, no deseaba nada más que su perdón, pero al haberlo obtenido, y luego de los momentos vividos junto a él, no pudo evitar sentirse esperanzada. Una esperanza que al parecer no había tenido fundamento alguno, porque para él no había significado nada.

No podía concebir la idea de que Rafael hubiera cambiado tanto como para convertirse en un hombre vengativo, pero tampoco podía evitar sentir que él la había utilizado. Que, por primera vez en la historia —en su historia—, Rafael había hecho algo que ella no hubiera esperado jamás de él: usarla y luego dejarla, como otros tantos hombres hicieron en su vida. Aquel pensamiento fue inyectándose con lentitud en su sistema a lo largo de los meses de silencio y, como no había ningún motivo para creer lo contrario, Carolina empezó a pensar que esa era la única explicación lógica; aunque doliera, era una explicación que le ayudaba a conciliar el sueño. Quizás él no la había perdonado, solo había fingido hacerlo para poder vengarse de ella, para tomarla e ilusionarla antes de dejarla y que ella sufriera como él lo había hecho en el pasado. ¿Sería Rafael capaz de algo así?

Por momentos no lo creía factible, su corazón intentaba hacerle creer que esa era una explicación rebuscada. Pero entonces recordaba que ocho meses eran demasiado tiempo para no intentar comunicarse aunque fuera como amigos. Con Taís hablaba casi a diario, pero, por algún motivo que Carolina desconocía, ella no le hablaba sobre su tío y se limitaban a conversar sobre sus propias vidas: Rodrigo, la danza, el negocio o cualquier otro tema personal. Carolina tampoco tocaba el asunto porque no quería incomodar a Taís ni quebrar su amistad con ella.

El llanto del bebé la sacó de sus pensamientos, Carolina caminó hasta la habitación del pequeño Adler y lo tomó en brazos.

—Hola, chiquito. ¿Por qué lloras? —le preguntó mientras lo acunaba.

Adler dejó de llorar enseguida y pronto cayó dormido de nuevo. Carolina no lo quiso dejar en la cuna, por lo que se enrolló el fular portabebés y colocó al pequeño contra su pecho para que durmiera tranquilo mientras ella se encargaba de contestar algunos correos electrónicos que tenía pendientes.

Hacía un tiempo —apenas un mes después de volverse a Alemania— Taís le había confesado que había tomado el libro de su cartera. Carolina no se molestó, aunque hubiera preferido que se lo dijera en su momento; después de todo, ella misma le había regalado una copia del borrador del libro y no le importaba que lo leyera.

Taís le dijo que leer su vida había sido emocionante y que solo podía decirle que la admiraba aun más que en un comienzo. Aquello emocionó a Carolina, quien por un instante sintió miedo —o vergüenza— de que Taís supiera toda su vida. No era lo mismo que leyera aquello cuando desconocía que era sobrina de Rafael a que lo leyera cuando ya lo sabía, la hacía más cercana, más partícipe de dicha historia. Sin embargo, la reacción de Taís fue positiva, lo que llenó de alegría el corazón de Carolina, quien había estado a punto de renunciar a sus sueños de publicar ese libro.

En efecto, en su bandeja de correo tenía un e-mail de la editorial de su tierra natal con la cual había firmado el contrato. El libro estaría disponible para la venta en muy poco tiempo y se estaba organizando un lanzamiento en la ciudad, así que ella debería regresar en unos meses al sitio que la vio crecer, aquello le generó ansiedad.

Una vez que respondió todos los correos electrónicos que tenía pendientes, apagó la computadora y fue a preparar algo para cenar. Niko llegaría de un momento al otro y de seguro vendría con hambre; además, Adler despertaría pronto y necesitaría alimentarse también.

Antes de que ella pudiera llegar a la cocina, el bebé abrió sus pequeños ojitos color miel —muy parecidos a los de su padre—. Carolina sonrió y lo besó en la frente, le encantaba llevar al bebé en esa tela que se liaba alrededor de su cuerpo, había aprendido un montón de cosas desde que se juntaba con Berta, entre ellas los asuntos referentes a la crianza respetuosa.

Berta era fanática de la vida sana y de las cosas naturales, estaba a favor de las corrientes de crianza respetuosa y de maternidad consciente. Fue ella quien le enseñó a Carolina sobre las necesidades fisiológicas y emocionales de los bebés, por qué no había que dejarlos llorar, que debían mamar a demanda y que era mejor que durmieran con los padres o, al menos, lo más cerca posible de ellos. Su amiga le enseñó sobre la importancia de la lactancia materna y del porteo, que se trataba justamente de llevar al bebé con mochilas o dispositivos especiales que no dañaban al desarrollo de su columna ni de sus caderas y que estaban diseñados para cada etapa del desarrollo del bebé. Carolina nunca se había sentido tan cerca de la maternidad en el pasado, incluso comenzaba a replantearse sus propios conceptos.

—¡Hola! —saludó Niko como siempre lo hacía cuando ingresaba a la sala.

Observó de un lado al otro en busca de Carolina hasta que la vio bajar las escaleras que daban a los cuartos en el primer piso, traía a Adler en el fular.

—¡Hola, Niko! —saludó ella, acercándose—. Adler está despierto y tuve que dejar la comida a medias para ir a cambiarlo y darle la leche. Lávate las manos para poder cargarlo mientras termino la cena —ordenó y Niko sonrió para luego obedecer.

Él se colocó entonces el portabebés y luego metió a su hijo dentro mientras lo llenaba de besos. No había nada en el mundo que le importara más que ser un buen padre para ese pequeño. Jamás pensó que la vida le daría la oportunidad de volver a ser papá y, aunque al principio tuvo muchísimo miedo, su señora le dio la suficiente confianza para creer que sería un gran padre.

Durante el tiempo que duró el embarazo de Adler, Nikolaus sanó muchas heridas que aún tenía abiertas incluso sin saberlo y, gracias a su mujer y a sus amigos que lo conocían y lo apoyaban, pudo salir adelante y entenderse capaz de ser un gran padre.

Incluso su exmujer se lo dijo una vez. Cuando se enteró por una publicación de Facebook que Niko tendría un hijo le escribió un mensaje privado.

«Hola, Nikolaus,

Sé que hace mucho que no hablamos, aunque siempre te sigo por redes sociales. Por eso me he animado a escribirte, he visto que esperas un hijo. Solo quería decirte que no temas, sé que las cosas no salieron bien entre nosotros y que probablemente te he hecho mucho daño, que te hice sentir culpable por lo que sucedió. Cuando me volví a embarazar también tuve miedo, pero finalmente las cosas salieron bien y hoy mi hija es una niña feliz… como también lo era nuestra pequeña Frieda.

No quiero entretenerte ni tocar temas que despiertan recuerdos dolorosos, solo quiero decirte que lo harás bien, Niko. Siempre has sido un gran padre. No temas.

Marian».

Aquella nota removió todo dentro de él, se la leyó a Carolina con lágrimas en los ojos. Admitió que fue sanadora, liberadora y que, si Marian pudo rehacer su vida, él también podría.

Se acercó a la cocina para ver a Carolina cocinar y para conversar con ella. Le dolía muchísimo que las cosas para su amiga no hubieran salido como lo esperaban, que al final todo quedara inconcluso o… confuso. No entendía por qué Rafael había actuado con ella de la forma en que lo hizo y, aunque en un par de ocasiones se le ocurrió la loca idea de escribirle y preguntárselo de hombre a hombre, finalmente no lo hizo, temía que esa intromisión enojara a Carolina y no quería que sufriera más.

Según lo que ella le había contado, habían hablado sobre el pasado, se habían perdonado y lo habían resuelto. Incluso le contó lo que había sucedido algo entre ellos y que, luego, Rafael empezó a mostrarse frío y distante. Que, desde que ella regresó, él ni siquiera la había buscado.

Desde donde Niko podía ver la historia, Rafael había amado a Carolina y también había sufrido. Pero la idea que se había hecho de él era la de un hombre bueno, con un corazón grande que era capaz de perdonar e incluso de volver a amar a esa mujer que a sus ojos valía tanto. Sin embargo, ahora parecía comportarse como un hombre frío, vengativo y rencoroso.

Carolina le había dicho que él quizá solo había buscado vengarse, pero Niko no estaba tan seguro de ello. No le parecía que Rafael fuera de esa clase de personas, aunque la vida le había enseñado que nada es lo que parece y que la gente no siempre es como se cree. Así que no podía estar seguro.

De todas formas, quería que Carolina fuera feliz de una vez, como lo era él. La felicidad parecía escabullirse de las manos de esa mujer a quien la vida le había mostrado su peor cara desde muy pequeña. Él la admiraba, su amiga era fuerte y no se dejaba vencer. Ella era una persona llena de luz que, con esa luz, lo había ayudado a salir de la oscuridad. Él siempre se sentiría agradecido y estaría para ella, para lo que necesitara.

 

Alcohol

Rafael se encontraba en su estudio, era sábado por la noche y él estaba adormilado. Alguna mujer cuyo nombre no recordaba yacía en su cama cuando un portazo lo terminó por despertar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Taís al verlo casi inconsciente sobre su escritorio, estaba en boxers; una botella de vino a medio tomar descansaba a un costado del mueble.

—¿Qué horas son estas de llegar? —preguntó Rafael al observar que el reloj marcaba casi las cinco de la madrugada… o las cuatro… no lo sabía con seguridad porque las agujas por algún motivo se movían más rápido de lo normal.

—¡Apestas a alcohol! —exclamó Taís con pena, odiaba aquello en lo que su tío se estaba convirtiendo—. ¿Te sientes bien?

—¡Quiero saber de dónde vienes a estas horas! —exclamó él con autoridad.

—Mira, no tengo por qué darte explicaciones —respondió la joven.

Rafael se levantó tambaleándose para encararla.

—Mientras vivas bajo mi techo, te riges por mis normas —dijo él trastabillando al intentar acercarse.

—¿Ah, sí? ¿Y cuáles son esas reglas? ¿Tomar hasta que me duelan las tripas y acostarme cada día con una persona distinta? ¡Estoy cansada de esas reglas! ¡Si sigues así terminaré por irme de aquí! No me gusta en lo que te has convertido; si me quedo aquí es solo por el amor que te tengo y porque en todo este tiempo he aprendido que la gente se equivoca y comete errores. Se supone que, si te amo, debo estar a tu lado como tú siempre has estado para mí, que debo tener paciencia mientras espero que esta racha de joven desorientado se te pase y vuelvas a ser el de siempre. —Se quejó ella antes de salir del estudio donde su tío acababa lentamente con su vida.

De camino a la habitación, se cruzó con una mujer morena de pelo encrespado enfundada en un horrendo vestido negro que dejaba al descubierto casi todo su cuerpo. La extraña llevaba sus zapatos de taco en sus manos y le sonrió al verla. Taís no la saludó ni le respondió al gesto, estaba harta de cruzarse con una persona distinta cada fin de semana y estaba cansada de que su vida se hubiera vuelto un infierno.

Rodrigo era todo lo que tenía, lo que le brindaba paz; él le prometía que, al terminar la universidad, se casarían y él la sacaría de ese lugar en donde últimamente era tan infeliz. A él también le dolía ver el proceso de autodestrucción que había elegido Rafael, pero no había nada que ellos pudieran hacer. Rodrigo creía que la gente no mejoraba si no quería hacerlo, y Rafael en aquel momento lo único que deseaba era hundirse una y otra vez en su miseria, aunque ninguno de los dos sabían el porqué.

Cuando Carolina se marchó, Taís pensó que Rafael iría en su búsqueda, ella estaba segura de que las cosas entre ellos se arreglarían, los había visto juntos, mirándose, tocándose, incluso los había descubierto besándose a escondidas en una oportunidad. Pero, luego de aquella noche en la cual encontró a Carolina vestida solo con una camisa de su tío en la cocina, todo había cambiado… aunque no de la forma en que ella lo esperaba, sino completamente al revés.

Rafael empezó a mostrarse frío con ella y a salir a menudo con Lina. Carolina sintió esa distancia y decidió partir. Lina, por su parte, decidió alejarse —aunque Rafael le gustaba—, sabía que eso afectaría su amistad con Carolina y para ella eso era lo más importante. Según la visión de Lina, los hombres iban y venían, pero las amigas eran sagradas y ella nunca había tenido una mejor amiga como Carolina, así que jamás le haría daño intencionalmente.

De todas formas, Lina le contó a Taís que Rafael la había besado y que, aunque a ella le costó resistirse, finalmente lo hizo. Le dijo que él le había dicho que le gustaba y que quería intentar algo juntos. Lina lo rechazó una y otra vez porque no deseaba fallar a su amistad con Carolina, pero cuando esta finalmente se fue, y como antes de irse le dijo que le dejaba el camino libre y que hiciera feliz a Rafael, un par de meses después, ella terminó por aceptar la propuesta.

Lina realmente creía que Rafael estaba enamorado de ella, pero Taís sabía que no era así. Rafael no miraba a Lina de la forma en que miraba a Carolina ni hablaba de ella o se preocupaba por ella como lo hacía con Caro. Aun así, la adolescente no entendía por qué él había rechazado a Carolina y había elegido a Lina. Ambas eran sus amigas, así que prefirió no hablarlo con ninguna de las dos y dejar que ellos resolvieran sus cosas.

Lina y Rafael salieron por un par de meses hasta que ella decidió terminar la relación y tomar una oportunidad de trabajo en otra ciudad. Antes de partir, le dijo a Taís que sentía muchísimo haberse involucrado con su tío, que él no había sanado sus heridas y que solo la había lastimado. Taís no entendió, pero luego Lina le contó cómo la trataba, lo frío que era con ella y finalmente le confesó que, una noche, cuando ambos habían tomado y luego discutido por alguna nimiedad, Rafael en el calor del momento le había dicho que solo estaba con ella para lastimar a Carolina.

Eso hizo sentir a Lina como la peor de las personas, no solo había sido humillada y utilizada por un hombre a quien pensaba bueno y admirable, por el hombre al que amaba, sino que, además, había ayudado —sin saberlo— a lastimar a su amiga del alma. Se preguntó por qué Rafael quería hacerle daño, pero él no se lo dijo, la dejó allí, envuelta en lágrimas, y se marchó a su casa.

Taís no pudo imaginarlo comportándose de esa forma, pero creía en Lina y sabía que ella no le mentiría, así que la apoyó en la decisión de alejarse y rehacer su vida.

Justo después de eso, la bebida se convirtió en parte de la vida de Rafael; al principio era solo un vaso de vino o una lata de cerveza, pero luego fue aumentando paulatinamente y no había noche que no durmiera embriagado. Pronto empezó a salir y a traer mujeres a la casa, cosa que Taís no aprobaba, pero tampoco podía hacer nada al respecto. Rafael estaba imposible, huraño y solitario y no podía conversar con él, era como si otra persona hubiera poseído su cuerpo y ella ya no lo conociera.

Todo eso la hacía infeliz, él siempre había sido su sostén, su pilar, su fortaleza. Ellos habían tenido una relación única de padre e hija que no existía más que en libros, y ahora él era un desconocido a quien no le importaba nada ni nadie. Lo peor es que no quería hablar de ello, no se abría, no le contaba a Taís por qué actuaba así.

—¿Qué crees que sucedió? —preguntó Rodrigo una vez cuando tuvieron que ir a buscarlo borracho de un bar—. ¿Crees que Caro le hizo algo y por eso se fue?

—No lo creo, ella lo amaba… me lo dijo… Los vi, no sé qué sucedió y no quiero preguntárselo a Carolina, si no me lo dice es porque no quiere hablar del tema, además, ella me dijo que no sabía por qué él había cambiado, de hecho, por eso se fue y no volvió.

—Pero, entonces, ¿qué es lo que sucede con él? —preguntó Rodrigo sin dejar de mirar al tío de su novia que dormía ebrio en el asiento trasero de su auto.

—Ni idea, me duele que esto esté sucediendo y no sé cómo ayudarlo…

—¿Y si le dices a Carolina que regrese? —sugirió él.

—Es que no quiero decirle nada de esto porque no sé si sea buena idea. No sé lo que pasó entre ellos así que no sé si su regreso sea algo que mejore o que empeore a papi. No sé nada…

—Creo que peor que esto no puede estar —dijo Rodrigo con un suspiro de impotencia y luego vio que su novia lloraba—. Tranquila, sabes que él no es así, quizá solo sea un momento… Pasará y volverá a ser el mismo de siempre, solo ten paciencia, yo estaré aquí… —Le prometió, tomándola de la mano, y ella sonrió con tristeza.

La vida se había vuelto confusa para Taís, que se enfocó más que nunca en retomar sus clases de danza y en prepararse para una nueva audición, así como en buscar alguna carrera universitaria que pudiese seguir sin descuidar sus ensayos. Gracias a Dios, contaba con el apoyo de Rodrigo y de Paty, porque tanto Lina como Caro estaban lejos ahora y, aunque aún hablaban —y teniendo en cuenta que ambas tuvieron una situación particular con Rafael—, ella no podía contarles lo que ocurría.

Había pensado contárselo a Carolina un par de veces, había pensado que, quizá, si ella regresase y le hablara… Pero no sabía en qué términos ellos habían quedado, entonces no tenía la certeza de que esa fuera una buena idea, cabía la posibilidad de que su presencia terminara por complicarlo todo aún más.

Carolina le había comentado que regresaría para el lanzamiento de su libro, así que esperaba que para ese entonces pudieran hablar, así ella le contaría lo que estaba sucediendo con Rafa y quizá Caro pudiera hacer algo… o no…

 

Desorientado

Rafael se hundía en su tristeza, era domingo al mediodía y Taís había salido con Rodrigo. Últimamente siempre estaba con su novio, a él lo evitaba o le reprochaba constantemente que se emborrachara. ¿Qué caso tenía explicárselo? Taís no lo entendería y tampoco tenía por qué seguir cargándola con sus problemas.

Rafael estaba harto, harto de la vida y de los problemas que siempre había tenido que enfrentar, harto de tener que ser el bueno y de comportarse siempre correctamente. ¿De qué le había servido todo aquello después de todo? ¡De nada!

De nada le había servido amar tanto a una mujer, de nada le había servido llorar su ausencia durante años, de nada le había servido perdonarla ni volver a intentar confiar en ella. Era tarde para ellos, era tarde para retomar lo que nunca tuvieron, eso le dolía en el alma. Podía haber soportado todo aquello una vez, pero dos… era demasiado.

«Bien… llego el día antes de la boda… Ya he comprado mi vestido y sé que lo amarás». Esas palabras simplemente no se borraban de su mente.

La tarde en que ella lo llamó para conversar, él decidió que estaba cansado de hablar. Desde el encuentro que tuvieron el fin de semana en la casa de campo de Carolina, él tuvo la certeza de que nunca amaría a nadie más como la amó a ella, como la amaba a ella. Aun así, tuvo miedo de enfrascarse de nuevo en una relación.

La química que sentía cuando estaban juntos era intensa y explosiva como había sido siempre. Las charlas y los momentos que pasaban, incluso los silencios, lo llenaban de paz y de felicidad, al punto de hacerlo sentir completo de nuevo, de hacerlo experimentar plenitud y gozo. Él había pasado por un momento difícil, había estado al borde de la muerte y, cuando despertó, la vida la había puesto de nuevo allí, como si él no pudiera irse de este mundo sin arreglar aquello que estaba inconcluso y que tanto dolor le había causado.

Dejó que el tiempo pasara mientras disfrutaba de su compañía, de sus caricias y de sus cuidados. No quería que hablaran del pasado por miedo a que desenterrar todos esos recuerdos los terminara por ahogar a ambos. Rafael quería perdonarla, pero no sabía si podría hacerlo. Entonces, mientras la vida le regalaba una hermosa oportunidad de volver a vivirla, él se relajaba y la dejaba entrar lentamente a su mundo, veía y reconocía a la mujer que un día amó e intentaba encontrar lo que quedaba de la chica que él conoció.

Se encontró entonces frente a una versión de Carolina mucho más bella y admirable que la que conoció años atrás. Era una mujer fuerte, segura de sí misma, que había aprendido de los errores cometidos y había sorteado todos los obstáculos que la vida había puesto en su camino. Se dedicó a admirarla durante esos días mientras disfrutaba de los pequeños contactos que tenían y de las conversaciones triviales.

Cuando finalmente ella exigió la tan esperada conversación, él supo que no podía negarse. Había pasado demasiado tiempo desde que se reencontraron y el futuro no marcaría su rumbo si primero no era solucionado el pasado. Así, con miedo a lo que podría escuchar y sentir, con miedo a volver a revivir el dolor que tanto le había costado sepultar, Rafael aceptó aquel fin de semana de conversación que se convirtió en algo más que eso.

Saber que Carolina lo había amado y que nunca había deseado intencionalmente hacerle daño, sino más bien todo lo contrario, le devolvió a Rafael la paz que le había sido arrebatada tantos años atrás. Pudo sentir que su corazón terminaba de liberarse y que, a pesar de todo, lo vivido había valido la pena.

No contaba con que el contacto con su piel mezclado con los recuerdos haría que las cosas simplemente fluyeran y que el torbellino de pasión que los abrazaba de jóvenes surgiría como siempre, como si solo hubiera estado dormido por todos esos años. Rafael no contó con que ver sus ojos cargados de culpa, de lágrimas, de dolor y de amor fuera a hacerlo caer en ese mar profundo y verdoso hasta ahogarlo dentro.

Rafael no contó con que se entregarían el uno al otro de la forma en que lo hicieron en aquel fin de semana. Y no contó con que después de eso desearía más… mucho más de Carolina; todo lo que siempre había deseado de ella.

Se despertó el lunes con ansias de volver a verla, hablarle de nuevo. Sentía que su mundo colapsaba y que sus manos le temblaban de ansiedad cada vez que recibía un mensaje o una llamada y pensaba que pudiera ser ella.

Pero tenía miedo, mucho miedo… No quería equivocarse más, no con ella, no después de todo lo que habían pasado; y, para ello, debían ir con calma, de a poco, conociéndose de nuevo. Ella parecía estar en la misma sintonía que él, de hecho, fue ella quien planteó la pregunta acerca del futuro. Entonces, Rafa se sintió seguro, se sintió feliz al entender —aun sin palabras— que el corazón de Carolina seguía latiendo por él.

Como habían decidido ir con calma, él se prometió a sí mismo no llegar a nada serio hasta no estar seguro. Pero luego de tener esa conversación tan delicada con Taís sobre el perdón y el olvido, y sintiendo en su corazón que ya había perdonado a Carolina, decidió que quería intentarlo, que quería arriesgarse y probar porque ella valía pena. Y es que Rafael se estaba volviendo a enamorar… o, quizás, nunca había dejado de estarlo.

Justo en ese momento Carolina lo llamó para hablar, ella quería que conversaran y le dijo que ya no podían seguir así. Sabía que a ella nunca le había gustado tener amigos con derechos y eso era justamente lo que estaban haciendo en ese momento. Así que decidió que esa noche la haría sentir amada, que le dejaría ver lo importante que era para él y que en la mañana siguiente, luego de desayunar, le pediría que lo volvieran a intentar.

Pero entonces, cuando llevaba la bandeja con el desayuno que le había preparado, la escuchó hablar por teléfono.

«Ya no puedo esperar para volver a verte, tenemos tantas cosas de las que hablar… ¿Sigues convencido de querer casarte?».

Había un vestido y una boda en puerta, Carolina decía que no podía esperar para verlo y finalmente prometía no dejarlo plantado en el altar.

«Claro que estoy segura, cariño. No te dejaría plantado jamás. Confía en mí… Te quiero mucho, Niko. Por favor, no lo olvides».

Ella iba a casarse con aquel hombre que la había sacado de la depresión, ella misma le había contado lo importante que había sido él en su vida y cómo la quería. De hecho, vivían juntos en Alemania desde hacía mucho tiempo… y él había sido un tonto al no darse cuenta.

Carolina no le había mentido esta vuelta, simplemente se dejó llevar tanto como él; por el recuerdo del pasado, por las emociones y por la misma culpa. Pero ella ya tenía otra vida, otra persona que la esperaba y que la amaba tanto que la había dejado volver en busca de su perdón, sabiendo que aquello era tan importante para ella y que no podría seguir sin conseguirlo. No podía odiar a ese hombre que la había rescatado y que le había dado lo que él no pudo.

Pero sentía que era injusta la vida, él no pudo no porque no quiso, sino porque la vida la arrebató de sus manos, de sus brazos. Aun así, ya era tarde, no sería él quien acabara con su felicidad o con la seguridad de una vida que ya venía planeada desde hacía tiempo, no sería él quien interrumpiera aquello para proponerle algo tan incierto e irreal como volver con él luego de tantos años separados.

Se sintió un verdadero tonto de solo pensarlo, de solo imaginar que, después de todo, simplemente podían volver a amarse como si nada, como si la vida no se cobrara los errores con creces.

Rafael ya estaba cansado de eso, ya estaba cansado de todo. Decidió darse también su oportunidad y probar con Lina, ella le gustaba de verdad y estar con ella era agradable. Pero no era Carolina, su Carolina. Y se odió a sí mismo por volver a caer en lo mismo, por volver a comparar a cualquier mujer con la que deseaba tener algo serio con el fantasma de la única que amó de verdad.

Las emociones lo llevaron a comenzar tomar para hacer más llevadera la vida y para que las cosas no dolieran tanto. A Lina eso no le gustaba, siempre lo criticaba, hasta que en un ataque de sinceridad durante un periodo de ebriedad terminó por romperle el corazón diciéndole lo peor que se le puede decir a una mujer: que solo la utilizaba para suplantar a otra.

Lina tomó su cartera y sus pertenencias, junto con su dignidad, y se marchó para siempre. Entonces Rafael se odió aún más. Había lastimado a la única mujer con quien podría haber formado algo real y, aunque no tan intenso o fuerte como lo que sentía con Caro, Lina era una buena mujer y sabía que lo haría feliz, todo lo feliz que él pudiera ser con una vida a medias sin el amor de su vida a su lado.

Se odió por no poder ser feliz con otra mujer. Si Carolina podía ser feliz con otro hombre, ¿por qué él no podía hacer lo mismo y encontrar a una mujer que lo llenara y que no fuera ella? Así comenzó una búsqueda ridícula y salida de contexto para encontrar a la mujer que podría ayudarlo a olvidar a Carolina.

Pero aquello no funcionaba, así que el alcohol era un buen aliado, eso sí funcionaba, pues cuanto más inundaba su sangre, más a él se le olvidaban el dolor y la tristeza, la incertidumbre y el olvido.