HISTORIAS DE NUEVA YORK

 

 

 

O. Henry

 

Traducción de José Manuel Álvarez Flórez

© de la traducción: José Manuel Álvarez Flórez

Edición en ebook: julio de 2013

 

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

ISBN DIGITAL: 978-84-15564-904

Diseño de colección: Filo Estudio

Corrección ortotipográfica: Ana Patrón y Susana Rodríguez

Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico

Contenido

Portadilla

Créditos

Autor

 

DESDE EL PESCANTE

DESPUÉS DE VEINTE AÑOS

EL CALIFA, CUPIDO Y EL RELOJ

EL FILTRO DE AMOR DE IKEY SCHOENSTEIN

EL PERFIL ENCANTADO

EL POLICÍA Y EL HIMNO

EL REGALO DE REYES

EL ROMANCE DE UN CORREDOR DE BOLSA ATAREADO

EL PÉNDULO

HERMANAS DEL CÍRCULO DORADO

LA HABITACIÓN AMUEBLADA

LA PUERTA VERDE

LA ÚLTIMA HOJA

PRIMAVERA À LA CARTE

UN COSMOPOLITA EN UN CAFÉ

UN PASEO POR AFASIA

UNA HISTORIA SIN FINAL

Contraportada

O. Henry

(Greensboro, 1862 - Nueva York, 1910)


Seudónimo de William Sidney Porter. Narrador estadounidense, muy popular por sus relatos humorísticos y de finales sorprendentes, al que junto a E. A. Poe, B. Harte y M. Twain se considera fundador de la proverbial short story norteamericana. Como si se tratase de una de sus historias, en 1896 recibió una citación para presentarse ante un tribunal por el hurto de una pequeña suma de un banco de Austin en el que había estado empleado. Huyó y a su vuelta estuvo tres años en prisión.

En 1902 se traslada a Nueva York, donde escribirá algunos de sus mejores libros de relatos, como The Four Million, cuyos cuentos están recogidos en el libro que ahora publicamos. Describe a la gente común y corriente de Nueva York a través de la ironía, la burla y el realismo que lo hizo famoso, además del afortunado uso del lenguaje popular.

DESDE EL PESCANTE

El cochero tiene su punto de vista. Es más unilateral, tal vez, que el de quien sigue cualquier otra vocación. Desde el alto y balanceante asiento de su cabriolé mira a sus prójimos como a partículas nómadas, desdeñables salvo cuando poseen deseos migratorios. Es Jehú, y vosotros sois artículos en tránsito. Seas presidente o vagabundo, para el cochero eres solo una carrera; te coge, restalla el látigo, te zarandea las vértebras un rato y te deja.

Si cuando llega el momento de pagar exhibes cierta familiaridad con las normas legales, no tardas en saber lo que es el desprecio; si descubres que te has dejado la cartera en casa, llegarás a comprender lo benigna que fue la fantasía del Dante.

No es una teoría extravagante el que la unilateralidad de propósito del cochero y su visión concentrada de la vida sean resultados de la estructura peculiar del coche. El rey del gallinero se asienta en lo alto como Júpiter en un asiento incompartible, sosteniendo tu destino entre dos tiras de cuero inconstante. Desvalido, ridículo, confinado, balanceándote como un mandarín de juguete, tú estás sentado allí como una rata en una ratonera (tú, ante quien los camareros se encogen en la sólida tierra) y debes chillar a través de una rendija de tu patético sarcófago para poder comunicar tus débiles deseos.

Además, en un coche, ni siquiera eres un ocupante; solo eres contenido. Eres flete en el mar, y el «querubín que se sienta en lo alto» tiene la calle y el número de Davy Jones por corazón.

Una noche se oían sonidos de celebración en la gran casa de pisos de ladrillo contigua a la del café familiar McGary. Los sonidos parecían emanar de los apartamentos de la familia Walsh. La acera estaba obstruida por una diversidad de vecinos interesados, que abría un camino de paso de vez en cuando a un mensajero apresurado que transportaba artículos desde el McGary relacionados con el festejo y con la diversión. El contingente de la acera se hallaba entregado al comentario y al debate de los que no hacían esfuerzo alguno por eliminar la noticia de que se estaba casando Nora Walsh.

En la hora prescrita hubo una erupción de celebrantes en la acera. Los no invitados les rodearon e invadieron, y se elevaron en el aire de la noche gritos gozosos, felicitaciones, risas y ruidos indefinidos nacidos de las ofrendas de McGary al escenario epitalámico.

Al lado de la acera estaba el coche de Jerry O’Donovan. «Halcón Nocturno» le llamaban a Jerry; pero no había coche que hubiese cerrado alguna vez sus puertas sobre punto de encaje y violetas de noviembre más lustroso ni más limpio que el suyo. ¡Y el caballo de Jerry! No me excedo si te digo que estaba embutido de avena hasta tal punto que una de esas señoras que dejan los platos sin lavar en casa y andan por ahí haciendo esperar a los recaderos habría sonreído (sí, sonreído) si lo hubiese visto.

Entre la cambiante, sonora y palpitante multitud podían apreciarse vislumbres del sombrero de copa de Jerry, maltratado por los vientos y las lluvias de muchos años; de su nariz como una zanahoria, maltratada por la juerguista y atlética progenie de los millonarios y por las carreras contumaces; de su abrigo verde con los botones de latón, admirado por el vecindario del McGary. Era evidente que Jerry había usurpado las funciones de su coche e iba «cargado». De hecho, la comparación podría ampliarse y podría comparársele con un carro del pan si aceptásemos el testimonio de un joven espectador, al que se oyó comentar «Jerry se lleva un pastelito».

De algún punto u otro entre la muchedumbre de la calle fuera de la corriente de peatones salió una joven y se subió al coche. Los ojos de halcón profesionales de Jerry captaron el movimiento. Se lanzó con un bandazo hacia el coche, desequilibrando a tres o cuatro espectadores y también a sí mismo... ¡pero no! Él se apoyó en una boca de riego y consiguió mantener el equilibrio. Como un marinero que trepa por los flechastes cuando sopla el viento, Jerry subió a su asiento profesional. En cuanto estuvo en él quedaron ya bajo control los líquidos de McGary. Se columpió en la mesana de su navío tan seguro como un reparatorres aparejado al mástil de la bandera de un rascacielos.

—Suba, señora —dijo, recitando su parlamento. La joven subió al carro; las puertas se cerraron con un bang; restalló en el aire el látigo; se dispersó la muchedumbre de la calle y el majestuoso carruaje se adentró en la ciudad.

Cuando el caballo pletórico de avena hubo aminorado un poco su primer arrebato de velocidad, Jerry abrió la capota del coche y dijo a través de la abertura con la voz de un cascado megáfono, intentando congraciarse:

—Bueno, ¿adónde quiere que la lleve?

—Adonde quiera —ascendió la respuesta, alegre y musical.

«Es un paseo de placer», pensó Jerry. Y luego sugirió como algo natural:

—Un paseo por el parque, señora. Será elegante, distinguido y magnífico.

—Lo que usted quiera —contestó la clienta, en un tono agradable.

El coche enfiló por la Quinta Avenida, aumentando la velocidad en esa calle perfecta. Jerry traqueteaba y se balanceaba en su asiento. Los potentes fluidos de McGary, perturbados por el movimiento, enviaban nuevos humos a su cabeza. Cantaba una vieja canción de Killisnook y blandía la fusta como una batuta.

La clienta iba sentada muy derecha en los cojines, mirando a un lado y a otro las luces y las casas. Sus ojos brillaban como estrellas en el crepúsculo dentro del coche en sombras.

Cuando llegaron a la calle 59, Jerry cabeceaba y las riendas colgaban flojas. Pero el caballo giró hacia la entrada del parque e inició la vieja ronda nocturna familiar. La clienta se retrepó en su asiento extasiada y aspiró profundamente los aromas limpios y saludables de la hierba, las hojas y las flores. Y el sabio animal que iba entre los varales, y que sabía lo que tenía que hacer, inició su paso lento y pausado manteniéndose a la derecha del camino.

También contra el creciente torpor de Jerry luchó con éxito la costumbre. Levantó la escotilla de su navío batido por el temporal y efectuó esa indagación que suelen hacer los cocheros en el parque.

—¿Quiere parar en el Casino, señora? Puede tomar un refresco y escuchar música. Todo el mundo para.

—Creo que sería agradable —dijo la clienta.

Frenaron con una sacudida en la entrada del Casino. Las puertas del coche se abrieron. La clienta bajó directamente al suelo. La atrapó enseguida una red de música encantadora y la deslumbró un panorama de luces y colores. Alguien deslizó una tarjetita en su mano en la que estaba impreso el número 34. Miró a su alrededor y vio su coche a unos veinte metros de distancia, alineándose ya en su sitio entre la masa de coches que esperaban, de caballos y de motor. Y después un hombre que parecía ser todo pechera de camisa bailó hacia atrás delante de ella; luego estaba sentada ya en una mesita junto a una verja por la que escalaba una enredadera de jazmín.

Parecía haber una invitación sin palabras a consumir; ella consultó una colección de pequeñas monedas de un delgado bolso, y recibió licencia de ellas para pedir un vaso de cerveza. Allí estaba sentada, inhalándolo y absorbiéndolo todo: una vida de nuevos colores y de nuevas formas en un palacio encantado de un bosque mágico.

Había sentadas en cincuenta mesas princesas y reinas vestidas con todas las sedas y gemas del mundo. Y de cuando en cuando una de ellas miraba con curiosidad a la clienta de Jerry. Veían a una persona normal y corriente que vestía seda rosa del género que atempera la palabra «fular», y una cara normal y corriente con una expresión de amor a la vida que a las reinas les daba mucha envidia.

Las manecillas de los relojes dieron la vuelta por dos veces, las realezas empezaron a abandonar sus tronos al fresco y se largaron zumbando o traqueteando en sus regios vehículos. La música se retiró dentro de cajas de madera y bolsas de cuero y de tela. Los camareros recogieron significativamente manteles cerca de aquella persona corriente que seguía allí sentada casi sola.

La clienta de Jerry se levantó por fin y se limitó a enseñar su tarjeta numerada:

—¿Dan algo con el tique? —preguntó.

Un camarero le dijo que era el comprobante del coche, y que debía dárselo al hombre de la entrada. Ese hombre lo cogió y voceó el número. Solo había tres coches en la fila. El conductor de uno de ellos fue y avisó a Jerry, que estaba dormido en el suyo. Lanzó un juramento profundo, ascendió a su puente de capitán y dirigió el navío al embarcadero. Su clienta entró en el vehículo y este giró adentrándose en la fresca espesura del parque, siguiendo los caminos más cortos hacia casa.

En la salida del parque un destello de razón en forma de súbita sospecha se apoderó de la mente nublada de Jerry. Se le ocurrieron unas cuantas cosas. Paró el caballo, alzó la trampilla y dejó caer por la abertura como una plomada su voz fonográfica:

—Quiero ver los cuatro dólares antes de seguir viaje. ¿Tiene usted la pasta?

—¡Cuatro dólares! —dijo riendo la clienta, con voz suave—. No, querido mío. Solo me quedan unos cuantos centavos sueltos y unas monedas de diez.

Jerry cerró la trampilla y fustigó a su caballo harto de avena. El traqueteo de los cascos sofocó, pero no pudo ahogar del todo, el sonido de su blasfemia. Gritó maldiciones ahogadas y borboteantes hacia los cielos estrellados; acuchilló malévolamente con la fusta a los vehículos que pasaban; derramó promesas e imprecaciones fieras y variadas a lo largo de las calles, hasta el punto de que el conductor de una camioneta que se dirigía lentamente a casa le oyó y se quedó consternado. Pero Jerry sabía cuál era su recurso y se dirigía hacia él al galope.

Paró en la casa de las luces verdes, al lado de las escaleras. Abrió de par en par las puertas del coche y se lanzó pesadamente al suelo.

—Vamos, venga —dijo ásperamente.

Su clienta se bajó con la sonrisa soñadora del Casino aún en su cara normal y corriente. Jerry la cogió del brazo y la condujo al interior de la comisaría. Un sargento de bigote gris les miró con simpatía desde el otro lado del escritorio. Él y el cochero no eran ningunos desconocidos.

—Sargento —empezó a decir Jerry con sus viejos tonos de queja roncos, atronadores y martirizados—. Aquí tengo una clienta que...

Pero se detuvo. Se pasó una mano roja y nudosa por la frente. La niebla que había levantado McGary estaba empezando a despejarse.

—Una clienta, sargento —continuó, con una sonrisa—, que quiero presentarle. Es mi mujer, con la que me casé esta noche en casa del amigo Walsh. Y menuda fiesta que tuvimos, ¿sabe? Dale la mano al sargento, Nora, y luego nos iremos a casa.

Nora suspiró profundamente antes de subirse al coche.

—Lo he pasado tan bien, Jerry —dijo.

DESPUÉS DE VEINTE AÑOS

El policía de ronda subió por la avenida majestuosamente. La majestuosidad era habitual y no de exhibición, porque espectadores había pocos. Aún no eran las diez de la noche, pero frías ráfagas de viento con sabor a lluvia casi habían despoblado ya las calles.

Comprobando puertas mientras hacía su recorrido, haciendo girar la porra con muchos movimientos diestros e intrincados, girándose de vez en cuando para lanzar su mirada vigilante por la pacífica avenida, el policía, con su figura fornida y su ligero balanceo, componía una excelente imagen de un guardián de la ley. El vecindario era de los que se acuestan temprano. De cuando en cuando podrías ver las luces de una cigarrería o de una cafetería de las que están abiertas toda la noche; pero la mayoría de las puertas pertenecía a locales de negocios que hacía mucho que habían cerrado.

Cuando iba por la mitad de una cierta manzana, el policía aminoró de pronto el paso. En la entrada de una ferretería a oscuras había un hombre apoyado, con un cigarro apagado en la boca. Cuando el policía llegó hasta él, el hombre habló rápidamente.

—No pasa nada, agente —dijo, en un tono tranquilizador—. Solo estoy esperando a un amigo. Nos citamos aquí hoy hace veinte años. Le suena un poco raro, ¿verdad? Bueno, le explicaré por si quiere usted cerciorarse de que no hay problema. Hace todo ese tiempo había un restaurante aquí, donde está ahora esta tienda... el restaurante de «Big Joe» Brady.

—Hasta hace cinco años —dijo el policía—. Lo echaron abajo entonces.

El hombre de la entrada de la ferretería rascó una cerilla y encendió el cigarro. La luz mostró un rostro pálido de mandíbula cuadrada y ojos penetrantes, con una pequeña cicatriz blanca cerca de la ceja derecha. Su alfiler de corbata era un diamante grande, en una posición extraña.

—Hace esta noche veinte años —dijo el hombre—yo cené aquí en «Big Joe» Brady con Jimmy Wells, mi mejor amigo y el mejor tipo del mundo. Él y yo nos criamos juntos aquí en Nueva York, como dos hermanos, siempre unidos. Yo tenía dieciocho y Jimmy veinte, y a la mañana siguiente yo debía salir hacia el Oeste para hacer fortuna. A Jimmy no había manera de sacarle de Nueva York; él pensaba que era el único lugar del mundo. Pues bien, esa noche quedamos en que nos encontraríamos aquí de nuevo exactamente veinte años después de aquella fecha y aquella hora, fuesen cuales fuesen las condiciones en que estuviésemos o de lo lejos que pudiésemos tener que venir. Consideramos que en veinte años cada uno de nosotros debería tener su vida resuelta y su suerte decidida, fuesen cuales fuesen.

—Eso parece muy interesante —dijo el policía—. Pero es mucho tiempo entre encuentros, me parece a mí. ¿No ha sabido de su amigo desde que se fue?

—Bueno, sí, durante un tiempo nos escribimos —dijo el otro—. Pero al cabo de un año o dos nos perdimos la pista uno a otro. En fin, el Oeste es un sitio muy grande, y yo andaba corriendo mucho de aquí para allá. Pero sé que Jimmy vendrá a encontrarse conmigo si está vivo, pues fue siempre el amigo más fiel e inquebrantable del mundo. Es imposible que se le haya olvidado. Yo he recorrido más de mil seiscientos kilómetros para estar aquí, en esta puerta, esta noche, y merece la pena si mi viejo amigo aparece.

El hombre que esperaba sacó un reloj excelente, con las tapas tachonadas de pequeños diamantes.

—Faltan tres minutos para las diez —proclamó—. Fue exactamente a las diez cuando nos separamos aquí, en la puerta del restaurante.

—Le fue muy bien en el Oeste, ¿no? —preguntó el policía.

—¡Puede apostar que sí! Ojalá a Jimmy le haya ido la mitad de bien. Aunque, bueno como era, solo pensaba en el trabajo. Yo he tenido que vérmelas con tipos muy listos para hacerme rico. En Nueva York uno cae en la rutina. Hace falta el Oeste para que uno espabile.

El policía hizo girar la porra y dio unos pasos.

—Seguiré mi camino. Espero que su amigo aparezca sin novedad. ¿Se irá enseguida si no aparece a la hora?

—¡Por supuesto que no! —dijo el otro—. Le daré media hora por lo menos. Si Jimmy aún sigue en este mundo, estará aquí a esa hora. Adiós, agente.

—Buenas noches, señor —dijo el policía, y continuó su ronda, tanteando puertas.

Estaba cayendo por entonces una llovizna fina y fría, y el viento había pasado de las ráfagas inseguras a un soplo constante y firme. Los pocos transeúntes que pasaban por aquella manzana aceleraban el paso, lúgubre y silenciosamente, el cuello del abrigo subido, las manos en los bolsillos. Y en la puerta de la ferretería el hombre que había recorrido más de mil seiscientos kilómetros para acudir a una cita, incierta casi hasta el absurdo, con el amigo de su juventud, fumaba su cigarro y esperaba.

Esperó unos veinte minutos, y luego un hombre alto de abrigo largo, con el cuello subido hasta las orejas, cruzó presuroso desde el otro lado de la calle. Fue derecho hasta el hombre que esperaba.

—¿Eres tú, Bob? —preguntó, dubitativamente.

—¿Eres tú, Jimmy Wells? —exclamó el hombre de la puerta.

—¡Bendito sea Dios! —exclamó el recién llegado, cogiendo ambas manos del otro con las suyas—. Eres Bob, no hay duda. Estaba seguro de que te encontraría aquí si todavía seguías en este mundo. ¡Bien, bien, bien!... veinte años es mucho tiempo. El viejo restaurante ha desaparecido, Bob; ojalá siguiese aún aquí, para que pudiésemos cenar en él otra vez. ¿Cómo te ha tratado el Oeste, viejo amigo?

—Estupendamente; me ha dado todo lo que le pedí. Has cambiado mucho, Jimmy. Nunca creí que pudieses llegar a crecer varios centímetros más.

—Bueno, sí, crecí un poco después de los veinte.

—¿Y te va bien en Nueva York, Jimmy?

—Moderadamente. Tengo un puesto en uno de los departamentos de la ciudad. Ven, Bob; iremos a un sitio que conozco y hablaremos largo y tendido sobre los viejos tiempos.

Los dos hombres se pusieron en marcha calle arriba cogidos del brazo. El del Oeste, su egolatría ampliada por el éxito, empezó a delinear la historia de su carrera. El otro, sumergido en su abrigo, escuchaba con interés.

En la esquina había una botica, brillaba con luces eléctricas. Cuando llegaron a aquella claridad se volvieron los dos simultáneamente para mirar al otro a la cara.

El hombre del Oeste se detuvo de pronto y retiró el brazo.

—Tú no eres Jimmy Wells —le soltó—. Veinte años es mucho tiempo, pero no suficiente para cambiar la nariz de un hombre de aguileña a chata.

—A veces cambia a un hombre bueno en uno malo —dijo el otro—. Llevas diez minutos detenido, «Silky» Bob. Chicago pensó que podrías haberte dejado caer por nuestro territorio y dice que quiere tener una charla contigo. Tómalo con calma, ¿quieres? Eso es más razonable. Ahora, antes de que vayamos a la comisaría, hay una nota que me pidieron que te entregara. Puedes leerla aquí, en el escaparate. Es del patrullero Wells.

El hombre del Oeste desplegó el trocito de papel que le entregó el otro. Su mano era firme cuando empezó a leer, pero temblaba un poco cuando terminó. Era una nota bastante breve.

Bob: Estuve a tiempo en el lugar que acordamos. Cuando encendiste una cerilla para prender el cigarro vi que era la cara del hombre que buscaban en Chicago. Yo mismo no podía, ya sabes, así que fui a buscar a un detective de paisano para que hiciera él el trabajo.

Jimmy